Revista D

Con el sombrero bien puesto 

Los sombreros dan un toque de distinción. Son clásicos, elegantes y sofisticados. 

Por Roberto Villalobos Viato

Esta es nuestra gente de sombrero. Esa que tiene la piel semitostada por trabajar largas jornadas en el campo bajo un sol abrasador. Esa que monta a caballo para transportar productos. Esa que, a la vez que se distingue por su sombrero, viste muchas veces con camisa a cuadros, pantalón de lona, un grueso cincho con una gran hebilla destellante y vistosas botas.

Pero que conste: son “de sombrero” —o sea, que visten con ese accesorio—, y no hay que confundirlos con las personas “de a sombrero”, como se les suele decir a los aprovechados —que también abundan—.

“Por lo general son los hombres los que usan esa prenda”, indica la antropóloga Aracely Esquivel, investigadora del Centro de Estudios Folklóricos de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Cefol). “Los sombreros son una herencia de los españoles, pues, hasta su llegada, se utilizaban los tocados”, agrega.

Así lo confirma el estudio La indumentaria occidental en Guatemala, 1900-2000, escrito por el historiador Aníbal Chajón. “Tras la conquista de los españoles, en el siglo XVI, el traje prehispánico se transformó. Un ejemplo de ello fue la introducción del pantalón y el capisayo”, refiere el documento.

“La población de los territorios americanos, desde entonces, empezó a imitar la moda vigente en Madrid”, explica Chajón, en entrevista. “Cada quien lo hacía en la medida de sus posibilidades económicas”.

Entre las tendencias masculinas del siglo XVII se generalizó el uso del traje inglés, que fue una evolución del atuendo instaurado en la corte inglesa hacia 1670 como una variante del francés. Incluía capa larga, chaleco, pañuelo, peluca y sombrero.

En la siguiente centuria hubo un cambio radical en la moda y los trajes obtuvieron casi su forma actual. “En el Museo de Arte Colonial de la Antigua Guatemala hay una interesante pintura del siglo XVIII llamada La confesión general, de Cristóbal de Villalpando, donde aparecen hombres de la élite con los atuendos tradicionales españoles y con los nuevos afrancesados”, comenta. “Ahí también se observan las distintas clases de sombreros utilizados en la época”.

Para las ocasiones formales siempre se empleaban los sombreros. En el siglo XIX, para las actividades informales, se usaban las boinas, prendas campestres originarias de los Pirineos.

En cualquier caso, ya eran un símbolo de elegancia. Quitárselo frente a alguien era una manera de reverencia y respeto. En Inglaterra interpretaba la etiqueta y los buenos modales.

Para Chajón, la transformación en la indumentaria se produjo gracias a la fotografía y, a finales del XIX, por la invención del cine.

Charles Chaplin es un claro ejemplo. Ese actor, quien usaba un bombín —con una circunferencia más pequeña que su cabeza—, popularizó ese tipo de sombrero.

“Desde entonces, el vestuario fue copiado y reinterpretado con más facilidad, en especial por las élites”, dice el historiador.

Hacia 1900-1914, en la llamada Belle époque, la indumentaria en América estuvo influenciada por París, Londres y por las grandes ciudades de Estados Unidos, como Nueva York.

En ese entonces, las mujeres de familias de gran poder adquisitivo empezaron a lucir llamativos peinados y grandes sombreros; estos últimos solo cumplían la función de destacar a una dama y no para protegerla de los rayos solares. Los hombres, en cambio, empleaban el traje inglés complementado con un sombrero Homburg —en forma de hongo—, con copa redonda y ala pequeña. “Este accesorio tenía uso urbano en Inglaterra, es decir, para ir a los restaurantes o a los clubes; no eran para protegerse del sol. Acá, en Guatemala, ese mismo sombrero se adoptó, pero solo era como distintivo de elegancia, para presumir, porque aquí sí que hay un sol radiante”, expresa Esquivel.

En ese entonces, para las ocasiones de etiqueta, los hombres también vestían las chisteras, unos sombreros de copa alta.

  • "Parecés sombrerito de Esquipulas" 
  • Esa es una expresión muy guatemalteca. Se le dice a una persona que “es llena de cositas”, como los tradicionales y coloridos sombreros de ese municipio chiquimulteco. La Ciudad de Santiago de Esquipulas, donde queda la famosa e imponente Basílica, es uno de los más importantes centros de peregrinación en Centroamérica. Su nombre recuerda a la ruta jacobea, donde desde la Edad Media se identifica al peregrino Santiago de Compostela con el uso de un sombrero. De esa cuenta, Santiago y otros santos caminantes se representan con dicha prenda. Los romeristas que visitan al Cristo Crucificado de Esquipulas portan con orgullo ese elemento de características llamativas, entre estas su forma y adornos.  Este sombrero es el símbolo de la visita al santuario. “Ataviados de esta manera, parten los peregrinos de regreso a sus hogares, cantando en los caminos y ostentando, en los pueblos del trayecto, pañuelos colorados y sombreros adornados con collares de musgo y frutas de “chiches” y chorizo de Esquipulas, así como medallitas, cruces y objetos de barro policromado”, expresa Miguel Álvarez Arévalo, cronista de la Ciudad de Guatemala. “El origen de este sombrero se remonta a la Edad Media y encuentra en Esquipulas el color, la gracia y la piedad que lo hacen el símbolo de esa romería”, agrega.

Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), con la escasez de materiales, se redujo el uso del sombrero en Europa.

Resurgió hasta la década de 1920, con los llamados cloché o de campana —extendidos entre las mujeres, diseñados por Caroline Reboux—. Estaban fabricados de fieltro y su ala se acercaba a los ojos para que las damas levantaran el mentón. “De esa forma, ellas caminaban con una postura de seguridad, casi de altanería”, expresa Chajón.

