La víspera de su Primera
Comunión, alguien llama
a la puerta.
-Yo abriré –dice Josemaría.
Tras el portal, aparece un
muchacho con un
pequeño maletín en su
mano. El joven saluda,
diciendo:
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Josemaría.
-¿Eres tú quien mañana
va a hacer su Primera
Comunión?
-Sí –dice el niño, muy
contento.
-Yo soy el peluquero.
¿Podrías llamar a tu madre?
Doña Dolores, que ha
oído los golpes en la
puerta, se aproxima en
ese momento.
-Buenas tardes, señora.
-Buenas tardes.
-Me envían de la peluquería. Vengo a peinar a su hijo.
-Muy bien. Pasa por aquí, por favor.
Doña Dolores le lleva a la sala de estar. El joven abre su reducido maletín y saca unas pequeñas tenazas que Josemaría observa con mucha atención.
-Señora, ¿dónde puedo calentar las tenacillas?
-En el fogón de la cocina –dice, mientras le acompaña.
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Entretanto, Josemaría se
prepara para que le
peinen. Instantes
después, aparece el
peluquero con las
tenazas en la mano.
El muchacho ondula el
cabello con un rizo
elegante, en forma de
bucle.
Todo va bien.
Pero, en un descuido,
le quema la piel.
Josemaría resiste sin
decir nada. Siente el
dolor fuerte de la
quemadura. Ninguna queja,
sin embargo, sale de su boca.
Nadie en casa se entera
de lo sucedido.
¿Por qué aguanta el intenso
dolor? ¿Porque es fuerte?
Sí, es verdad que ha
sabido dominarse.
Pero hay dos razones más importantes: ofrecer un sacrificio a Jesús, a quien va a recibir al día siguiente, y evitar una preocupación a sus padres. También, porque no quiere que regañen al peluquero por su descuido.
De este cariño a sus padres nos habla otro suceso ocurrido tiempo atrás. En cierta ocasión Josemaría camina por las calles de Barbastro. Tras él corre un perro callejero. Se le acerca e, inesperadamente, muerde una de sus piernas. Le asusta la herida, pero no quiere preocupar a sus padres. ¿Qué va a hacer? Se dirige entonces a casa de su tía Mercedes, quien le hace la primera cura. |