Durante tres semanas, el Padre se refugia en casa de doña Dolores. Parece un sitio tranquilo, sin riesgos. Cierta mañana, sin embargo, sube el portero con esta noticia:
Ha habido una denuncia. Alguien ha avisado a los milicianos de que en estos pisos hay refugiados. Están registrando las casas vecinas y aquí pueden entrar en cualquier momento.
El lugar ya no es seguro. El Padre es conocido como sacerdote y debe marcharse cuanto antes. Por eso:
-Hijo mío –le dice su madre-, aquí corres peligro. Si te descubren te matarán. Toma el anillo de tu padre. Póntelo. Al verlo, creerán que eres un hombre casado y te dejarán pasar más fácilmente.
Ya en plena calle camina de un lugar para otro. Hay días en que no sabe dónde pasará la noche. También sus hijos tienen dificultades. Algunos se incorporan al ejército, otros se esconden.
Parece que todo se viene abajo. Pero el Padre está seguro de que Dios tampoco le abandonará en esta ocasión. Sabe que la Obra es de Dios y el Cielo está empeñado en que se realice. Ha dicho SÍ a lo que Dios le pide y permanecerá fiel aunque le cueste la vida.
Mientras tanto, doña Dolores, sin noticias de su hijo, está preocupada e inquieta. Cierto día, además, unas personas le dan esta terrible información:
Hemos visto a Josemaría colgado de un árbol.
Doña Dolores vive
algunos días de
profunda tristeza.
Encomienda a su
hijo al Señor y
acepta la Voluntad
de Dios. Poco,
después, sin
embargo, conoce
que está a salvo
en casa de unos
buenos amigos que
exponen su vida
por él.
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Aunque nunca se sabrá el nombre de la persona ahorcada, el padre rezará por él en todas sus Misas durante toda su vida.
A finales de agosto suena el timbre de la casa donde está refugiado. Acaba de pasar el mediodía cuando la anciana sirvienta abre la puerta. Ante ella aparece un grupo de milicianos armados. La mujer, queriendo avisarles, dice en voz alta:
-¡Ah!, ¿vienen a registrar?
Todos huyen precipitadamente. Por la escalera de servicio alcanzan la buhardilla, una pequeña estancia debajo del tejado.
Allí permanecen tumbados en el suelo sin poder moverse. Con un calor asfixiante, viven horas de inquietud y de angustia.
El Padre les dice que es sacerdote y les pregunta si quieren confesarse y recibir la absolución.
Hacia las nueve de la noche, parece que ha pasado el peligro. El Padre y sus dos acompañantes están deshidratados por el intenso calor. Desde la mañana no han podido comer ni beber nada. Uno de ellos baja por las escaleras. Despacio, sin hacer ruido. Toca el timbre del piso de abajo donde vive un matrimonio con sus cinco hijas, aunque el padre, detenido unos días antes, está en la cárcel. Tras unos segundos, se abre la puerta.
-¿Podrías darme un poco de agua?
-¿Quién eres tú?
-Uno de los tres refugiados que están en la buhardilla.
¡Ah! Pues… sube de nuevo y
diles que pueden venir con nosotros.
Enseguida bajan los
tres
y allí reparan
sus fuerzas.
Mientras comen, el
Padre levanta la
mano en la que
tiene un vaso de
agua y exclama
agradecido:
-Hasta hoy no he
sabido lo que vale
un vaso de agua. |