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05/08/10 - 00:00 Economía

Más que bajo ingreso

Simple es bello, dice el refrán sajón. Sin embargo, la simpleza acarrea costos que en ocasiones pueden implicar desviarnos del objetivo deseado.

Algo parecido nos ha pasado con la medición de la pobreza en países en desarrollo. La medición es una de las dos preguntas más viejas que han acompañado el debate. La otra es la conceptualización misma de la pobreza. Ambas están íntimamente relacionadas, pero cumplen fines muy distintos. Mientras que la definición permite quedarse en el plano de lo teórico y especulativo, la medición necesariamente obliga a aterrizar y hacer “tangible” el concepto.

En el caso de la medición de pobreza humildemente hay que reconocer que hemos optado por simplificar —¡a veces a costa de empobrecer el debate conceptual!—. El paradigma que impera es usar indicadores monetarios tales como US$1 o US$2 diarios por persona. Con eso nos ha bastado por varios años para caracterizar poblaciones y decir cosas como “en aquel país hay tantos miles de pobres” o “en aquella otra región cuesta tantos millones de quetzales eliminar la pobreza”.

Por supuesto que dicha simplificación tiene alcance limitado. De allí que la crítica nunca se ha hecho esperar. ¡Será para menos! Tan sencillo como que llevar una vida digna o estar en capacidad de ejercer mis derechos no es algo que se puede comprar con tan poco dinero.

Sin embargo, la discusión conceptual ha seguido avanzando en paralelo, reconociendo que la condición de pobreza está determinada por muchos otros factores además de la cantidad de ingreso diario de que disponen las personas. En otras palabras, la pobreza es algo multidimensional.

Recientemente la teoría y los métodos de medición se han movido otro poco, como intentando unir ambos enfoques. Tanto el de necesidades básicas insatisfechas como el de indicadores monetarios tienen sus fortalezas y sus limitaciones. Individualmente nos revelan solamente unas pocas facetas de lo que implica ser pobre. ¿Por qué no intentar juntarlos entonces?

En el año 2007 el Departamento de Desarrollo Internacional de la Universidad de Oxford lanzó un Centro para la Investigación de la Pobreza y el Desarrollo Humano. Uno de sus proyectos insignia es OPHI, el cual se propuso como meta implementar una metodología de medición de pobreza, bautizada como el Índice de Pobreza Multidimensional (MPI, por sus siglas en inglés) —dicho sea de paso, el reporte de Desarrollo Humano de Naciones Unidas para el año 2010 utilizará algunos de los resultados de dicho esfuerzo—.

El índice, como su nombre lo indica, intenta recoger varias dimensiones de la vida humana que debieran ser tomadas en cuenta al momento de clasificar a la población como pobre o no pobre. Recoge variables de educación, salud, condiciones materiales de la vivienda, acceso a servicios, entre otras. En eso se parece mucho al NBI.

Pero además, tiene la cualidad de integrar todas esas dimensiones de una manera tal que permite medir las condiciones de vida de la población de forma muy parecida al enfoque de líneas de pobreza. Bajo dicho indicador, un hogar es considerado pobre si está privado del 30 por ciento de las dimensiones que contempla dicho indicador, sin importar cuáles sean estas dimensiones.

Llama la atención cómo los primeros resultados que han salido de la aplicación de este nuevo índice pueden cambiar el ordenamiento —ranquin— de países, y con ello la noción que tenemos de ellos y su nivel de desarrollo. Así por ejemplo, mientras que Etiopía duplica su nivel de pobreza bajo el índice multidimensional en comparación con la medición de ingreso, Tanzania y Uzbequistán tienen el efecto contrario. Para el caso latinoamericano, el MPI ya ha sido calculado para países como Argentina, Brasil, Chile, El Salvador, México y Uruguay.

Además, el índice puede descomponerse para poder observar con mayor claridad el “tipo” de pobreza que enfrentan personas en diferentes regiones de un país. Con ello se identifica de mejor manera el tipo de necesidades de diferentes grupos poblacionales, y por consiguiente se puede mejorar el diseño de intervenciones privadas o públicas.

Finalmente, en un plano más filosófico, el valor del proyecto OPHI es que es un nuevo intento por tratar de encontrar formas mejores y más prácticas de medir el bienestar, acercando conceptos relativamente complejos a instrumentos de fácil aplicación y mucha utilidad para la política pública. Al final del día lo que cuenta en el campo del desarrollo es lo que se pueda hacer con una idea para transformar una realidad.

POR TOMáS ROSADA /

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