Josemaría ha seguido la voz de Dios. Ahora es sacerdote un ministro del Señor en la tierra. Es… don Josemaría. Se siente muy feliz y tiene grandes deseos de cumplir, en todo y siempre, la voluntad del Señor. Al día siguiente le dan su primer encargo. Le piden que vaya a la aldea de Perdiguera para sustituir al párroco, gravemente enfermo. Antes de salir, se dirige a la Basílica del Pilar. Se arrodilla delante de la Virgen y se despide de Ella.
-Madre mía –le dice-, bajo tu protección pongo a mis nuevos feligreses. Ayúdales a ser buenos cristianos.
Momentos después sube al coche correo, tirado por mulas.
-Padre, déjeme su maleta –dice el conductor.
-Aquí la tienes. ¿Cuándo partimos para Perdiguera?
-Ahora mismo. Ya es la hora.
-¿Hay mucha distancia?
-Alrededor de 24 kilómetros. Es un pueblo pequeño; tendrá unos 800 habitanates.
Poco a poco, las torres de la Basílica del Pilar se pierden a lo lejos. Don Josemaría siente un poco de tristeza porque en la ciudad queda su madre con sus hermanos.
Nada más llegar entra en la iglesia. Se arrodilla ante el Sagrario y reza por sus feligreses. Ahí, escondido en el Pan Eucarístico está Jesús. Él es el corazón del pueblo, quien da vida sobrenatural a todas sus gentes.
Don Josemaría permanece en Perdiguera unos dos meses. Todos los días celebra la Santa Misa y Confiesa; visita y consuela a los enfermos; ayuda a los más pobres y habla con la gente.
La familia que le ha alojado en su casa tiene un hijo que pasa el día en el campo cuidando las cabras.
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Un atardecer, cuando vuelve con el ganado, don Josemaría que le ha ido enseñando el catecismo, le pregunta:
-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?
-¿Qué es ser rico? –dice el chaval.
-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco…
El joven sacerdote trata de explicárselo de otra manera.
-Mira, ser rico es tener muchas tierras y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. ¿Qué harías si fueras rico?
-¡Ah! Si yo fuera rico, ¡me comería
cada plato de sopas con vino!
Al oír la respuesta, don Josemaría piensa:
-Josemaría, está hablando el Espíritu Santo; todas las ambiciones terrenas se reducen a un plato de sopas con vino. Todo lo de la tierra en eso: bien poca cosa.
Cuando termina el tiempo de su encargo en Perdiguera, regresa de nuevo a Zaragoza. |