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El mejor amigo de Josemaría es su padre. Por él siente un inmenso cariño. Y es que don José dedica mucho tiempo a su hijo. Le acompaña en sus juegos; en las salidas al campo y a la ciudad; en la oración antes de acostarse, cuando los dos rezan a la Santísima Virgen y le dan el último beso.
Cierto día, como otras muchas veces, don José llama a su hijo:
-¡Josemaría!
-¿Qué quieres, papá?
-Hoy es domingo. ¿Damos un paseo?
-Sííí. ¡Estupendo! –contesta entusiasmado, mientras se levanta de un salto.
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Los dos salen a la calle. El otoño está bastante avanzado. Unos días más y comenzará el invierno.
-Papá, hace mucho frío, ¿verdad?
-Sí. Abotónate el abrigo, no vayas a resfriarte.
-¿Me dejas los guantes?
-Tómalos. Ven conmigo. Vamos al Coso.
De pronto:
-La castañeraaaaaa… ¡Sabrosas castañas!
-Mira, papá: allí hay un puesto de castañas calientes.
-Pero, ¿es que te gustan? –dice don José sonriendo.
-Claro. ¡Están riquísimas!
Instantes después el padre compra un cucurucho repleto. Las pone en el bolsillo del gabán y siguen paseando.
-Papá, ¿te has guardado las castañas?
-Sí
-¿Dónde
Búscalas tú. ¿A que no das con ellas? Josemaría palpa el abultado bolsillo del abrigo y…
-¡Están aquí! Pero no las alcanzo.
El pequeño se alza de puntillas e introduce la mano.
Allí encuentra, además de las castañas calientes, un afectuoso apretón de la mano de su padre. Ambos se miran y sonríen satisfechos. |