Migrantes

Sin los dreamers todos perdemos

Los llevaron a Estados Unidos sin que les preguntaran. Adoptaron una nueva cultura e idioma.

Por Henry Estuardo Pocasangre

Un grupo de Dreamers protesta frente a la Casa Blanca, en Washington, en contra de las deportaciones de jóvenes que han estudiado en universidades de Estados Unidos, en diciembre último. (Foto Prensa Libre: HemerotecaPL)<br />
Un grupo de Dreamers protesta frente a la Casa Blanca, en Washington, en contra de las deportaciones de jóvenes que han estudiado en universidades de Estados Unidos, en diciembre último. (Foto Prensa Libre: HemerotecaPL)

Sus recuerdos de Guatemala son escasos, a muchos sus familiares no los conocen. No pueden llamarse ciudadanos estadounidenses porque llegaron de manera irregular, pero es el país al que consideran su hogar.

Los temores despertaron cuando Donald Trump ganó la presidencia. Los discursos antimigrantes que pronunció en campaña —la criminalización de los indocumentados, detenciones masivas e incluso señalarlos como “violadores y delincuentes”— puso en alerta a 36 mil 166 guatemaltecos beneficiados con la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (Daca, en inglés), creado por orden ejecutiva del presidente de EE.UU. Barack Obama, en 2012.

Pueden trabajar, estudiar en la universidad y obtener una licencia de conducir, pero todavía son considerados “ilegales”.

Los dreamers (soñadores), como los llaman, se sienten en la cuerda floja. Tienen motivos para estarlo luego del discurso antimigratorio del presidente de aquel país.

Guatemala ocupa el tercer lugar en número de dreamers, tan solo superados por México y El Salvador.

Datos del censo de EE. UU. muestran que hay no menos de 11 millones de migrantes de manera irregular, el 48 por ciento de los cuales llegó antes del 2000.

De ese total, 1.7 millones son menores de edad, cuyos hermanos, de menos años, son ciudadanos estadounidenses.

La deportación es una posibilidad inminente, pero serían devueltos a un país que no tiene las condiciones para recibirlos: la tasa de desempleo es del 2.4 por ciento, e impacta en su mayoría a jóvenes de entre 15 y 24 años, según el Instituto Nacional de Estadística, mientras la tasa de homicidios es de 24.96 por cada cien mil habitantes, en un entorno económico amenazado por las extorsiones y centralizado en el área metropolitana.

Nueva generación

Los soñadores fueron aceptados por el Departamento de Seguridad Nacional y el Servicio de Inmigración y Ciudadanía de EE. UU. (USCIS, en inglés), luego de haber cumplido con requisitos como haber llegado a EE. UU. antes de los 16 años y del 15 de junio del 2012, y haber residido ahí desde junio del 2007.

Luis Mogollón, profesor adjunto de la Universidad del Pacífico, en California, quien organiza ferias de naturalización y de Daca, ve a los beneficiarios de ese programa como la nueva generación de migrantes.

Recuerda el discurso del expresidente Barack Obama: “Somos y siempre seremos una nación de inmigrantes. Nosotros también una vez fuimos inmigrantes. Y si nuestros antepasados fueron inmigrantes que cruzaron el Atlántico, o el Pacífico o el Río Grande, simplemente estamos aquí porque este país les dio la bienvenida y les enseñó que ser estadounidense va más allá de cómo nos vemos o de nuestros apellidos o qué religión practicamos”.

El docente destaca que esa fue la primera vez que un mandatario se colocó al nivel de un migrante.

“No es que le interese al país dar el beneficio. Nace porque el Congreso se negó a solucionar el problema. La Daca garantiza que esas personas están limpias, que son lo mejor de lo mejor”, opinó el catedrático.

Anamaría Diéguez, viceministra de Relaciones Exteriores, cree que el programa significa para muchos lo que representa Estados Unidos: “un país de oportunidades”.

