Guatemala

Viven todo el año de feria en feria

Durante décadas, familias guatemaltecas recorren el país para llevar alegría,  y en medio de juegos y la algarabía acumulan historias.

Por Oscar García, Mike Castillo y Eduardo Sam

Depende los metros cuadrados que ocupe el negocio, los comerciantes deben pagar entre Q1 mil y Q7 mil a las municipalidades por el permiso para instalar la venta. (Foto Prensa Libre: Paulo Raquec)
Depende los metros cuadrados que ocupe el negocio, los comerciantes deben pagar entre Q1 mil y Q7 mil a las municipalidades por el permiso para instalar la venta. (Foto Prensa Libre: Paulo Raquec)

Fernanda Choz tiene 29 años y desde que nació su vida gira en torno a las ferias. Es mediodía y acompañada del sonido de  la música a todo volumen, atiende su negocio Churrería Asunción, en la feria del Cerrito del Carmen.

Como Fernanda, miles de guatemaltecos se ganan el sustento diario viajando por todo el país. Las ventas de comida y churros, la música, los juegos mecánicos y las loterías son parte de sus vidas. Todo es felicidad, pareciera, porque en medio de esa algarabía muchas veces se esconden historias de tristeza, amor, y preocupación.

Mientras da instrucciones a sus compañeras de trabajo, Fernanda cuenta que desde pequeña se involucró en la venta de churros y otras delicias. Su trabajo, ahora, lo comparte con su esposo, Carlos David González, a quien conoció durante una feria en Villa Nueva, pues él vivía frente a    donde instalaron el negocio.

“Tenemos dos años de matrimonio”, dice orgullosa, a la vez que afirma que durante el año visitan unos 15 lugares.

Láminas, madera, clavos y mucha práctica son necesarios para construir los locales en dos o tres días. Cada construcción  se convierte en un pequeño hogar. En el caso de Fernanda, debe almacenar todos los ingredientes y utensilios necesarios para su venta, pero también sus pertenencias ya que deben suplir sus necesidades. La ropa, por ejemplo, la guarda en cajas de cartón, plásticas o en bolsas. 

Depende los metros cuadrados que ocupe el negocio, los comerciantes deben pagar entre Q1 mil y Q7 mil a las municipalidades por el permiso para instalar la venta.

Toda una vida

A pocos metros de Fernanda, está Rosa del Carmen Oliva,  de 67 años, quien suspira al recordar que desde hace 36  se gana el sustento diario de feria en feria. Atiende un juego al que le llaman frontones, y que consiste en depositar cinco canicas en los agujeros de un largo tablero de madera.  “Juego Q7 o tres por Q20”, se lee en un rótulo.

Un banco, juguetes y curiosidades que da de premio a los clientes la acompañan desde hace tiempo. Con ese trabajo logró sacar adelante a sus tres hijos. “Los he criado en la feria”, dice orgullosa. 

Alberto Muralles es el encargado del negocio del Teleférico Mágico. (Foto Prensa Libre: Eduardo Sam Chun).
Alberto Muralles es el encargado del negocio del Teleférico Mágico. (Foto Prensa Libre: Eduardo Sam Chun).

Rosa indica que siempre se preocupó por la educación de sus hijos. Aunque los vendedores se mueven de lugar, los hijos de la mayoría estudian todo el ciclo escolar en la misma escuela, y no importa la distancia, se movilizan para ir a dejarlos todos los días para que no pierdan clases.

Otros vendedores optan por dejar a los niños con los abuelos para que puedan estudiar con más tranquilidad, y los fines de semana se los llevan al negocio.

Hacer las tareas de la escuela en una feria es una odisea a la cual los niños deben acostumbrarse, pues se esfuerzan en medio del bullicio y deben buscar un lugar adecuado en el negocio o en las improvisadas habitaciones para dormir. En algunos casos los niños no asisten a la escuela o deben suspender el ciclo escolar.

Reina Fuentes, 55, atiende la venta de elotes locos Karen Rocío. Lleva 35 de años en ferias junto a su esposo y han sacado adelante a sus hijos.  “Cuando eran pequeños mis hijos mi madre los cuidó mientras yo vendía”, recuerda, en medio del olor de los elotes ya cocidos y listos para untarles  mayonesa, salsa dulce, mostaza y queso duro.

Además de los elotes, en una vitrina también ofrece manzanas con miel y chocolate.

Entre rifles

“Desde que nací estoy en la feria. Es alegre crecer en esta actividad, se conocen lugares y costumbres”, dice Reina Anabella Aroche, 26, quien asegura que  tres generaciones de su familia han estado en el negocio que ahora se llama Tiro al Blanco y Diversiones El Delfín, que consiste en disparar con un rifle de balines a un panel, si se acierta a la estrella en la parte superior suena una melodía.  

