Revista D

El genio del lápiz

El artista guatemalteco llegó a ser el dibujante exclusivo de las firmas Walt Disney y Hanna-Barbera. 

Por Roberto Villalobos Viato

Foto Prensa Libre: Esbin García
Foto Prensa Libre: Esbin García

Su residencia tiene un gran ventanal en la sala, desde el cual se observa un jardín bien cuidado. Adentro todo luce en orden, pulcro y acogedor. De las paredes cuelgan magníficas obras de arte, cuya temática predominante son las aves. Aunque todas son bellas, destaca la que está colocada en el comedor, donde resalta un quetzal que reposa sobre la rama de un árbol. Es tan perfecto que parece una fotografía.

El autor de tan preciso cuadro es el artista plástico y diseñador gráfico Jorge Alfredo Rossi Lorenesi (Ciudad de Guatemala, 9 de octubre de 1956), cuya vida profesional la ha pasado entre las aulas universitarias y prestigiosas agencias de publicidad.

De hecho, a los 20 años empezó a impartir clases de Diseño Gráfico en la Universidad Rafael Landívar. Dos años antes consiguió su primer trabajo, en la firma Comunica —hoy Leo Burnett—. Desde entonces, su camino ha estado lleno de éxitos.

Por cuatro años consecutivos, de 1987 a 1990, fue jurado en los Premios Clío Internacional, uno de los certámenes publicitarios más importantes del mundo.

Destaca, asimismo, el haber sido el dibujante exclusivo de la compañía Walt Disney para Centroamérica, Panamá y el Caribe.

Sin embargo, Rossi Lorenesi no es una persona presumida; todo lo contrario. Es sencillo, amable, conversador, sonriente y de actitud positiva.

¿Cuál fue su experiencia como dibujante para la compañía Walt Disney?

Todo empezó a principios de la década de 1980, cuando un señor me solicitó unos artes. Llegué a su oficina y me pidió que le dibujara un logotipo con los cuatro grandes de Disney —Mickey Mouse, el Pato Donald, Goofy y Pluto—. Ahí me enteré que él era el representante de esa compañía en Centroamérica, Panamá y el Caribe.

¿Por qué buscaban un dibujante en el área?

Para agilizar procesos. Antes, debido a que no existía el internet ni el correo electrónico, había que enviar los dibujos desde los países centroamericanos hasta Estados Unidos, y de ahí los regresaban varias veces, hasta que el proyecto publicitario era aprobado. Al contar con un dibujante con licencia, todo podía caminar más rápido.

¿Tuvo que aprobar algún examen?

Por supuesto. En esa época todo se hacía a mano, porque ni computadoras habían. Así que tuve que pasar por dos evaluaciones, una a lápiz y otra a tinta. Aparte de los “cuatro grandes”, dibujé a Cenicienta y a uno de sus ratones, así como al Capitán Garfio, Bambi y Dumbo. Y que conste, todos los trazos debían ser perfectos, pues no se permitía emplear corrector. Si había un pequeño error, se debía repetir todo el trabajo.

Luego llegó con usted Hanna-Barbera.

Sí. Eso sucedió en 1988. Lo primero que me pidieron dibujar fue a Los Picapiedra.

Sin duda, fueron grandes experiencias. ¿Cómo lo logró?

Mire, siempre he dicho que cuando uno le entra a algo, lo debe hacer de lleno; si no, mejor ni lo intente porque solo está jugando. No importa cuál sea el trabajo, siempre hay que hacerlo lo mejor posible, con ganas. Hay que ser hiperexigente con uno mismo.

¿Cuál fue su camino?

Entré a la universidad en la primera mitad de la década de 1970, cuando tenía 17 años. Me decidí por Arquitectura, porque la carrera de Diseño Gráfico no existía en Guatemala ni en otros países. En Estados Unidos sabía que había una Escuela de Artes Gráficas, pero era carísima.

Así que Arquitectura fue lo más afín a sus aptitudes.

Sí; me gustaba, pero al avanzar uno se encuentra con Matemática, Física y estructuras pero, ¡mano!, yo para eso jamás fui bueno. A los tres años abrieron Diseño Gráfico, que para entonces era a nivel técnico, y pensé: “¡Púchica, ahora es cuándo!”, así que me cambié de carrera al hacer equivalencias.

¿Cómo se percató de sus dones para las artes?

