A través de los años, Josemaría crece en su amor a Jesús y a la Santísima Virgen. Este cariño se lo debe a sus padres. Doña Dolores, a pesar de su mucho trabajo, siempre encuentra tiempo para estar con su hijo.
¡Josemaría! –el niño acude deprisa y mira a su madre-. Siéntate aquí. Junto a mí.
Josemaría lo hace con gusto. ¡Lo pasa tan bien con sus padres, escuchando lo que le dicen! Unas veces su madre le cuenta anécdotas de los abuelos y de la familia. Otras, la conversación gira en torno a Jesús o la Santísima Virgen. En esta ocasión…
-¿Te has fijado en el cuadro que hay en la sala de estar?
-Sí. Es la Virgen María abrazando al Niño Jesús.
-¿Sabes por qué lo he colocado allí?
-Pues… no lo sé.
-Es para que podamos mirarlos con cariño
y hablarles con el corazón.
-Y ¿qué podemos decirles

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-A veces, un piropo. Otras, pedirles ayuda para nosotros y para los demás, o bien ofrecerles nuestro trabajo.
También de sus padres ha aprendido a hablar con Jesús y con la Santísima Virgen, con afecto y confianza. No son muchas las oraciones, pero todas son rezadas con amor.
Cada mañana, doña Dolores acude al dormitorio de su hijo y le dice:
-Josemaría, es hora de levantarse.
-Ya voy, mamá.
Pero da una vuelta en la cama y sigue durmiendo. A veces, le cuesta levantarse a tiempo.
-¿Por qué no te levantas? –insiste su madre.
-Es que tengo mucho sueño.
-Anda. No seas perezoso. Ofrécele a Jesús este esfuerzo.
Josemaría, animado por su madre, mira el cuadro de la Virgen que tiene en su habitación y se levanta deprisa. A continuación, madre e hijo ofrecen a Dios el día que comienza. La oración sale del corazón con fuerza y cariño:
¡Oh, Señora mía! ¡Oh, Madre mía!
Yo me ofrezco del todo a Vos; Y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón;
en una palabra, todo mi ser.
Ya que soy todo vuestro, Madre de bondad, Guardadme y defendedme
Como cosa y posesión vuestra. Amén.
Al acostarse, es don José quien reza con su hijo. Los dos se despiden de nuestra Madre del Cielo, rezando con amor tres Avemarías.
Todos los días, al atardecer, los padres rezan el Santo Rosario en la sala de estar. A veces, los niños, animados con su ejemplo, rezan con ellos. Al principio sólo un misterio. Después, dos. Luego, poco a poco más. Los sábados, día dedicado a nuestra Madre del Cielo, bajan a la iglesia de San Bartolomé, que está cerca de casa. Allí, con otras familias amigas, rezan el Santo Rosario y la Salve. |