A muchos les atrae este juego, se acercan con la curiosidad de si los rifles son armas de verdad, lo observan los palpan y luego hacen el tiro. Anabella explica que un rifle para balines nuevo cuesta unos Q3 mil, aunque también se consiguen usados. Al igual que las otras atracciones un tiro cuesta Q7 y tres Q20.

Según comerciantes, un equipo de tiro al blanco —incluido el rifle— puede costar Q8 mil. Aseguran que aunque no están registrados, en los “almacenes” donde los compran sí les dan factura.

Una trabajadora de uno de estos  negocios relató que en los premios hay que invertir unos Q25 mil para llenar el frente del local. 

Para los juegos mecánicos la inversión también es elevada ya que algunos, incluso, los importan desde México y EE. UU. Depende del tipo de atracción pueden costar hasta Q300 mil, como el teleférico o el gusano.   Una rueda de Chicago para niños cuesta unos Q25 mil y una grande de 24 sillas hasta Q150 mil.

Vivencias

Vivir en feria no implica solo alegrías, los comerciantes que ahí laboran llevan —o intentan llevar— una vida normal.

Alejandro Torón, 72, administra una lotería. Cada noche al igual que muchos, asegura, debe dormir en esponjas, además en cada pueblo que visita tiene conocidos  quienes le cobran Q3 por usar el sanitario y entre Q5 y Q10 por bañarse.

Cada vez que la feria se muda, Alejandro  debe pagar flete para trasladar  el equipo de lotería y, depende de la distancia, puede costarle Q1 mil 400.

Los premios que otorga la lotería se deben comprar por mayor, “para no tener pérdidas”. Además, en cada feria invierten en materiales para asegurar las galeras ya que en varias ocasiones les han robado láminas y mercadería. 

Como en todos los lugares, el agua es un bien preciado. Al no tener casa fija los vendedores se las ingenian para lavar su ropa en los tanques públicos, cada vez más escasos, o en la palangana de un picop, en último caso pagan a otra persona por el servicio.

Los momentos tristes también los han acompañado. Anabella recuerda la muerte de amigos y compañeros. Nostálgica, rememora que en una feria, una de sus compañeras fue arrollada por un automóvil conducido “por ebrios... La auxiliamos, pero murió”, lamenta.

Las tragedias también los vuelven solidarios. Hace dos años, recuerda Anabella, delincuentes mataron al hijo del encargado de una rueda de Chicago y vendedores se unieron para pagar los gastos del velatorio y sepelio.     

Los vendedores de ferias viven diversas experiencias en su trabajo. (Foto Prensa Libre).
Los vendedores de ferias viven diversas experiencias en su trabajo. (Foto Prensa Libre).

En la provincia

Desde niña, a Izabel Bixcaquic,  60, sus padres le enseñaron a elaborar artesanías de barro. Ella pasa la mayor parte del tiempo en  ferias de Huehuetenango y   la Costa Sur. “Mis hijos lograron ser profesionales gracias a este trabajo, porque yo a los 30 años quedé viuda”, afirma.

Asegura que no deja de trabajar, pues  es su forma de vida,  “no se vende como antes, pero sale para los frijoles”, resalta.  

Los esposos Juan Francisco de Jesús Batz y Felisa Soch, ambos de 60,  ofrecen en ferias del país las tradicionales roscas.

Gracias a esta labor los ocho hijos de la pareja se superaron. Dedicarse por más de medio siglo a este trabajo les ha permitido conocer a muchas personas. 

Con  entusiasmo, Jorge Hernández, 58, oriundo de Santa Cruz del Quiché, arma su negocio de lotería para la feria de Cobán, Alta Verapaz.

Jorge fundó Lotebingo La Chapina y dice que  de sus seis hijos ninguno ha querido involucrarse en el negocio, porque prefieren quedarse en casa, estudiar o trabajar en otros oficios.

Visita unas 24 ferias al año.  “Antes iba a más, pero por el cansancio me debo cuidar”, afirma Jorge, quien al igual que cientos de vendedores que andan de feria en feria deben trabajar día a día para sufragar los gastos para continuar con sus comercios y mantener a sus familias.

Trámites

  • Estar registrado como comerciante de feria en la base de datos y sistema municipal.
  • Ingresar solicitud formal para ocupar el espacio.
  • En el caso de  vendedores de comida, fotocopia de tarjetas de salud y manipulación de alimentos.
  • Para los juegos mecánicos, declaración jurada que garantiza el mantenimiento de la atracción.