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Larga lucha Todo se originó en 1389, cuando, según los serbios, el príncipe Lazar luchó contra los invasores del Imperio Otomano (hoy Turquía) y fue derrocado su reino. Esto le abrió las puertas a los turcos. El dominio de Serbia por parte del Imperio Otomano, en 1459, ocasionó un éxodo hacia Bosnia, Hungría y Austria, el cual se intensificó en 1689, luego de un fallido levantamiento contra el dominio turco. Los serbios que salieron
de su tierra fueron remplazados por albaneses musulmanes. Décadas de sangre Finalmente, Kosovo volvió a manos serbias, en 1912, cuando serbios, junto con otros estados independientes en los Balcanes, se unieron para expulsar a los turcos de las regiones europeas que aún dominaban. Para los serbios de Kosovo, la llegada de un Ejército de su propia etnia fue liberadora, lo cual para los albaneses representó una ocupación, seguida de expulsiones y masacres. De aquí en
adelante, el horror, pánico, derramamiento de sangre y limpieza
étnica se vuelven el pan de cada día para esta provincia.
Tras la caída del Imperio Otomano, en 1918, y el final de la I Guerra Mundial, quedó integrado el llamado reino de los serbios, croatas y eslovenos, que tomó el nombre de Yugoslavia en 1929. En 1941, la mayor parte de Kosovo se convirtió en la Gran Albania, controlada por la Italia fascista de Benito Mussolini. Mientras, otras partes de la provincia, lo que hoy es Kosovo, quedaron bajo control alemán y búlgaro. Con la fundación de la República Socialista y Federativa de Yugoslavia en 1945, proclamada por el dirigente comunista Josip Broz Tito y bajo su autoritaria dirección Serbia gozó de varias décadas de relativa estabilidad política. Kosovo, un conflicto ancestral Serbia, el renacimiento nacionalista Rusia, histórico aliado de los serbios Milosevic: de una infancia infeliz al poder totalitario
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