Los días pasan veloces. Estamos ya a finales de diciembre. El frío es cada vez más intenso. Las temperaturas descienden muchos grados bajo cero y durante la noche cae, en silencio, una intensa nevada, como no había ocurrido desde hacía años.
Esa misma mañana, la vecina del tercero llama a la puerta de los Escrivá.
-Buenos días, Dolores.
¿Puedes dejarme un poco
de café?
-Buenos días. ¡No faltaría
más! Pasa, pasa, que hace
mucho frío.
-¡Buff! Tienes razón
¡Estoy tiritando!
¿Sabes que algunos
comentan que hay gente
que ha muerto helada?
-Sí. Y otros dicen que
han escuchado el aullido
de lobos hambrientos.
-Pues –continúa la vecina-,
un sereno le ha dicho a mi
marido que el vino de la
bota se le ha convertido
en hielo.
-No me extraña –comenta
doña Dolores-, el río está
congelado y el coche de Murillo
de Río Leza ha llegado tirado
por caballos con los cascos
envueltos en sacos
para no resbalar.
Mientras tanto, Josemaría
observa la nieve.
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“ ¡Qué impresionante espectáculo!, piensa, ¡La ciudad está completamente blanca!”
De pronto, algo llama poderosamente su atención: “Pero… ¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién pertenecerán?”
A cierta distancia descubre a un religioso carmelita descalzo que se dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.
“¡Son suyas!, se dice Josemaría,
¡Pobre sacerdote! ¡Cuánto
frío
estará pasando!”
Este hecho le
remueve
el corazón.
“Si ese carmelita es capaz
de sacrificarse así por amor a
Dios, ¿qué es lo que yo debo
hacer por Él?”
Nadie se da cuenta, pero a
partir de ese momento,
siente grandes deseos de
acercarse a Dios.
Comienza
a oír la Santa Misa y a
comulgar a diario; a confesar
más a menudo; a ofrecer
todos los días sacrificios por
amor a Dios y a los demás. |