LA BUENA NOTICIA

Escándalo

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Con el paso del tiempo, el término “escándalo” ha venido a significar (según el DRAE Usual) el efecto que causa una conducta bulliciosa, vergonzosa, de mal ejemplo. Pero en su sentido bíblico el escándalo (del griego “scándalon” = tropiezo, piedra en el camino) traducía el obstáculo que se pone para la fe o en Dios, o en el prójimo. “No servir de escándalo a los pequeños”, pide Jesús a sus discípulos (Mateo 9,42); no impedir con la conducta propia que se llegue a creer, que se bloquee el que los demás se fíen de Dios o de su Iglesia.

Hoy, en la Buena Nueva, Jesús causa “escándalo”, no por sus palabras o acciones, sino por su origen humilde, su DPI demasiado bajo socialmente como para que sus orgullosos paisanos lo crean profeta de Dios. El escándalo u obstáculo para creerle, en este caso, no viene de Él, sino que ya está en sus corazones llenos de aquella religiosidad falsa, amiga de las apariencias, de las grandezas culturales, y que choca de frente con el “hijo del carpintero y pariente de la gentecilla del lugar”. Ante todo, el texto de hoy ha sido usado terriblemente mal para afirmar que “Jesús tenía hermanos y hermanas”. Ello, por el olvido de que en la lengua hebreo-aramea hasta el día de hoy una misma palabra muy corta (“aj”) se refiere a hermano de padre o madre o a primo.

Pero, volviendo al tema: Jesús, profeta enviado por Dios, encuentra la resistencia de gentes que “quieren cosas extraordinarias”, predicadores de Rolex, de programaciones satelitales masivas, de carros blindados para llegar a la predicación, de ofrendas cuantiosas en templos hechos más para la gloria humana que para la divina. En el fondo, el auditorio quiere ver en el predicador una proyección de su propio materialismo, de su idolatría de dinero. Olvida que el profeta (del griego “pro-femí” = hablar en lugar de otro, de Dios), no está para predicarse a sí mismo, y ni siquiera a un Dios poderoso, sino más bien, como lo insiste tanto el Santo Padre, Francisco, un Dios “misericordioso”, abajado a la debilidad del mundo y no a la medida de su grandeza. Jesús nazareno, visto en su realidad histórica, nació en un pesebre para alimento de animales, nunca salió de su pequeño territorio, se desplazó caminando por aldeas y barrios humildes y terminó sepultado en una tumba prestada, de donde con mucha razón dijo un día: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Lucas 9,58).

Así, la fe en esa sencillez de Cristo sigue siendo “el gran milagro”. “Lo que me llena de asombro no es la incredulidad, sino la fe de los cristianos en lo sencillo de su Dios; no me sorprende el ateo, sino el cristiano” (papa emérito Benedicto XVI). Y así, la Iglesia debe transparentar a Jesús, motivo de “escándalo” ante el mundo, y no plegarse a su modo de ser. Debe sufrir la crisis ante su mensaje, la duda ante su presencia, el rechazo ante su predicación, pues “no es el discípulo más que su maestro” (Juan 13,16). Hoy más que nunca, cuestionada por su profecía ante la corrupción, ante la injusticia, ante la impunidad, la destrucción ecológica o la deformación antropológica de nuestros días, ella, también

profeta en la pobreza humana de sus ministros, deberá recordar lo que fue dicho a Pablo de Tarso: “Ánimo, mi potencia se manifiesta plenamente en la debilidad” (2 Corintios 12,9).

ESCRITO POR:

Víctor Hugo Palma Paul

Doctor en Teología, en Roma. Obispo de Escuintla. Responsable de Comunicaciones de la CEG.