Para ella, los dreamers deben ser ciudadanos estadounidenses, pues se han formado y preparado en ese país la mayor parte de su vida; el obstáculo es su situación legal migratoria.

Pese a que Trump puede suspender el programa en cualquier momento, Diéguez no ve por el momento un riesgo.

¿Quién pierde?

Los dreamers son profesionales graduados de universidades, con alguna experiencia laboral.

Si los deportan, Guatemala carece de la capacidad para generar oportunidades inmediatas.

Mogollón cree que si el Estado no es capaz de ofrecer empleo a los que viven en el país, “¿cómo le va a dar algo a los que regresan”.

Las remesas son la otra preocupación, pues representan el 11 por ciento del producto interno bruto. “No veo cómo haría un gobierno, ni Guatemala ni México o cualquiera de Centroamérica, para suplir la falta de ese ingreso”, insistió.

El consultor económico y exviceministro de Finanzas Érick Coyoy difiere de Mogollón al considerar que no son los dreamers quienes envían dinero, y si lo hacen, no ve una suma considerable.

Diéguez ve como una solución el programa “Guate te incluye”, que integra a varios ministerios en alianza con empresas privadas trata de dar una opción laboral a los retornados.

Su problema

Al regresar a Guatemala, el problema es para los dreamers, y no para el país, según Coyoy.

El experto en macroeconomía basa su teoría en que no hay capacidad productiva para absorber a los profesionales. A eso suma que los salarios no son iguales a los que ofrece EE. UU.

El aspecto positivo para Coyoy es que vendrían profesionales calificados, aunque tendrían problemas para convalidar sus estudios universitarios.

En ese sentido, la propuesta de solución es el ofrecimiento que el ministro de Educación, Óscar López, el 7 de marzo pasado, de certificar las habilidades y competencias adquiridas en EE. UU., pero únicamente a nivel técnico. En materia de estudios superiores es otro trámite.

Una forma de vida

El sociólogo Luis Mack supone que la manera en que hablen el español, su forma de vestir, la música y costumbres son factores que afectarían la inclusión de los soñadores en Guatemala.

Un ejemplo citado por el profesional es que las personas que trabajan en los call center —que fueron deportados— han creado una subcultura.

“Se cumple el dicho de ni de aquí ni de allá”, remarcó Mack. El sociólogo cree que los deportados serán vulnerables ante las dificultades para insertarse.

Ofertas limitadas

Los centros de llamadas son la primera opción, aunque industrias como turismo, hotelería y desarrollo de software, demandan cada vez más personal profesional y bilingüe.

José Ordóñez, director de Conexión Laboral, empresa de recursos humanos que apoya a retornados a encontrar un empleo, es optimista y asegura que sí hay opciones para los dreamers.

El director explicó que cuando las personas tienen high school —último nivel antes de la universidad—, hay más facilidades.

Para el reclutador, al no haber espacios, la última opción es el trabajo informal o el sector de la construcción, pero ello difícilmente podría ser suficiente para erigir un sueño.

Kenny Quintana: “Siento nervios e incertidumbre”

Mi mamá, Margarita Quintana, le prometió a su papá, en 1995, que sus hijos tendrían como primer idioma el español. La promesa la hizo cuando  ella decidió migrar a Estados Unidos en busca de una mejor vida.

Me trajo cuando yo tenía  1 año; ahora tengo 21. De Guatemala no recuerdo nada, porque estaba muy pequeño; pero mi mamá se encarga de contarme historias, mostrarme fotografías y no me deja olvidar de dónde vengo.

Kenny Quintana, junto  a su madre Margarita, migraron hace 22 años  a Estados Unidos. Salieron de la  capital, y ahora residen en Dallas, Texas.
Kenny Quintana, junto a su madre Margarita, migraron hace 22 años a Estados Unidos. Salieron de la capital, y ahora residen en Dallas, Texas.
Me gradué con honores de Garland High School, en junio del 2013; pero no pude optar a una beca porque aún no era beneficiado del Daca.

