Vida

El poeta cotidiano

Luis Alfredo fue un poeta de gran jerarquía

Por Francisco Morales Santos

Siempre he creído que Luis Alfredo fue un poeta de gran jerarquía. Mi apreciación no tiene que ver con nuestra amistad de más de tres décadas, sino en el hecho de que siempre encontré en él una gran pasión y un conocimiento por la poesía, la relación entre la forma y el contenido, así como su naturaleza autocrítica para reconocer cuándo había escrito un buen poema y cuándo era un intento fallido.

En consecuencia, nunca se dio prisa por publicar; sino más bien cuando advertía que lo que quería decir estaba ahí, claro, preciso y con sus maneras propias. Sus imágenes expresadas con exquisita serenidad nos remiten invariablemente a una geografía reconocible como es la de Totonicapán, pero que a la vez son aplicables a todo el interior de esta atribulada Guatemala, de modo que su poesía es una poesía de vínculos sin por ello caer en moldes de una poesía popular. Que él, Luis Alfredo Arango, llegó a ser popular es algo distinto. Y lo es, como Jaime Sabines, su voz gemela.

Si en alguna ocasión se pretendió interpretar maliciosamente su recreación del mundo vegetal, de la tierra surcada por pasos, sudores y semillas, de los aromas que se le prendieron a la imaginación desde la infancia, ¡qué gran equívoco!

Uno escribe de lo que conoce, de lo que ha vivido y el comienzo del proceso poético está ligado con la infancia, con la contemplación de lugares y cosas circundantes y más aún si en el desarrollo de su existencia debió integrarse a las comunidades, como fue el caso de Arango y también el de José Luis Villatoro y Luis de Lión, ya que los tres no sólo nacieron en el área rural, sino que también laboraron como maestros durante varios años. La fertilidad de la poesía y de la literatura en general tiene que ver con las más cálidas vivencias y con la realidad verbal.

Creo no equivocarme al pensar que para Luis Alfredo el vivir en la ciudad fue una necesidad, un accidente, que en el fondo nunca llegó a identificarse con ella, pero esto no le resta nada a la vastedad de su universo poético, sino más bien lo hizo concentrarse en un mundo que por siglos ha vivido con mucha más desventaja que los enclaves citadinos. Y porque sus ojos y oídos registraron a fondo la miseria con la que se convive en el campo, todo lo que escribió está edificado sobre bases firmes. Dos versos muy certeros de su poema “El andalón” resumen lo que digo: el primero:

“Viví en pueblos que cabían/ en un trozo de cristal/ o en el fondo de una botella de aguardiente”, y el segundo: “...sé quiénes matan la ilusión/ quienes aplastan la alegría y la esperanza/ en esos pueblos que/ caben/ en la mira de un fusil”.

La poesía de Luis Alfredo Arango conjuga la nostalgia por la tierra en otro tiempo ricamente grávida y ahora más desértica con el coraje por la explotación, cuando no la indiferencia con la que se ve a sus legítimos dueños. Unas veces, las más, expresó abiertamente su indignación por la violencia, pero también supo explotar la vena humorística, que era uno de sus dones, como también lo fue la pintura. Es tal la magia de su lenguaje, que su poesía estará siempre con nosotros, aunque su cuerpo haya bajado a la tierra, su enamorada de siempre.

Francisco Morales Santos es Premio Nacional de Literatura “Miguel Angel Asturias” 1998.

Este texto fue escrito con motivo de la muerte de su amigo, el también Premio Nacional de Literatura, Luis Alfredo Arango (1935-2001). Ambos escritores integraron el grupo Nuevo Signo, durante los años 70 en Guatemala, con Julio Fausto Aguilera (1929), Antonio Brañas (1920-1998), Roberto Obregón Morales, Delia Quiñónez (1946), y José Luis Villatoro (1932-1998).