Vida

Aprendiz a filósofo

Por POR: IRINA DARLÉE

Sus estudios no habían sido del todo inútiles. No sabía lo que era, pero al menos sabía que no lo sabía. Con ello había dado un gran paso adelante.

Lo primero que le dijeron fue que el ser era y que el no ser no era.

Aquella verdad axiomática le pareció un buen punto de partida. Alguien le demostró que el espacio y el tiempo eran limitados e ilimitados, que el hombre era libre y esclavo por esencia, que existía y no existía el espíritu, que el sueño era la realidad y la realidad sueño.

Las cosas empezaban a complicarse cuando le convencieron de que el dolor era positivo y el placer negativo y que la libertad del hombre consistía precisamente en aceptar su destino inevitable. "Sólo está libre el que no teme a la muerte", había dicho Hemingway que no era precisamente filósofo sino escritor.

A nuestro aprendiz a filósofo le había dicho al principio, que el espíritu humano era una nada que la experiencia iba llenando poco a poco. Y aquella afirmación le pareció lógica. Después le hablaron de gnosis y epignosis, y él intentó en vano conocer, conocerse y reconocerse.

Estudió cuidadosamente las leyes de la lógica y se asombró de las conclusiones a que ésta le conducía. Ninguna lógica llegó a convencerle de nada. Sin embargo se dio cuenta de que la palabra tenía el poder milagroso de probar la verdad de todas las teorías humanas, por muy contradictorias que estas fueran.

No es de extrañar que nuestro aprendiz a filósofo se desconcertó. Pero pronto recuperó el equilibrio porque en realidad había conseguido algo. Sus estudios no habían sido del todo inútiles. No sabía lo que era, pero era licenciado. Con ello había dado ya un gran paso adelante.

Había vivido encerrado en si mismo. Y de pronto sentía el convencimiento de que para conocerse a sí mismo tenía que salir de sí mismo y conocer gente. Chicas sobre todo. Identificarse con otros seres para hallar el sentido de su propio ser. Comenzó a frecuentar discotecas. Estaba convencido el "amor" le elevaría a la vida vivida.

Hallaría en el ser amado la esencia del universo. Tuvo una novia que terminó entregándose, pero pronto el filósofo graduado comprendió de pronto una verdad aterradora: la incomunicabilidad de toda existencia. Estaba aislado y solitario en medio de una gran familia de su mujer, enmedio de una gran muchedumbre de hombres y mujeres solitarios y aislados como él.

Estaba, como todos los seres, encerrado dentro de sí mismo. Y su ser carecía de puertas y ventanas por donde asomarse al infinito. Aquel descubrimiento le sumió en la desesperación más absoluta. Buscó la verdad en el alcohol y las drogas. Pero a la mañana siguiente, un terrible dolor de cabeza sirvió para recordarle que era solo un hombre de triste condición humana, un filósofo sin empleo desamado y deprimido.

Intentó suicidarse. No se suicidó. Era un poeta que le aseguró que los hombres no estaban solos. Que los poetas tenían una musa. Los pintores también tenían su inspiración. Por fin encontró a un filósofo bastante sabio que no esperaba nada de la vida. Se limitaba a vivir sin pensar en nada. Cuando tenía hambre, comía.

Cuando tenía sueño, dormía. Paseaba lentamente entre los árboles sin pensar en ir a ninguna parte. Conversando con ese viejo filósofo nuestro amigo aprendió que la razón tiene un carácter catapático que conduce a todos los errores, a todas las intransigencias, a todos los abusos. El silencio era la única forma de diálogo posible para el hombre.

Hablar equivalía a desencadenar odios, contradicciones y mentiras. Era necesario buscar en el silencio la extinción de todas las pasiones humanas. Cerrar los sentidos. Asesinar todos los deseos. Alcanzar la verdad a toda costa. No alcanzó la verdad y por ello decidió dejar de buscarla, no acordarse del pasado, no vivir el presente ni inquietarse por el futuro. Pasó largos años, lejos de todo deseo de verdad.

Era como si ya hubiera muerto. No esperaba nada de la vida. Un día, sin embargo escribió un libro. Su fama creció poco a poco y cruzó las fronteras. De todos los lugares del mundo acudieron a verle. El no los veía. En su libro había dicho todo lo que era y al mismo tiempo no era. ¡Ser o no ser! ya había dicho Hamlet, Shakespeare también había escrito: "Palabras, palabras, palabras"... con lo que quería señalar que lo mejor es el silencio.