03/09/10 - 00:00 Cultura

Neruda y la palabra

Para el bicentenario del Día Nacional de Chile (18 de septiembre de 1810 – 2010), me permito festejarlo copiando el mejor ensayo de Pablo Neruda: La palabra.

POR MARGARITA CARRERA

“Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como Aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció… Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Vienen en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada…

Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos. Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo…Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.”

Es este uno de los más hermosos cantos a la palabra, a nuestra palabra aquí en América. Si no, el mejor. En prosa, pero en verso. Tenía que ser Pablo Neruda quien irrumiera en catarata de palabras para explicarnos la nuestra. Tenía que ser ese poeta que era un océano de palabras. En lugar de describir lo que exalta, canta, y canta con voz profunda que llega hasta lo más alto del cielo y lo más hondo de la tierra. Recuerdo cuando lo leí la primera vez. Quedé sin aliento. Lo único que podía hacer era releerlo una y otra vez. Y una y otra vez se me derramaba el alma y ahora que lo transcribo se me vuelve a derramar y caer el alma en el océano nerudiano.

El ensayo se encuentra en el libro Confieso que he vivido. Memorias. Pablo Neruda. La primera edición —la que aún conservo— es de 1974. Editorial Seix Barral, S. A. México.

“El poeta debe ser, parcialmente, el cronista de su época”, escribió Neruda; y, a lo largo de sus “Memorias”, lo es. No solo cronista, sino testigo de nuestro tiempo. Testigo del siglo XX.


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