Grandes son las dificultades en los comienzos del Opus Dei. Don Josemaría está solo. No tiene dinero ni personas que le ayuden.
En España, además, hay en estos momentos mucha oposición a Dios y a todo lo religioso. Bastantes iglesias y conventos han sido quemados.
Es frecuente que ciertas personas, cuando ven sacerdotes o religiosos por la calle, los insulten y les tiren piedras.
El mismo don Josemaría sufre a menudo las consecuencias de este ambiente.
En cierta ocasión sube a un tranvía y se coloca en el pasillo, de pie. Cerca de él viaja un hombre con el mono untado de yeso. Cuando el conductor frena, el hombre
se deja caer sobre el sacerdote y le
ensucia de blanco la sotana.
|
 |
Don Josemaría llega por fin al lugar de destino. Antes de bajarse, le toma por los hombres y le dice con voz tranquila, sin guardarle rencor:
-Hijo, vamos a completar esto.
Ante la extrañeza de aquel hombre, le da un fuerte abrazo.
Pasa el tiempo, y cada vez son más grandes los obstáculos. Dios, sin embargo, no le abandona.
Una mañana, don Josemaría sale de la iglesia de Santa Isabel, donde ha celebrado la Santa Misa. Sube de nuevo a un tranvía repleto
de gente y se dirige a su casa.
Es el 17 de octubre de 1931. Inesperadamente, en medio de todo aquel ruido de voces, Dios le habla por dentro. Y le dice:
-¡Tú eres mi hijo!
Casi sin darse cuenta don Josemaría va repitiendo:
-¡Soy hijo de Dios!
Baja del tranvía y camina por la calle, diciendo sin cesar:
-¡Padre, Padre mío! ¡Padre, Padre mío!
Don Josemaría sabe bien cómo son los padres. Conoce a muchos que
viven pendientes de sus hijos: que los quieren, les ayudan; que les enseñan y también que les reprenden con cariño, cuando hace falta.
Ha tenido, además, el ejemplo de su padre. Don José hizo todo lo que pudo por él. Más no, porque hay cosas que los hombres no podemos hacer. ¡Sólo las hace Dios!
Después de este suceso, la alegría y la paz se agigantan dentro de él. El Señor le hace ver que no está solo, que cuenta con la ayuda de su Padre, que es Dios.
Con Él podrá vencer todas las dificultades. ¡Y la Obra saldrá adelante! Esta realidad, ser hijos de Dios, será el fundamento del Opus Dei. |