Queda poco tiempo para que Josemaría sea sacerdote cuando una nueva desgracia va a entristecer a la familia. Inesperadamente, sin apenas sospecharlo, ¡otra vez la Cruz! Cierta mañana el Rector del Seminario le dice:
-Ha llegado este telegrama para ti desde Logroño.
Josemaría lo abre con rapidez y lee: “Querido hijo, papá está gravemente enfermo. Te esperamos”
Muy preocupado, toma el primer tren que sale para Logroño. En la estación le espera Manuel Ceniceros, empleado de la tienda donde trabaja su padre. Después de saludarle, le pregunta:
-Don Manuel, ¿cómo sigue mi padre?
-Muy grave. Los médicos dicen que puede morir de un momento a otro.
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Ambos caminan deprisa. Cerca ya del domicilio, el empleado le cuenta toda la verdad:
-Josemaría, tu padre ha muerto.
El hijo siente un profundo dolor. Entra en casa y abraza a su madre y a su hermana.
Se acerca enseguida a su padre colocado en el suelo sobre una tela roja, como es tradición entre algunas familias. Se arrodilla allí mismo y reza por él.
Luego pregunta:
-¿Cómo ha ocurrido, mamá?
-Todo ha pasado muy deprisa. Esta mañana se levantó como de costumbre y rezó junto a la Virgen de la Medalla Milagrosa. Luego…
Su madre no puede hablar. Está muy afectada. Carmen, su hermana mayor, continúa:
-Después jugó un rato con Santiago.
De pronto, cuando iba a salir para el trabajo, se sintió mal. Se apoyó entonces sobre el marco de la puerta de la habitación y cayó al suelo. Acudimos mamá y yo. Le colocamos sobre la
cama y llamamos al médico…
Josemaría siente una gran tristeza. Dos lágrimas resbalan por sus mejillas. Mientras mira a su padre piensa:
“Papá ha muerto agotado. ¡Cuántas preocupaciones y cuánto trabajo para que no nos faltase nada! ¡Gracias por tu esfuerzo!”
Don José muere igual que ha vivido:
con una sonrisa en los labios.
Tras quedarse unos días acompañando a su madre y hermanos, Josemaría regresa al seminario. Una vez terminadas las fiestas de Navidad, su familia va a vivir con él en Zaragoza. |