Historia de un sí - 38
Los chicos de Josemaría
se lo comen todo

Dios desea que la Obra se extienda por todo el mundo. Don Josemaría lo sabe. Por eso se lanza a una aventura emocionante y difícil: descubrir a las personas que Dios quiere para su Obra.

Un día repasa nombres de antiguos compañeros y se acuerda de Isidoro Zorzano.

Hace años que no le ha visto, aunque se han cruzado cartas en diversas ocasiones. Por ellas sabe que trabaja en Málaga. Hoy le escribe, diciendo: “Isidoro, no dejes de verme cuando vengas a Madrid; tengo que contarte cosas que pueden interesarte.”

Pasan los meses. Don Josemaría está visitando a un joven enfermo. Al poco tiempo, siente dentro de él la necesidad de salir a la calle. Se despide de la familia y mientras camina, ve venir hacia él a una persona que conoce:
-¡Isidoro! –exclama sorprendido.
-¡Josemaría! ¡Qué ganas tenía de verte!

Ambos se dan un fuerte abrazo y marchan a casa.
-¿Cómo estás?

-Muy bien, pero algo inquieto. Siento que Dios me pide más y no sé lo que es. Quiero que me orientes.

Don Josemaría escucha asombrado y le habla de la Obra. Mientras Isidoro oye sus palabras, el Señor le va descubriendo qué es eso lo que quiere de él. Poco después, Isidoro decide pertenecer al Opus Dei.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Poco a poco don Josemaría conoce a varios jóvenes y se reúne con ellos donde puede. Unas veces en una chocolatería. Otras, en un parque. Casi siempre en su propia casa. En esas charlas les anima a tratar a Jesucristo y a invitar a las reuniones a otros amigos y compañeros. Muy pronto los jóvenes sienten grandes deseos de mejorar y de llenar el mundo de espíritu cristiano.

Al final, siempre aparece doña Dolores y les ofrece lo que, con esfuerzo, ha podido guardar para la merienda. Más tarde, Santiago, que ya tiene quince años, llega hambriento del colegio. Al ver que en la cocina y en la despensa no queda nada, se queja diciendo:
-Los chicos de Josemaría se lo comen todo.

 
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