Josemaría quiere mucho a su madre. A veces, sin embargo, no entiende lo que ella le pide y le molestan algunas cosas.
Cierto día, como sucede a menudo, llegan a casa algunas amigas de doña Dolores. Josemaría oye sus pasos y su conversación, mientras suben la escalera.
“¡Qué fastidio!”, piensa a la vez que hace un gesto de disgusto.
Le da mucha vergüenza saludar a las amigas de su madre. ¿Qué va a hacer? Duda unos segundos. Después se dirige de puntillas a su dormitorio. Abre la puerta, avanza hacia la cama y se esconde debajo. Entretanto suena el timbre, y doña Dolores abre la puerta.
-Buenas tardes, Dolores. ¿Cómo estás?
-Muy bien. ¿Y vosotras?
-Pues mira, ¡un poco cansadas! Nos agota tanto calor.
-Y Josemaría, ¿está en casa?
-Sí, debe de estar jugando.
-¿Podría venir? Anda, dile que queremos darle un beso.
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Doña Dolores sale al pasillo y le llama repetidas veces. Todo en vano. Sospechando el motivo de la tardanza, toma uno de los bastones de su marido y se encamina al dormitorio de su hijo. Abre la puerta, levanta la colcha de la cama y…
-¿Qué haces ahí escondido?
-Es que me da vergüenza saludar a tus amigas.
-Anda; sal, por favor, y dales un beso.
-¡Mamá…!
Josemaría se resiste un poco. Doña Dolores golpea el suelo con el bastón. El hijo sale, por fin, con cierto disgusto.
-¿Quiénes son?
-Una de ellas es pariente de la abuela.
-¿La que tiene bigote?
-Sí.
-Uf. ¡Siempre me pincha con él!
-Josemaría, ¡la vergüenza sólo para pecar! Dale un beso y déjate de tonterías.
El hijo mira a su madre. Hace un esfuerzo y le dice, intentando sonreír:
-Bueno… Pero, ¡lo hago por ti! |