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¡Qué vienen los tamales!

Todos los años, cuando asoma en el calendario la época de la Navidad, se produce una escalada en los precios de algunos alimentos: pescados y mariscos multiplican su costo habitual. Es algo ya muy sabido. Por eso Guatemala se mueve entre la tradición y el ahorro y apuesta por los tamales.

Por Patricia Pernas/Acan-EFE

A pesar de los índices de pobreza, en los hogares guatemaltecos no falta la cena con tamal. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)
A pesar de los índices de pobreza, en los hogares guatemaltecos no falta la cena con tamal. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)

No es algo implícito en su definición, pero la mayor parte de los hispanohablantes reserva la calidad de “exquisito”  a algo que, además de ser “de singular y extraordinaria calidad, primor o gusto en su especie” , como dice el diccionario, es, también, escaso y, en consecuencia, caro e inusual.

Pero el precio poco tiene que ver con la exquisitez. Prueba de ello son los tamales, que este año en Guatemala tendrán su protagonismo habitual no solo en la mesa de cada comensal, sino también en la séptima edición del Maratón del Tamal, un movimiento de voluntarios que busca recaudar cenas de navidad para compartirlas con guatemaltecos de escasos recursos, muchos de ellos indigentes.

Navidad de los pobres

Según el informe de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida  (Encovi) del 2014, seis de cada 10 guatemaltecos son pobres.

Se estima que en Guatemala viven 16 millones de personas: 9,4 en pobreza y, de estas, 3.7 en extrema pobreza, los que viven con menos de 10 mil 210 quetzales  (US$1 mil 339) al año. A ellos va dirigida esta espontánea solidaridad. Para que puedan disfrutar de un suculento tamal: 5 quetzales  (US$0.6) de la más ancestral tradición gastronómica.



A pesar de los índices de pobreza, en los hogares guatemaltecos no falta la cena con tamal. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)
A pesar de los índices de pobreza, en los hogares guatemaltecos no falta la cena con tamal. (Foto Prensa Libre: Hemeroteca PL)


Esta iniciativa de camaradería y fraternidad se desarrolla días después del 24, concretamente el 27 de diciembre, y su fin es que la pobreza y el abandono no opaquen el espíritu de la Navidad.

Según su fundador y coordinador, Rodrigo Urizar, la inversión de este proyecto es únicamente el tiempo. En siete años han repartido más de 17 mil  cenas: este 2015 la meta es alcanzar 3.000.

El objetivo, agrega, es “compartir con guatemaltecos que han tenido oportunidades diferentes a las nuestras”.

Tradición añeja

Los tamales, elaborados a base de masa de maíz y arroz, con un recado preparado con tomates, diferentes chiles y especias, rellenos de carnes y forrados con hojas de plátano, son una exquisitez de origen precolombino que con diferentes variantes se prepara en toda la zona de Mesoamérica, desde México hasta Sudamérica.

Su origen es precolombino, pero su elaboración actual criolla, ya que se incorporan a las diferentes recetas ingredientes importados como las mediterráneas aceitunas y alcaparras y los protagonistas indiscutibles, el cerdo y la gallina, sin desmerecer a los mas autóctonos “chiles”  o pimientos de diferente picante y color.

Etimológicamente se cree que la palabra tamal procede del vocablo náhuatl “tamalli” , que significa “atado” , como van las hojas a la olla para que no se suelte el relleno durante la cocción.

Aunque hay ya comercio de tamales, la tradición navideña es hacerlos en casa con las recetas de las abuelas y la participación de todos los miembros de la familia, si esto es todavía posible.

En Guatemala destacan los tamales colorados y los negros, que se hacen de chocolate y los más originales de “chipilín” , porque llevan una yerba local de la que toman en nombre.

Buenos mariscos, asados espectaculares, dulces tradicionales... Esa es la imagen más generalizada de las comidas navideñas.

Sin embargo, hay platos mucho menos aparatosos y, además, baratos, que también son clásicos de estos días en Guatemala, como los tamales, que además se erigen como símbolo de felicidad.

Lo importante es preservar la tradición y, sobre todo, tener un plato de comida encima de la mesa para mantener la dulce rutina.