
Durante estos años, Josemaría descubre muchas cosas útiles, que traslada a su propia vida. Lo hace cuando estudia y cuando lee libros de aventuras o de literatura clásica. Pero, sobre todo, con el buen ejemplo de las personas que le rodean. Observando a sus padres ha aprendido a sufrir con alegría, a amar él trabajo, a ser generoso y a querer a Dios y a a Santísima Virgen. Así, una tarde:
-¿Qué haces, papá?
-Comer un caramelo.
-¿Es que no meriendas?
-No –dice don José sonriendo.
-¿Por qué?
-Porque necesitamos el dinero para otras cosas más importantes.
-¿Cuáles son esas cosas importantes?
-Tus estudios, el alquiler de la casa, la ropa, la comida…
Josemaría guarda silencio. Ahora piensa en su madre. También doña Dolores calcula cada compra que hace.
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Hoy su hijo ha descubierto el valor del ahorro y la importancia de no gastar inútilmente.
Josemaría aprende, además, de sus maestros y de las anécdotas ocurridas en el aula. Cierta mañana, al comenzar la clase, el profesor de Química anuncia a sus alumnos:
-Hoy haremos experimentos en el laboratorio.
Los chicos acogen la noticia con gran alegría. Nada más entrar, sin embargo:
-¡Qué sucio está todo! –comenta el
profesor con cierto disgusto.
Y así es. Después del verano nadie ha limpiado los tubos de ensayo y el resto de material. Las estanterías, las mesas y los armarios están desordenados y llenos de polvo.
El profesor comprende que si limpia el aula no tendrá tiempo de dar esa clase ni las siguientes. ¿Qué hacer?
-Olvidaos del desorden y de la suciedad –dice a sus alumnos.
-Pero si aquí no se puede trabajar –interrumpe uno de ellos.
-Es verdad, pero no os preocupéis.
Cuando utilicéis un objeto, lo limpiáis. Después, al colocarlo en su lugar, quitáis el polvo del armario.
Pocos días después, el laboratorio queda totalmente limpio y ordenado. De este hecho, Josemaría saca una cuantas lecciones prácticas: la importancia de aprovechar bien el tiempo, hacer todo en el momento previsto y realizar sin quejarse, las cosas que cuestan. |