Tener esa oportunidad creada por el expresidente Barack Obama me ha permitido tener un trabajo estable. Soy asistente del gerente en una gasolinera.

El Daca también me ha permitido seguir mis estudios de nivel superior en un colegio comunitario, que enseña como una universidad.

Todo ha sido muy bueno, pero cuando el presidente Donald Trump  ganó las elecciones y anunció medidas migratorias, fue un momento difícil.

Siento nervios e incertidumbre por las advertencias que ha hecho, además de la nueva ley que aprobaron en Texas, que le permite a la policía estatal preguntar por el estatus migratorio de una persona.

Tengo dos hermanos nacidos en EE. UU.

En septiembre, Steven cumple 21, y planea reclamarnos ante el Gobierno a mi madre y a mí, para que obtengamos finalmente una residencia. Él trabaja conmigo.

Yo siempre he dicho que estar en este país ha sido una bendición. Nos ofrece lo que Guatemala no nos pudo dar.

Mi madre vive con el lamento de que no pudimos compartir con su familia en Guatemala.

Ella siempre dice que se siente bendecida y satisfecha de ver lo que he logrado, porque cree que en Guatemala para que vivamos como estamos aquí, solo el hijo de un alto funcionario podría.

Nací en Nueva Concepción, Escuintla, pero algunos meses después de haber nacido me llevaron a vivir a la  capital.

Mi mamá me cuenta que ganaba Q700 al mes, lo que aquí puede tener en un día. Ella dejó su trabajo de cajera en un supermercado para darme una vida mejor.

Acá le digo a todos que soy indígena,  aunque no me creen porque dicen que no soy de baja estatura; pero mi mamá dice que somos descendientes de la cultura maya.

Karen es mi hermana menor, tiene 18 años, y  esta semana se gradúa del high school.

No todo ha sido malo,  es aquí donde crecí, es mi casa.

María Lemus: “Estudio para ser enfermera y sacar adelante a mi hija”

Enterarme de que no tenía papeles para estar en Estados Unidos fue difícil. Lo supe cuando  quise  inscribirme en la universidad. Ahora tengo 26 años, trabajo  y he comenzado a estudiar.

María Lemus  recibió  el beneficio del Daca en el 2013, fecha en la que me comenzó a cambiar la vida,  y mi hija,  a quien tuve a los 21 años.

Tengo mi propio apartamento, carro y un trabajo estable. Eso me permitió hacer realidad uno de mis  sueños: estudiar  para asistente de enfermería. Logré ahorrar, y eso me ha ayudado.

Mi pareja también es  indocumentada, no puede conducir y tiene varios trabajos para lograr un sueldo que le ayude a mantenerse. No le dan descansos. Se le hace muy difícil.

Me siento insegura, porque he visto casos de deportaciones de personas con Daca y madres con hijos, pero me  alegra saber que mi hija sí tendrá oportunidades. Ojalá  se dé cuenta de que a algunos no se les ha hecho fácil.

Mi plan   es convertirme  en enfermera y trabajar. En este momento  laboro en un restaurante a tiempo completo, y solo viernes y domingo puedo compartir con mi niña. Otros días los distribuyo entre  estudio, trabajo y ella.

Tengo que renovar el Daca en tres meses, pero me estoy asesorando para solicitar una residencia.

De Guatemala solo recuerdo cuando me celebraban mi cumpleaños y llegaban mis primas, pero no recuerdo mucho de otras cosas.

Vine a EE. UU. cuando tenía 8 años. Mis padres dijeron que era por vacaciones. Mi hermana tenía 5 años cuando llegamos, y lo más difícil fue aprender el inglés.

Empezamos a estudiar en una escuela donde nos  introducían al inglés. A mí siempre  se me hizo fácil.