Sin embargo, una de las diseñadoras más destacadas fue Cocó Chanel, quien empezó en el mundo de la moda como sombrerera en los primeros 10 años del siglo pasado. Esos estilos también influyeron en la sociedad guatemalteca, aunque solo en los grupos adinerados.

Los Stetson

En la Guatemala de principios del siglo XX se popularizaron los elegantes Stetson, cuya marca había aparecido en EE. UU. en 1865 con la línea Boss of the Plains, un sombrero de ala ancha, futuro ícono de los vaqueros.

Los sombreros femeninos tuvieron su época dorada en las décadas de 1940 y 1950. Algunos eran tan grandes y complejos en su confección que llevaban flores, plumas o, incluso, pájaros disecados. Entre los más destacados fueron los del diseñador francés Christian Dior.

En la primera mitad de ese siglo abrieron muchas sombrererías. En Quetzaltenango estaban La Moderna y La Mexicana, que eran catalogadas de alta categoría.

Una de las personalidades que utilizaba sombrero era Odilia Palomo de Castillo, esposa de Carlos Castillo Armas, presidente de 1954 a 1957. Se dice que nunca repitió uno solo en los actos públicos. Chajón cree que usaba Dior, aunque no lo ha podido confirmar.

Simultáneamente, a partir de los 40, la moda del sombrero empezó a ser “cosa de edad, no de estrato social”. “Los jóvenes quisieron diferenciarse de los adultos. Por eso, al menos en las áreas urbanas, se dejaron de usar”, expone Chajón.

La crítica hacia la sociedad adulta se volvió más fuerte en los 60. “En Estados Unidos, por ejemplo, se les culpó de las guerras y de lo mal que habían conducido al mundo”, señala el investigador.

Esa crítica, incluso, se dilucida en la clase de sombreros que se empleaban. Mientras que la gente mayor seguía usando los Homburg, los de copa alta o los Stetson, los jóvenes se diferenciaron al adoptar las gorras, comunes en el béisbol. Justo ahí empezó el declive de los sombreros. Fue entonces que el cabello, a través de los peinados, se posicionó como protagonista. La tendencia, con el tiempo, alcanzó a los guatemaltecos de las áreas urbanas.

Pese a ello, este accesorio se mantuvo en las zonas rurales del país. Además, resulta curiosa la situación que se dio en el oriente. De acuerdo con Chajón, antes los hombres vestían con pantalón caqui y una camisa de color liso, sobrio. “En 1963, cuando vinieron ingenieros estadounidenses a irrigar los llanos de La Fragua, en Zacapa, las cosas cambiaron. Ellos usaban pantalones de lona, camisas a cuadros y sombrero tejano. Los jóvenes zacapanecos los imitaron y la costumbre se extendió por la región, lo cual perdura hasta hoy”, afirma.

Estos, además de proteger del sol, representan su masculinidad, “el ser macho”.

Muchos de los que se venden en Chiquimula, Zacapa, Jalapa o Jutiapa están fabricados en México y Estados Unidos, así como en diferentes municipios de la región oriental guatemalteca, donde se caracterizan por trabajar la cestería con palma.

Sus precios varían. Los más sencillos valen Q100; los caros alcanzan más de Q1 mil, y los “exclusivos” más de Q3 mil. Estos últimos son muy solicitados por los jóvenes finqueros que imitan la vestimenta y marcas que usan los cantantes de música norteña.

En el occidente de nuestro país también perdura este accesorio, aunque su ala es más corta. En Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, portan con orgullo sus sombreros, que por lo general están fabricados en Quetzaltenango y Quiché. Están confeccionados con hojas de palma y pino, los más finos. Su precio oscila entre los Q150 y Q300.

Influencia pop

En la década de 1980 declinó el uso de las gorras, pero volvieron con fuerza cuando se televisó la serie estadounidense Magnum P. I., protagonizada por Tom Selleck, quien empleaba pantalonetas, camisetas y gorras de béisbol.

El cantante Michael Jackson también tuvo su cuota de influencia, quien utilizaba un sombrero estilo fedora, de fieltro con corona pinchada y con un lazo alrededor de la base de la corona. Este se volvió célebre con las canciones Billie Jean y Smooth Criminal. Ese mismo tipo de sombrero se relaciona con los gánsteres de la primera mitad del siglo XX.

A finales de los ochenta y principios de los noventa hubo otra revolución, esta vez de la mano del hip hop, cuyos cantantes vestían ropa holgada. “En esa época, los jóvenes usaban ropa gigante porque era la barata, la que sobraba en los almacenes, de tallas XL para arriba. Las gorras, también eran de gran tamaño, pero se empezaron a usar para atrás, para mostrarse distintos a la generación anterior”, explica Chajón.

Venido a menos 

Los sombreros, en ciertos lugares del país, todavía marcan el estatus social. “En los jaripeos, desfiles y otros eventos sociales, la gente se da cuenta del tipo y calidad de esa prenda”, asegura Esquivel.

Sin embargo, su empleo se ha reducido con el paso de los años en detrimento de la gorra, que es más barata y que, incluso, regalan como objeto promocional.

Antaño existían varias sombrererías por todo el país; hoy, el negocio es prácticamente inexistente.

En cierta ocasión, Rafael Arévalo Martínez escribió el cuento El sombrero de Jipijapa, el cual refleja el esplendor del sombrero guatemalteco.

Hoy, ese accesorio tiene más presencia en la moda —sobre todo en Estados Unidos y Europa—, otra vez gracias al hip hop. En Guatemala, sin embargo, tiene escasa aceptación.