Historia de un sí - 50
Su partida al cielo

A lo largo de los años, la Obra se extiende por Alemania, Suiza, Austria, Bélgica y Holanda; por todos los países de América; por Japón y Filipinas; por África y por Australia. En 1975 hay ya más de sesenta mil hombres y mujeres de ochenta nacionalidades en el Opus Dei.

Todos con el deseo de servir
a la Iglesia y al Papa, como
lo hizo su Fundador.

Si hasta aquí la vida del
Padre ha sido dura, el
sufrimiento que tiene
por la Iglesia es más
duro aún. Hace varios
años que es atacada
por gente ignorante que
desea hacer daño. El
Padre sufre, reza y se
mortifica. También a
sus hijos de todo el
mundo les pide que
recen y hagan
sacrificios.

Viaja, además, por
muchos países
de Europa y de
América,
llevando la
buena
doctrina de
Jesucristo.
No le importa
enfermar, porque
el Padre ama a
la Iglesia con todo
su corazón. Hasta tal punto que ofrece al Señor su vida por Ella. Con frecuencia él mismo lo recuerda a sus hijos:
-Yo –les dice- pido a Dios que me lleve al Cielo. Desde allí podré ayudar
mejor a la Iglesia y a la Obra.

El Señor va a aceptar su generoso ofrecimiento. Es el día 26 de junio de 1975. Después de celebrar la Santa Misa, sale en automóvil para despedirse de sus hijas del Colegio Romano de Santa María, cerca de Roma. Al llegar, entra en el Oratorio y saluda al Señor. Envía después una mirada de cariño a un cuadro de la Virgen con el Niño y saluda a sus hijas:
-Tenía muchas ganas de venir.
-Padre, ¿cuándo se marcha de Roma?
-Dentro de unas horas. Cuando
acabemos unas cosas pendientes.

Continúa la conversación. Al Padre se le ve alegre, como siempre. Al cabo de un rato, sin embargo:
-No me siento muy bien. Estoy un poco mareado.

 

 

 

 

 

 

 

 


-Padre –le dicen sus hijas-, venga a un despacho; en él podrá recuperarse un poco.
-No os preocupéis. No es nada. ¿Tenéis un vaso de agua?

Poco después ya se siente mejor. Luego, tras despedirse del Señor y de sus hijas, regresa a Roma.

Nada más llegar, saluda a sus hijos que le están esperando. Entra en el Oratorio y hace una genuflexión delante del Sagrario. Se dirige a su despacho y se apoya en la puerta. Mira el cuadro de la Virgen de Guadalupe y la saluda con una mirada cariñosa. Otra vez se siente cansado.
-¡Javi! –llama a don Javier Echeverría.
Don Javier acude deprisa, a tiempo de oír sus últimas palabras:
-No me encuentro bien…

Acto seguido, el Padre se desploma sobre el suelo. Inmediatamente, mientras aún respira, don Alvaro le administra los últimos sacramentos. Segundos después llegan los médicos, pero el Padre está ya en el Cielo. Su rostro refleja serenidad: parece que duerme y sonríe. Enseguida se comienza a celebrar la Santa Misa: muchas, una tras otra.

Después del solemne funeral celebrado por don Alvaro, es enterrado en la cripta del Oratorio de Nuestra Señora de la Paz. Sobre la losa de mármol figura esta inscripción, con letras en bronce dorado: EL PADRE. Es su mejor título, grabado con amor en el corazón de sus hijos, esparcidos por las tierras del mundo.

A pesar de su muerte, la Obra no ha quedado huérfana: el Fundador sigue velando por ella desde el Cielo. Aquí en la tierra, don Alvaro del Portillo, que tantos años ha vivido sin separarse de él, es designado para sucederle como Padre el día 15 de septiembre de 1975.

 
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