Gregorio Morales: “Sin un papel, uno no es nadie en este país”

Como todos los indocumentados, sentí temor cuando Trump ganó las elecciones. Pensé que todo lo que había obtenido se iba  a derrumbar. Además, el Gobierno tiene toda nuestra información.

Al terminar el programa Daca somos quienes más  posibilidades tenemos de ser deportados más rápido.

Terminé la secundaria en el 2010, después tomé cursos de universidad por la noche. Ahora estoy en un descanso para juntar dinero, porque espero graduarme de ingeniero.

El reto más grande al llegar a EE. UU. fue no tener una identificación que mostrara quién era. Además, hablaba poco español; solo mi idioma materno, k’iche’.

Sin un papel uno no es nada en este país, pero el Daca me dio la posibilidad de tener una vida y  desarrollarme.

Al ser beneficiado con el programa se abrieron puertas en escuelas, trabajos y otros permisos. Con eso uno ya puede tener una vida aquí.

Tengo 28 años, pero vine a los 15, en el 2003. Estaba acostumbrado a trabajar en el campo con mi papá, como todo campesino, le ayudaba con la tierra.

En mi aldea estudié algunos años. Soy de Quiché. Como muchos guatemaltecos, viajé en busca del sueño americano, me vi forzado a aprender dos idiomas, adoptar una cultura y seguir las reglas.

En mi casa me enseñaron muchas cosas que me han ayudado a estar acá; ser humilde, por ejemplo.  A mis padres no los he visto en mucho tiempo, pero sí los apoyo en lo que puedo. Es difícil tener a la familia lejos. Aquí vivo con algunos parientes.

Comencé la escuela al poco tiempo de que llegué. Como en todo siempre hay retos que enfrentar. Trabajo de asistente de gerente en una empresa muy grande y vivo en Rhode Island.

Aquí es tranquilo, no se ven redadas o que la policía se meta con la gente.

Jonathan Duarte: “Trabajé duro y estudié al mismo tiempo”

Lo que sueño y anhelo es tener mi ciudadanía para aportar a este país y regresar a Guatemala.

El guatemalteco Jonathan Duarte es gerente de ventas en una empresa distribuidora de  vehículos.
El guatemalteco Jonathan Duarte es gerente de ventas en una empresa distribuidora de vehículos.
Trabajo como gerente de ventas de una compañía multinacional de vehículos desde hace tres años. Las puertas se me abrieron cuando obtuve un número de seguridad social que me otorga el Daca.

Mi futuro lo imagino con hijos y próspero. Por eso el año pasado tomé la decisión de comprar casa y prepararme para lo que venga.

He estudiado Ingeniería Civil durante tres años en jornada de  medio tiempo.

Mi corazón se dio vuelta, porque sabíamos que Trump tenía muchas probabilidades de quitarnos todo. Estuve forzado a tener sueños diferentes de los que tenía de pequeño, y no quería que eso pasara otra vez.

Pensé que mis sueños se irían, como en la infancia, cuando dejé Guatemala. Eso me afectó mucho por todo lo que he trabajado en este país, y creer que nada valdría ni tendría sentido fue difícil.

He hecho todas las cosas bien, no perdí tiempo. Me gradué un año antes de  high school y seguí la universidad.

Desde los 16 años  trabajo para obtener mis propias cosas; ahora tengo 26.

Adopté este país, y no tengo ninguna costumbre de Guatemala.

Nací  en Chiquimula y ahí viví hasta los 8 años, cuando mis papás  migraron. Pensé que era solo una visita. Me costó mucho adaptarme a un nuevo lenguaje y cultura.

Como la mayoría de dreamers, al venir a una corta edad me adapté rápido, comencé a estudiar y aprendí inglés.

Al principio fue difícil, pero al aprender me hice de buenas amistades. Quería ser alguien importante.

Un día me di cuenta de que no iba a regresar a Guatemala. Mis papás me involucraron mucho en la iglesia y me formaron para ser importante.

Evito problemas y me alejo de  lo que pueda causar daños.