Historia de un sí - 49
¡Soñad y os quedareis
cortos!

El Padre se queda a vivir en Roma. Muy pronto necesita un edificio que pueda llegar a ser la casa central del Opus Dei. El Padre se lo comunica a sus hijos diciéndoles:
-Necesitamos un gran edificio. Como no es fácil encontrarlo, debemos pedirlo al Señor. Rezad y ofreced sacrificios por esta intención.

Cierto día, una señora bien relacionada les dice:
-Sé de una casa amplia y bonita. El dueño, amigo de mi familia, está dispuesto a venderla.

Don Alvaro acude al lugar para ver el edifico. A la vuelta:
-Padre, la casa reúne las condiciones necesarias. Tiene un gran jardín donde se pueden construir nuevas edificaciones. Pero hay dos grandes dificultades: en la casa viven aún algunas personas y, además, no tenemos dinero suficiente. Tras unos segundos, el Padre insiste de nuevo:
-Pues hijos míos, ¡continuemos pidiendoselo al Señor y lo lograremos!

Una tarde, don Alvaro sale de casa para intentar llegar a un acuerdo. Mientras tanto, el Padre, como de costumbre, le espera rezando.

Ya entrada la noche regresa don Alvaro.
-Padre –le dice lleno de alegría-, todo está solucionado.
-Gracias, Señor, por tu ayuda –comenta el Padre agradecido.
-Pero el dueño –continúa don Alvaro- quiere que le paguemos en dinero suizo y en el plazo de dos meses.
-Eso no tiene importancia, hijo mío. Nosotros no tenemos dinero italiano ni suizo, y al Señor le da igual darnos una moneda u otra.

Meses después viven ya en la portería de aquella vivienda. Poco a poco se va consiguiendo el resto y comienzan las obras de otros edificios, que servirán para dirigir el Opus Dei.

Y también para que muchos hombres y mujeres de distintos países puedan formarse junto al Padre, escuchar sus palabras y ver su ejemplo, a fin de extender el Opus Dei por todo el mundo.

Con este propósito se crean los Colegios Romanos de la Santa Cruz, para los hombres, y de Santa María, para las mujeres.

Con frecuencia el Padre se acerca a un mapamundi pintado sobre un globo de cartón. Coloca sus dedos sobre él y los hace girar. Ante sus ojos pasan lentos los continentes y las naciones del mundo.
-Mirad –dice a sus hijos-, ahora estamos en España, en Italia y en Portugal.
-¿Y después? –pregunta ilusionado uno de ellos.
-Después, ¡Inglaterra!
-¿Y luego? –pregunta otro.
-Quizá podamos ir a Francia. ¡Hay que pedirlo al Señor!
-¡Cuántos lugares nos esperan!
-Sí, hijos míos, ¡soñad y os quedaréis cortos!

 
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