Historia de un sí - 47
Los tres primeros sacerdotes

Desde el 2 de octubre de 1928, fecha en la que el Señor le hizo ver el Opus Dei, el Padre sabe que la Obra necesita sacerdotes. Pero Dios le va diciendo, poco a poco, lo que tiene que hacer, y es ahora cuando se lo pide. Por eso, cierto día habla con tres de sus hijos y les hace la misma pregunta en nombre de Dios.

-Hijo mío, ¿te gustaría ser sacerdote?
Los tres responden afirmativamente. Uno de ellos es Alvaro del Portillo.

Tras varios años de estudio y preparación, son ordenados sacerdotes por el Obispo de Madrid. El Padre no asiste a la ceremonia religiosa para no ser él quien reciba las felicitaciones. Permanece en casa y celebra la Santa Misa rezando por sus tres hijos sacerdotes.

En el jardín de la vivienda espera, impaciente, a que regresen. Siente una gran alegría y un enorme agradecimiento al Señor por este magnífico regalo. Apenas llegan, les besa las manos recién consagradas y les da un emocionado abrazo.

Aquella tarde la pasan con el señor Obispo. Aprovechando un momento en el que el Padre no está presente, éste dice a los miembros de la Obra:
-Don Josemaría es un hombre de Dios, de vida muy santa. Él ha recibido del Señor la gracia de fundar y de dirigir el Opus Dei.

A última hora, el Padre reúne a sus hijos en el Oratorio, junto al Sagrario, al lado de Jesús. Y les dice:
-Cuando pasen los años os preguntarán: ¿qué decía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Después de aquellos tres primeros sacerdotes, vendrán muchos cientos que hoy trabajan al servicio de la Iglesia en todos los lugares donde son necesarios: colegios, universidades, iglesias, parroquias… y por todo el mundo.

 
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