Viene de mis padres. Mi mamá es una excelente pintora al óleo, mientras que mi papá es ingeniero industrial, con una especialización en turbinas náuticas, por lo que es increíble en el dibujo técnico. Crecí viéndolos y admirándolos.

De 1984 a 1985 se especializó en Florencia.

Sí. Empecé a buscar becas, pero la verdad es que no conseguí, así que decidí especializarme en la Escuela Lorenzo de’ Medici y la pagué con el dinero que había ahorrado; ¡solo me sobraron Q400! —ríe—. Tengo familia en Italia, así que me hospedé en la casa de una tía. Sin embargo, ella vivía a 150 km de Florencia, así que, todos los días, debía recorrer esa distancia, de ida y de regreso.

¡Durísimo!

Sí, pero valió la pena. Mire, las etapas de la vida hay que saber aprovecharlas. En ese entonces era joven y aguantador. Ahora, a mi edad, si me desvelo hasta la medianoche, tardo como cuatro días en recuperarme —ríe—.

Estar en Florencia, rodeado de tanto arte, lo habrá marcado para siempre.

Exacto. Todo el tiempo se recibe información, desde los simples afiches pegados en la pared o en los anuncios de los diversos medios de comunicación, hasta en la arquitectura de la ciudad. Un amigo de mi padre me decía: “Cuando estés allá, no te sentés; siempre caminá e ingresá a los museos”. Así lo hice.

Allá cursó Figura humana. ¿Por qué se le hizo tan atractivo?

Porque cualquier cosa está concebida en función del ser humano, no importa si es Arquitectura o diseño gráfico o industrial. De hecho, al regresar a Guatemala impartí esa clase, y fui el primero en llevar a una modelo desnuda. ¡Fue una locura! Pero, es que si no es así, ¿cómo se va a aprender?

¿Por qué dice que fue una locura?

Porque estamos en una sociedad conservadora. Además, recuerdo que al dar la clase, desde afuera, los chavos se colgaban de las paredes para ver por la ventana a la modelo.

Antes, el diseño gráfico se efectuaba a mano. Hoy, en plena era digital, ¿cómo evalúa la preparación de los estudiantes de esa carrera?

Mire, las computadoras son una herramienta indispensable. En mi caso, uso mi mano porque sigo siendo rápido para dibujar. Puedo trazar un sketch y luego descargar la imagen para trabajarla digitalmente.

De esa cuenta, es vital que los diseñadores gráficos de hoy tengan más competencias, pero nunca olvidarse de dibujar a mano alzada.

¿Por qué?

Imagínese que usted está con un cliente, quien le pide que le haga un logotipo. En esa reunión, él querrá verlo dibujando, no bebiendo una taza de café. Si le gusta el boceto, ahí mismo le aprueba el trabajo. Por eso, en esta profesión, es indispensable saber dibujar sin ayuda de una computadora, pues, evidentemente, sirve para cerrar tratos. Al cliente no se le puede dejar enfriar porque se va para otro lado.

En un momento de la entrevista mencionó que sufre esclerosis múltiple. ¿Eso le ha impedido seguir dibujando?

Esta enfermedad produce atrofias en las extremidades, ojos y lengua. Ahora, por ejemplo, uso lentes. Antes podía trazar una línea recta en una pizarra, por decirle algo, pero ahora, de repente, se puede ir en curva; la percepción no es igual. De hecho, cuando me presento ante mis estudiantes, les cuento sobre el problema, pero ellos comprenden. Por mi parte, lucho contra esto todos los días. Sin embargo, sigo pintando y dibujando bastante bien.

PERFIL

  • Jorge Alfredo Rossi Lorenesi nació en la Ciudad de Guatemala el 9 de octubre de 1956.
  • Tiene una especialización en Diseño Gráfico por la Escuela Lorenzo de’ Medici, de Florencia, Italia (1985). A la vez, obtuvo los posgrados en Pintura y Figura humana.
  • Colaboró en importantes firmas publicitarias.
  • Fue dibujante exclusivo de Walt Disney Productions para Centroamérica y Panamá (1982-1990). También lo fue para Hanna-Barbera (1988-1990).
  • En cinematografía ha sido director de arte y efectos especiales en filmes nacionales como Donde acaban los caminos (2003), Looking for Palladin (2006) y La vaca (2009).
  • Desde 1979 ha sido catedrático de Diseño Gráfico en la Universidad Rafael Landívar; desde el 2006, en la Universidad Galileo.
  • En 1985 fundó la empresa Diseño Gráfico Estudio.