Josemaría ha terminado una etapa de su vida. En ella, y junto a su familia, ha vivido momentos alegres y felices, pero no han faltado sufrimientos y dolores. No van a ser los últimos. De este modo aprende que el Señor bendice con la Cruz. Estos penosos acontecimientos le han ayudado a ser mayor; tiene ya sus proyectos para el futuro.
En diciembre, próxima ya la fiesta de la Inmaculada, caen las primeras nieves, poco abundantes aún, pero suficientes para que el campo y la ciudad queden suavemente blancos.
Día a día, se acerca una fiesta entrañable: la Navidad. En casa, los padres, ayudados por sus hijos, instalan el belén.
-¿Qué falta por colocar? –pregunta don José.
- Las figuras de barro –responde Carmen-, hemos puesto la gruta, las casas y el palacio de Herodes. También hemos hecho las montañas, los caminos y el río.
- Mamá –dice Josemaría-, pásame aquel pastor con sus ovejas; el que está sobre la mesa camilla.
-Carmen, tú que alcanzas, coloca los Reyes Magos, al fondo del camino que llega desde Jerusalén.
Don José, mientras tanto, observa todo el trabajo, y al final les dice:
-A ver. ¡Un momento! Falta la estrella. Yo mismo la situaré en lo alto de la gruta.
-A mí dejadme el nacimiento –reclama doña Dolores.
La madre lleva entre sus manos, amorosamente, las figuras de San José y de la Santísima Virgen. Cerca del corazón aprieta la cuna con el Niño.
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Al acabar, todos miran al Niño Jesús, a la Virgen María y a San José, y cantan con amor el primer villancico: el que tanto gusta a doña Dolores.
Madre, en la puerta hay un Niño
más hermoso que el sol bello
diciendo que tiene frío, porque viene casi en cueros.
Pues dile que entre y se calentará,
porque en esta tierra ya no hay caridad,
porque en esta tierra ya no hay caridad.
Años más tarde, don Josemaría solía comentar la emoción que le producía oír este villancico. Y decía:
-Cuando yo tenía tres años, mi madre me cantaba esta canción, me tomaba en sus brazos, y yo me adormecía muy a gusto. |