Escenario

Un convite sui generis

Siguiendo mi vieja costumbre invité a unos amigos muy especiales a un convite de fin de año.

María del Rosario Molina, escritora. (Foto Prensa Libre: Cortesía María del Rosario Molina)

María del Rosario Molina, escritora. (Foto Prensa Libre: Cortesía María del Rosario Molina)

Titivillus, el diablillo medieval, perseguidor de quienes hablan o escriben mal, entró en mi casa con su habitual olor a azufre y exclamó: “¡Uf, qué apesta aquí a pinabete, debería oler a pino y a manzanilla, como olían antes los hogares en Guatemala, cuando no se habían vuelto tan agringados!”.

Berta, mi amiga, y Carmencita, mi amiga española, que pasaba aquí las fiestas, se le quedaron viendo con cara de susto. —Titivillus, —le reclamó Berta— limítate a fastidiarnos la vida con tus asuntos idiomáticos. No te metas ahora a criticar que nuestros árboles sean pinabetes, que comamos pavo además de tamales y celebremos convivios. Carmencita alegó que ella prefiere la palabra “convite”; le respondí que “convivio” y “convite” son sinónimos y que no había por qué protestar.

Titivillus, que en la Edad Media vivió metido en las iglesias y los monasterios, o conventos, (es lo mismo según el DRAE) viendo a quién pescaba en faltas ya porque los religiosos se comieran parte de la letra en los coros, ya porque los amanuenses copiaran mal los textos, no en lo que a la ortografía, entonces muy libre, respecta, sino a que omitieran palabras, golpeaba la cola, terminada en una pequeña punta de lanza, de un lado a otro sobre el piso. —¡Caramba! —gritó— ¿Qué quieren que haga yo, si ya el Diccionario de la lengua ha aceptado anglicismos, galicismos, localismos y demás ismos?

Tengo que llevar mi costal de faltas al infierno y no logro hacerlo. Por eso he decidido llenarlo de costumbres ajenas que aceptan en Hispanoamérica. Con eso me basta: Que si el Halloween, que si el Thanksgiving, que si ese viejito panzón con nariz de acerola a quien llaman Santa los gringos y Santa Claus los hispanos; que si el árbol navideño, un pequeño pinabete que han matado; que si…”. Interrumpí su perorata y le dije: “Hay que acostumbrarse a la interculturalidad (la “interculturación” no existe, excepto en la mente de aquellos a quienes podría acarrear mi amigo diablillo) y aceptar costumbres ajenas. A los niños les encanta Halloween, pueden disfrazarse, amén de pedir dulces, y a los adultos Thanksgiving, para comerse una buena pechuga de pavo antes de la Navidad. Todos gozamos decorando el árbol navideño, nos gusta que Santa Claus  traiga regalos y muchos ponemos Nacimientos.

—Pues a mí me complace hacer mi Nacimiento y que sean el Niño Dios o los Reyes Magos quienes traigan los regalos— interrumpió Carmencita, española hasta el tuétano (no tuétano de los huesos, pues esa es redundancia).

Titivillus dejó de mover la cola, abrazó a Carmencita (por buena fortuna no la abrasó) y le dijo: “A mí también, y si el DRAE y la Nueva gramática de la lengua española me dejan sin el ‘chance’ (localismo por “trabajo”), y me echan del infierno, te prometo que celebraré las Pascuas contigo”.

selene1955@yahoo.com 

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