Historia de un sí - 27
        Sus años en
el seminario      

Josemaría le ha dicho SÍ a Dios. Quiere ser sacerdote y pronto comenzará sus estudios. Sigue notando que el Señor le busca, que desea algo más de él. De momento será sacerdote. Después… ¡lo que Dios pida!

En octubre, tras acabar el bachillerato en el Instituto, ingresa en el Seminario de Logroño. Es éste un gran edificio, situado en el Espolón, plaza del centro de la ciudad. Allí un grupo numeroso de jóvenes se preparan para ser sacerdotes.

Josemaría siente un fuerte deseo de acercar a Jesús a todas las personas. Por eso se ofrece para dar catequesis. Cada domingo, los alumnos del Seminario salen a los barrios más pobres, donde les esperan casi cuatrocientos niños.
-¡Josemaría! ¡Josemaría! –gritan nada más verle los de su grupo, corriendo hacia él.
-¡Hola! –saluda Josemaría con afecto-, ¿Estáis todos?
-Síííí. ¡Hemos venidos todos!
-Bien. Sentémonos aquí. ¡Hombre!, hoy os habéis lavado la cara. Así, limpios, estáis mejor.

Los niños guardan silencio. Sus ojos, bien abiertos, se clavan en la cara de Josemaría, esperando sus preguntas.

-¡Atentos! Ahí va la primera pregunta. ¿Quién es Dios?
-Dios es nuestro Padre, que está en el Cielo…
-Muy bien. ¿Dónde está Dios?
-Dios está en el Cielo, en la tierra y en todas partes.

 

Josemaría continúa preguntándoles. Al terminar, les explica el Catecismo de la semana siguiente. Así, poco a poco, los niños se preparan muy bien
para hacer su Primera Comunión.

No todo es fácil en sus años de Seminario. A veces ha de soportar contratiempos que, aunque le hacen sufrir, le ayudan a mejorar su gran amor al Señor y a los demás. Así lo recuerda él mismo, tiempo después:
-Cuando yo era joven y vivía en el Seminario de Zaragoza, tuve un disgusto muy gordo. Por aquellos días un profesor nos contó la siguiente historia:
“Había un hombre que tenía un molino de canela. Llegó un momento en que las piedras que utilizaba para moler se desgastaron y tuvo, como otras veces, que pedirlas a Alemania. Pasaba el tiempo y las piedras no llegaban. Un amigo del molinero le dijo entonces:
-Ve al río y busca unas piedras parecidas a las alemanas. Te las traes luego a casa y mandas a tu hijo que las coloque en el molino y les dé vueltas durante unos días.

Así lo hizo y con gran sorpresa, vio que las piedras se habían ido puliendo unas con otras quedando la mar de lisas… ¡como las de Alemania!”

Al terminar, me dijo el profesor: “Así trata Dios a los que quiere… ¿Me entiendes, Escrivá?”

Estas palabras me hicieron un gran bien. Pronto, siendo aún seminarista, le dan un encargo de confianza: colaborar con el Rector del Seminario en la formación de los futuros sacerdotes.

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