Josemaría no sólo juega con sus hermanas. Tiene también muchos amigos y se divierte con ellos. Entre otros, están sus primos Albás, los hermanos Esteban, los Garrigós, los Sambeat, los Lacau, los Fantoba, Joaquín Navasa, Julián Martín y, con sus hermanas, Adriana Corrales, a quien llamaba la enredadora.
Hoy, como tantas veces cuando hace buen tiempo, Josemaría sale con ellos a la plaza.
-¿A qué jugamos? -pregunta Josemaría.
-Al escondite –piden muchos de ellos.
-¡Vaya! ¡Siempre lo mismo! Nosotros –dicen dos o tres- preferimos a los aros.
-¡Ni hablar! ¡Juguemos a la gallina ciega! –dicen las niñas.
-¿Nos vamos a enfadar como otras veces? –pregunta Josemaría.
-Es que algunos son muy cabezotas. ¡Siempre tenemos que jugar a lo que ellos dicen!
-Bueno, continúa Josemaría-, a mí me paarece que no debemos pelearnos. Y, menos aún, siendo tan amigos. Mirad, son más los que quieren jugar al escondite. Juguemos primero a este juego y, después, a los otros.
Tras unos segundos de vacilación, se ponen de acuerdo.
-¡Vamos, comienza el juego! –dice Josemaría.
Algunos corren a esconderse en las puertas de las casas. Otros detrás de las columnas que forman los pórticos de la plaza. Luego de contar hasta veinte, salen en su busca. Los que están escondidos contienen la respiración, agachados, sin hacer ruido. Con los ojos van siguiendo el movimiento de sus perseguidores.
De pronto, un grito:
-¡Sal, Joaquín! Te he visto.
-Julián, estás detrás de la tercera columna. Sal enseguida!
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Así, entre búsquedas y emociones contenidas, pasa rápido el tiempo. Con frecuencia los amigos –niños y niñas- se reúnen en casa de Josemaría. A doña Dolores le gusta tenerlos cerca de ella. Como a todas las madres.
Unas veces:
-Doña Dolores, ¿nos deja ropas usadas?
-¿Para qué las queréis?
-Para jugar a los disfraces.
-¡Ah!, muy bien. Venid conmigo. Aquí tenéis algunas, ¿os gustan?
-Sí, son muy bonitas.
En otras ocasiones, sin embargo:
-Josemaría, ¿por qué no vamos a la leonera?
-¡Sí! –gritan todos- ¡es muy divertido!
-¿Quién juega con los soldados de plomo?
-Yo, yo, yo… -exclaman algunos. -Yo –dice otro- prefiero las birlas, ¿quién me acompaña?
Las birlas son palos pintados de soldados que los niños hacen caer tirándoles bolas. El tiempo transcurre deprisa. A la hora de la merienda aparece doña Dolores sonriendo.
-¡Vivaaa! –gritan al verla.
-¿Tenéis apetito?
-¡Muchísimooo!
Pronto el rico pan con chocolate y las naranjas desaparecen del pequeño cesto.
A veces, sin embargo, mientras sus amigos juegan…
-Josemaría, -le dicen algunos- ¿qué haces sentado en el balcón?
Estoy leyendo un libro muy divertido.
-¡Déjalo y ven a jugar!
-Comenzad vosotros. Yo bajo enseguida.
Cuando termine de leer este cuento, que es muy corto.
A Josemaría, como a todos los niños, le entusiasman los juegos, aunque ya desde entonces siente gran afición por la lectura y, cuando hace buen tiempo, le gusta sentarse en el balcón balanceando las piernas entre los barrotes. |