Mientras tanto, Carmen y Josemaría acaban el curso. Días después marchan a Fonz con su madre, para pasar el verano.
A primeros de septiembre vuelven a Barbastro y, en unos días, muebles, cuadros, libros y vajilla quedan listos para el traslado. Una mañana, aún muy temprano:
-Un beso, Carmen.
-Dame un abrazo.
-Buen viaje, doña Dolores.
-Hasta la vista, Josemaría.
Son amigas de Carmen. Todas están allí para decirles adiós.

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Tras la despedida, toman la diligencia para Selgas, camino de Logroño.
-Mira –dice Josemaría a su hermana, mientras señala a lo lejos.
Carmen se asoma a la ventanilla. Poco a poco, Barbastro va quedando atrás. La torre de la Catedral y las de algunas iglesias desaparecen entre las curvas del camino. Allá lejos, en las aulas del colegio, en las calles, en las plazas, en su casa, quedan vivos los recuerdos de su niñez.
Ya en Logroño, Josemaría comienza el cuarto curso en el Instituto de la ciudad. Allí conoce a sus nuevos compañeros de estudio. En seguida entabla las primeras amistades. Su carácter alegre y generoso le abre el corazón de muchos. Un día Josemaría pregunta a uno de ellos:
-Hola, ¿cómo te llamas?
-Isidoro Zorzano.
-¿De dónde eres?
-De un pueblo pequeño de Logroño, aunque nací en Argentina.
-¿En Argentina? –pregunta Josemaría, sorprendido.
-Sí, pero soy español. Mis padres emigraron a ese país y yo nací en Buenos Aires. Siendo aún muy pequeño, regresaron de nuevo. Y aquí estoy ¿Y tú, cómo te llamas? –pregunta Isidoro.
-Josemaría.
-¿Eres de Logroño?
-No. Vengo de Barbastro. Vivo aquí desde hace unos días.
Poco a poco Josemaría se hace muy amigo de Isidoro y de otros compañeros de clase.
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