
El hogar de los Escrivá va a conocer, de nuevo, días de preocupación e inquietud. Don José está muy alarmado: su negocio de tejidos no marcha bien. Algunas personas comentan entre sí:
-¿Estás enterada de lo que le ocurre a don José Escrivá?
-He oído rumores, pero no sé nada en concreto; ¿qué pasa?
-Su tienda de telas está casi en la ruina.
-¿Cómo es posible? Siempre le ha ido muy bien.
-Sí, pero ya conoces a don José. Es tan buena persona que, según dice, le han jugado una mala pasada.
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Y así es, en efecto. A pesar de su gran esfuerzo, el negocio familiar se vendrá abajo, poco a poco, en los próximos meses.
Doña Dolores ha de sacar adelante las faenas de la casa. Pero no está sola. Su hija Carmen, que tiene casi quince años, y Josemaría, que ya cuenta con doce, le ayudan cuando pueden.
Los padres de Josemaría llevan los problemas económicos con serenidad, fortaleza y buen humor. Una vez más ven en todo la Voluntad de Dios y la aceptan por amor al Señor.
Al año siguiente, en el mes de marzo, don José se traslada a Logroño en busca de nuevo trabajo. Tiempo después regresa de nuevo a Barbastro. Don José es acogido por su mujer y sus hijos con gran cariño. Tras los primeros besos y abrazos, ya en casa:
-¿Papá, has encontrado trabajo? –pregunta Josemaría.
-Sí. Por fin lo he encontrado.
-¿Dónde –dice Carmen, muy interesada.
-En una tienda de tejidos llamada La gran ciudad de Londres.
-Y ¿tenemos ya casa? –pregunta doña Dolores.
También he alquilado una, cerca del puente de hierro, sobre el río Ebro.
La fama de persona honrada y trabajadora que tiene don José ha hecho más fácil que encuentre un trabajo digno y una casa para su familia. Pasados unos días entre el cariño de los suyos, vuelve otra vez a Logroño. |