Opinión

la era del fauno

Si a museos vamos, uno del crimen

Juan Carlos Lemus

Juan Carlos Lemus

Si de construir museos se tratara, más realista sería construir uno memorial o uno del crimen, como los muchos que hay en el mundo.

Resulta que esta semana, la Corte de Constitucionalidad dio vía libre a la construcción del llamado Museo Maya de América. Con esa resolución, avala un acuerdo gubernativo firmado por Otto Pérez Molina, en 2014, para que sea erigido en la zona 13, en un terreno que es patrimonio cultural de la Nación.

Frente a los museos tradicionales, especialmente cuando se construyen “novedosos”, con su modalidad de restaurantes, miradores, paseos, galerías de arte, en fin, todo lo que los planos puedan dibujar, es igualmente válido considerar la tipología en la cual hay museos adecuados para una época y un lugar determinados. Los museos memoriales, por ejemplo, se desarrollaron después de la Segunda Guerra Mundial. A diferencia de los tradicionales de historia, que por lo regular se centran en la exposición de objetos, los memoriales se centran en los sujetos. Emblemáticos son los surgidos en la década de los cincuentas para evidenciar el genocidio de Hiroshima y del Holocausto. Países desarrollados han destinado espacios más para la reflexión que para el deleite, más para la enseñanza que para el turismo, el cual se asoma irremediablemente y como consecuencia.

Estos museos no siempre contienen procesos sanados, pues se hallan en permanente revisión de causas y reacciones ocasionadas por las guerras, los atentados, las bombas, el genocidio. Mantienen una dinámica de reconstrucción. Son espacios donde se describen procesos de discriminación y de racismo, se tocan temas como el trauma psicosocial. Pero no se crea que por sus características un museo memorial es como un sepelio al cual asisten personas a sufrir. Al contrario, suelen ser puntos de mucha actividad donde se llevan a cabo foros, talleres, películas, hay discusiones políticas, pero, sobre todo, se estimula el pensamiento crítico, ese que tanta falta hace. Además, a diferencia de un museo tradicional en el que se exponen las piezas como en un anticuario, se da a conocer su simbología. Una piedra de moler, por ejemplo, deja de ser un ornamento bello, curioso, de cocina, y pasa a explicar su significado en el trauma por su destrucción en procesos de tortura.

Algunos museos combinan lo memorial y lo tradicional, como los del crimen que hay en algunos países. En ellos se muestran herramientas y muebles diseñados para provocar sufrimiento. El Mittelalterliches Kriminalmuseum —Museo Medieval del Crimen, del cual escribí en alguna oportunidad—, en la ciudad de Rothenburg ob der Tauber, Alemania, exhibe desde cinturones de castidad y máscaras de cerdo hasta ruedas de carreta para destripar cuerpos y gráficas de muerte en la hoguera o el agua.

En nuestro país tenemos suficiente material como para erigir un museo del crimen y otro memorial. O uno híbrido. No lo digo con ironía. Si a construir museos vamos, es obligación del Estado poner los pies sobre la tierra y abandonar el catálogo publicitario de lo maya como ornamento, pues es una impertinencia considerarlo en estos momentos cuando se pone en balanza la justicia por las atrocidades contra pueblos mayas durante el conflicto armado.

Esos museos podrían mostrar, en otra sala, organigramas bastante burdos con la ruta de la corrupción trazada con llamadas telefónicas interceptadas por la Cicig y el MP; los litigios maliciosos; los actores del terror. Todo eso no es una ocurrencia, son piezas propias de un museo memorial. Este país necesita modernizar su proyección museística antes que revitalizar su falsa propaganda.

@juanlemus9