Por Anibal Chajón

Por amor a los necesitados

En 1980, el mismo año en que se beatificó al Hermano Pedro, el franciscano Guillermo Bonilla inició labores en el Hospital San Pedro para continuar con el trabajo del betlemita, con el título de Obras Sociales del Hermano Pedro.

Ingreso del Hospital de las Obras Sociales

Pedro de Betancur nació en Tenerife. Allí, según las narraciones, sufrió una parálisis por lo que visitó la ermita de San Amaro, tras lo cual quedó sanado. Desde entonces, tuvo una vocación de servicio hacia los minusválidos, obra que continuó con los enfermos en la ciudad de Santiago de Guatemala, hoy Antigua.

En imitación de las virtudes de Betancur, fray Guillermo Bonilla abrió las puertas de las Obras Sociales del Hermano Pedro en el que fuera el Hospital de San Pedro, un edificio colonial que fue remodelado en el siglo XIX y que fue concedido a las Obras por 40 años, comenta la Subdirectora Sor Teresa de Jesús Solís.

El objetivo de las Obras es asistir a las personas más necesitadas, impedidos graves, especialmente a los abandonados, desnutridos y discapacitados físicos y mentales, según la Memoria de Labores de la institución. Con semejante expectativa, el centro provee asistencia médica quirúrgica, hogar, vestido, alimentos, educación, terapia física y ocupacional y servicio de guardería para hijos de madres trabajadoras.

En la manzana que ocupan las instalaciones, que están en remodelación, se alberga el Hogar de Convalecientes, fundado en 1983; el hogar para niños minusválidos y del Anciano Ciego, establecidos en 1984; del Hermano Inválido, en 1985; y para Niños Desnutridos, en 1986, cuya nueva sala fue inaugurada el nueve de junio de este año. Otra dependencia es la Escuela Especial, abierta en 1987.

Sor Teresa y Sergio

Alrededor de 220 personas, de diverso origen y edad, viven y reciben atención en el lugar, mientras que los médicos, voluntarios, examinan un promedio de 60 pacientes y realizan alrededor de 20 cirugías al día, indica Solís. El área de mujeres alberga personas con síndrome psiquiátrico y con discapacidad física, lo mismo que la de varones, ancianos y niños. Además ofrece una unidad de recuperación para bebés que padecen desnutrición, en la cual pueden pasar incluso varios meses, antes de ser sometidos a cirugía.

Según la memoria de labores de las Obras del Hermano Pedro, en 1999, más de 46 mil pacientes fueron atendidos. Areas de cirugía, ortopedia, fisioterapia, geriatría, ginecoloía, neurología, pediatría, psicología, psiquiatría y oftalmología fueron cubiertas, además de ofrecer servicios de electroencefalograma, electrocardiograma, rayos x, laboratorio clínico, farmacia, atención a familiares de operados y terpia del habla.

Médicos de diversas partes del mundo ayudan gratuitamente con sus servicios en las Obras. Se trata de profesionales de diversas nacionalidades, como stadounidenses, canadienses, españoles, franceses y guatemaltecos, indica Solís. Sin embargo, la atención de tantas personas requiere de una gran inversión, que en 1999 ascendió a casi Q18 millones y medio, que se obtienen de generosas donaciones, aunque nunca son sufientes, ya que los trabajos no terminan y cada vez llegan más enfermos en busca de atención. Por esa razón se aceptan nuevos aportes en tres bancos del sistema, una tarjeta de crédito o directamente.

 

Cambio en la vida

Cualquiera que tenga la oportunidad de observar la labor de las Obras Sociales del Hermano Pedro conoce la generosidad que mueve a las personas que colaboran con tantos discapacitados. Además, como dice Solís, quien trabaja con las Obras sufre un cambio en su vida.

Doña Jerónima Rom

Tal es el caso de quienes tuvieron la oportunida de ver el caso de la señora Jerónima Rom, quien presenta un síndrome psiquiátrico y es residente de las Obras. Hace cuatro años, se le diagnosticó un cáncer uterino terminal, los religiosos y el personal se la encomendaron al Hermano Pedro y en los nuevos análisis se detectó una curación absoluta, comenta Solís.

Pero este caso no es aislado, los miembros de Estudiantes Internacionales, un grupo de voluntarios de varios países del mundo, incluidos guatemaltecos, que apoyan en la atención de los niños con problemas de desnutrición, son testigos de la recuperación de los niños y de la alegría de dar un poco de tiempo en quienes necesitan sentir el afecto y contacto desinteresado.

Uno de ellos, Byron, llega un día a la semana, ya que los otros cuatro ayuda a personas en rehabilitación delincuencial.Los episodios más conmovedores son los de los niños enfermos que llegan con desnutrición. El caso de Sergio es uno de ellos. Este pequeño llegó de una aldea de Cobán a los tres meses de edad con enfermedad pulmonar crónica, indica la pediatra Sandra Ajcajabón, y quien tiene más de un año de permanecer en el Hospital. Su familia es muy pobre y no puede atenderlo ni visitarlo tan seguido, agrega Solís, pero es una alegría ver cómo ha mejorado y ha ido fortaleciendo su organismo. No es un hecho milagroso, sino producto del amor de quienes dan desinteresadamente su tiempo, conocimientos y cariño.

Los cambios se dan en todos los niveles. Muchas personas que han llegado a recibir ayuda o a ofrecer apoyo han manifestado cambios de actitud hacia la vida. La vocación de servicio también es contagiosa, afirma Solís, quien agrega que incluso hay personas que ven incrementada su fe.


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