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12/01/12 - 00:00 Cultura

Riqueza artística de la espiritualidad

Símbolo de la fe que trasciende fronteras, la imagen del milagroso Cristo de Esquipulas representa una de las obras más bellas e incomparables del arte colonial. Esta es venerada cada 15 de enero, por millares de peregrinos de diferentes procedencias en un imponente templo que constituye una magnífica joya arquitectónica de Guatemala y la región centroamericana.

POR BRENDA MARTíNEZARTES PLáSTICAS Y ARQUITECTURA

Es difícil imaginar que el origen de esta exquisita escultura haya sido humilde, derivado del deseo de los habitantes de ese poblado de rendir culto a una imagen del Dios generoso del que tanto les habían hablado los misioneros franciscanos.

De esa cuenta, el provisor del obispado fray Cristóbal de Morales contrató en 1594 al escultor Quirio Cataño para que tallara “un crucifijo de vara y media, bien acabado y perfeccionado”, cuyo trabajo sería retribuido con cien tostones, reunidos con esmero por los campesinos del lugar, con lo obtenido de una próspera cosecha de algodón.

El Cristo, que originalmente era encarnado y que adquirió su color oscuro por una oxidación producida por el humo de las velas y el incienso al que estaba expuesto, fue entregado a las autoridades eclesiásticas, quienes, maravilladas de la obra, eligieron el 9 de marzo de 1595 como fecha del comienzo de su devoción.

Por las proporciones del cuerpo, la imagen es de estilo manierista —difundido en Europa en el siglo XVI, caracterizado por la expresividad y la artificiosidad—, con elementos renacentistas, al apegarse el escultor a las normas e instrucciones de la Iglesia Católica, explica el cronista de la Ciudad, Miguel Álvarez. El historiador Aníbal Chajón asegura que Cataño tomó como referencia para su talla unos grabados alemanes mostrados por el encargado religioso. “Los rasgos de la caja torácica y la configuración del vientre son muy realistas. La forma en que levanta los brazos al ser crucificado denota que el artista tenía vasto conocimiento anatómico”, agrega Álvarez.

Después de haber sido curado de su enfermedad tras visitar al Cristo, el primer arzobispo de Guatemala, fray Pedro Pardo de Figueroa, mandó a construir, en 1740, un colosal templo de estilo barroco —actual basílica— a Diego y Felipe José de Porres, célebres arquitectos antigüeños.

Su estilo es ecléctico, debido a que los constructores emplearon una combinación de la influencia de la arquitectura morisca con elementos dóricos, corintios, jónicos y góticos.

El místico éxtasis que se apodera de los fieles se debe a la majestuosidad del santuario que se divisa antes de llegar a la capital centroamericana de la fe, a donde llega cada año cerca de un millón de creyentes. El abad Héctor Sosa refiere que han solicitado a la Unesco que esta magnífica estructura sea declarada Patrimonio de la Humanidad.


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