La protección de Dios y de su Ángel Custodio se hace cada vez más evidente el Señor cuida de don Josemaría de un modo especial. Incluso enviándole una ayuda del Cielo si es preciso. Una mañana de diciembre camina por una calle de Madrid. Hace frío. Un hombre se le acerca de frente y le mira irritado.
“¡Qué mala cara tiene!, piensa don Josemaría. Parece que…”
Y, en efecto, el individuo hace el gesto de pegarle y le amenaza diciendo:
-Te voy a dar…
Pero, inesperadamente, otro hombre sujeta al descarado. Cede el agresor y se aleja. El que le ha defendido se acerca al sacerdote y le dice al oído:
-¡Burrito! ¡Burrito!
Es el nombre que él mismo se da, cuando habla con el Señor. Se siente como un borrico porque ese simpático animal le recuerda el trabajo duro y la obediencia.
De pequeño los ha visto trabajar muchas veces. No se quejan, aguantan a carga que se les echa y se contentan con muy poco: un simple puñado de paja para comer. Los buenos borricos conocen a su dueño y hacen lo que les pide sin rechistar. Por eso se piensa en ellos para los trabajos más duros.
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Pero es éste un pequeño secreto. Nadie más lo sabe. Instantes después, su protector desaparece entre la gente. Josemaría, mientras tanto, se pregunta asombrado: “¿Quién será este desconocido?” Pronto cae en la cuenta:
“Ha sido mi Ángel Custodio”.
Lleno de alegría agradece esta ayuda al Señor, diciendo:
-Gracias, Dios mío, por haberme librado de este peligro
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Días más tarde habla con el Señor en la oración y le dice:
-Aquí tienes a tu borrico.
Entonces oye estas palabras de Jesús:
-Un borrico fue mi trono en Jerusalén.
Y así fue, en efecto. Jesús entró en Jerusalén aclamado como Rey, sentado en un borrico. Le acompañaban sus discípulos y una gran multitud. Todos, entusiasmados, le aclamaban diciendo: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.
Don Josemaría recuerda este pasaje del Evangelio y entiende lo que Jesús quiere decirle. También él es trono para el Señor. |