La guerra es un grave contratiempo. Hay ruinas y muertos, sufrimientos y tragedias por todas partes. A muchos les falta hasta ilusión por la vida. El Padre se siente fuerte. Sufre como ellos y con ellos, pero sabe que el Señor no le abandona. Y sigue haciendo la Obra de Dios, alegre a pesar de las dificultades.
Desde San Sebastián y Pamplona, el Padre se dirige a Burgos. Viste por fin su querida sotana y celebra todos los días la Santa Misa con ornamentos y vasos sagrados. Realiza, como siempre, un intenso trabajo: atiende a los que vienen a verle, escribe a los que están lejos, visita a los que le necesitan.
Cierto día llega a las afueras de Madrid. Un hijo suyo ha sido gravemente herido y acude para acompañarle. El Padre tiene la ocasión de ver la capital de España rodeada por el ejército.
-¿Qué observa aquel oficial? –pregunta a quien le acompaña.
-Los edificios más cercanos de Madrid.
El Padre se aproxima.
-¿Quiere usted ver la ciudad? –le dice el militar, al tiempo que le ofrece los anteojos de campaña.
-Sí, con mucho gusto.
Minutos después el Padre se echa a reír. El oficial le mira extrañado:
-¿Por qué ríe usted?
-Porque estoy viendo mi casa destrozada –contesta, aceptando alegremente la Voluntad de Dios.
Apenas acaba la guerra, el Padre vuelve a Madrid. Es uno de los primeros sacerdotes que entran con los soldados. En casa de su madre encuentra a su familia y a algunos miembros de la Obra que le están esperando.
-Mamá, Carmen, Santiago, ¿cómo estáis?
-Hijo mío, ¡qué alegría verte de nuevo!
-Isidoro, ¡un abrazo!
El encuentro es muy emocionante. Por fin juntos, después de tanto tiempo de sufrimiento y separación. Poco después se acerca a la Residencia. Le acompañan algunos de la Obra y su hermano Santiago. El edificio destrozado por las bombas, está peor de lo que había visto desde las trincheras. Pasados unos días reúne a sus hijos.
-¡Debemos comenzar otra vez! Hay que buscar una casa para la nueva Residencia.
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Tiempo después, sus hijos le dan una agradable sorpresa:
-Padre, hemos encontrado unos pisos que tienen las condiciones necesarias.
En efecto, una vez visto el lugar los miembros de la Obra comienzan, con gran ilusión y esfuerzo, a colocar los muebles de la Residencia.
-Poned aquí este mapamundi –indica el Padre a sus hijos-. De este modo, cuando pasemos por aquí, recordaremos que, por deseo de Dios, el Opus Dei ha de extenderse por todo el mundo.
Poco a poco llegan los nuevos residentes. La casa está siempre llena de estudiantes. Todos ellos asisten a las charlas de formación que da el Padre. Doña Dolores y su hermana Carmen cuidan todos los detalles materiales: limpieza, orden, comida… Así, día a día, convierten la Residencia en un verdadero hogar, donde todos viven a gusto.
El Padre viaja por toda España: Valencia, Valladolid, Barcelona, Salamanca, Sevilla, Santiago de Compostela, Zaragoza, Bilbao… De ciudad en ciudad va extendiendo la Obra. Nada le detiene. Ni los viejos trenes, ni las carreteras casi destruidas, ni el frío ni el calor… Dios ha puesto en su corazón un gran amor por las almas y las busca sin descanso. |