Josemaría tiene quince años bien cumplidos. Durante este tiempo se ha convertido en un muchacho alto y fuerte, alegre y servicial. Un poco reservado a veces. Tiene el pelo corto y oscuro. Es elegante.
Ya, en esta época, comienza a pensar en su futuro:
-¿Qué voy a ser? ¿Qué carrera voy a elegir? –se pregunta a menudo.
Por fin, un día le dice a su padre.
-Papá, me gustaría ser arquitecto.
-¿Estás totalmente seguro?
-Sí. Lo he pensado durante varios meses.
A don José le agrada que estudie esta carrera. Pero, queriendo gastarle una broma, le dice:
-Vamos, hijo, que lo que tú quieres
es ser un albañil distinguido.
Ambos ríen la ocurrencia. Después, ya en serio, añade su padre:
-Me gusta que estudies Arquitectura. Pero ten en cuenta que es una carrera larga y difícil.
-Sí. Y además cuesta mucho dinero.
-Bueno –continúa don José-, eso tiene menos importancia. ¡El dinero lo conseguiremos! Lo que sí importa es que a ti te guste.
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-Sí, papá, estoy seguro. Me entusiasma hacer planos de casas y…
-Lo sé –interrumpe su padre-. Tienes a tu favor, además, la afición al
dibujo y tu facilidad por las matemáticas.
Josemaría se aplica más aún y aumenta las horas de estudio. En los exámenes de junio, termina quinto de bachillerato con sobresalientes y notables. |