Hoy es 9 de enero de 1902.
Corre lenta la tarde. En el hogar de los Escrivá las manecillas del viejo reloj de pared, situado en el salón de la casa, se aproximan a las ocho. Don José sale del dormitorio donde descansa doña Dolores. Se acerca al balcón y descorre las cortinas. Desde la altura observa la plaza y piensa preocupado:
“¡Cuánto frío hace esta noche!”
Poco después avisa a su mujer:
-Lola, ya está aquí el médico. Yo abriré la puerta.
Don José acude deprisa y...
-Buenas noches Pepe.
-Buenas noches. Te estábamos esperando.
-¿Cómo sigue Dolores?
-Está bien, pero tiene frecuentes molestias. Pienso que el niño puede nacer de un momento a otro.
El médico entra rápido en el dormitorio. Saluda a doña Dolores y llama a la cocinera de la casa:
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-¡María!
-¿Qué quiere, doctor?
-Por favor, traiga una olla de agua hirviendo lo antes posible.
-¡Ahora mismo! Ya la tengo preparada.
Son las diez de la noche. Desde el salón llega el sonido de las campanas del reloj. Se oye el llanto de un niño. María abre la puerta del dormitorio y anuncia feliz:
-Es un niño, don José. Es un niño precioso.
Don José entra rápido y alegre. Da un beso a su esposa y, junto a ella, descubre al bebé.
-¿Puedo sostenerle un momento?
-Sí, pero ¡no le aprietes demasiado!
-¡Qué gordito está! Voy a darle el primer beso.
-No –sonríe doña Dolores-, es el segundo. Yo ya le he dado el primero.
Los dos ríen satisfechos. Esta noche todo es alegría en el hogar de los Escrivá-Albás. Les ha nacido su primer hijo varón.
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