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El pueblo chino atrapado en el tiempo donde viven los descendientes del ejército de Gengis Kan, el más grande de la historia

En las altas montañas del noroeste de China se encuentra el pueblo de Hemu, un lugar en el que el tiempo se detuvo hace cientos de años.

Por BBC Mundo

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Allí fue donde conocí a Natalya Kirova, una mujer de Tuvá, Rusia, que vendía cuernos de renos convertidos en afrodisiacos en la tienda del boticario.

Poco después, me alojé en su rústica cabaña de madera. De sus paredes colgaban pieles de animales y un santuario en honor al guerrero mongol Gengis Kan.

En su casa, que perteneció a madereros rusos de principios del siglo XX, Kirova me habló de los espíritus de las montañas, los de la madera y las supersticiones locales, y me contó una divertida historia sobre cómo el ejército de Kan inventó la hamburguesa (al colocar carne bajo sus monturas para ablandar el asiento mientras galopaban).

Su hijo es cantante de garganta, una actividad que antes sólo se practicaba para comunicarse con los espíritus pero que ahora también se hace para los turistas.

Situado en la costa occidental del lago Kanas, en las montañas de Altái —en la provincia de Sinkiang, entre China, Kazajistán, Rusia y Mongolia— Hemu creció, literalmente, en una pecera.

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Aquí, los miembros de la tribu tuvana, que se cree que descienden del ejército de Gengis Kan, siguen viviendo como lo han hecho durante generaciones, practicando el chamanismo como lo hicieron sus ancestros.

Testigos históricos

Una estrecho camino serpentea desde el lago hasta las altas montañas donde, a media hora desde Hemu, se alzan varios monolitos de piedra, que son vestigios de las ceremonias religiosas que Kan celebraba antes de dirigir sus tropas hacia la conquista de Europa del Este en el siglo XIII.

Los monolitos superan la altura de la mayoría de las personas, algunos tienen cara y brazos, y parecen piezas de ajedrez gigantes extendidas a lo largo de colinas verde esmeralda.

Se dice que por la noche, sobre todo bajo la luna llena, se puede escuchar a las piedras llamar a su ejercito perdido.

El lago Kanas se encuentra en la provincia de Xinjiang, en China, cerca de la frontera con Kazajistán, Rusia y Mongolia. GETTY IMAGES
El lago Kanas se encuentra en la provincia de Xinjiang, en China, cerca de la frontera con Kazajistán, Rusia y Mongolia. GETTY IMAGES

El misticismo de las montañas y los siglos de leyenda han creado un enigma que la curiosidad de nuestros tiempos está reabriendo lentamente.

Parque nacional

En 2008, el gobierno chino anunció la creación de un parque nacional que incluía la ya establecida Reserva Natural del Lago Kanas y la ladea de Hemu.

El parque, de 10.000 metros cuadrados, es el más grande del oeste de China y abarca terrenos muy diversos, desde pastizales hasta glaciares.

La expansión de la Reserva Natural del Lago Kanas quebró la frontera entre lo antiguo y lo nuevo.

El paisaje, antes silencioso, hizo resonar el eco de las animadas conversaciones de los turistas que iban hasta allí para tomar fotos de las aguas azul cobalto del lago, sin percatarse del valor de la tierra.

Los bordes de las carreteras pronto se llenaron de basura y colillas de cigarrillos, y los nuevos autobuses diesel dibujaron una opaca línea negra en el horizonte.

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Los contenedores de basura son un concepto nuevo en Kanas.

Al igual que la mayoría de los tuvanos que viven en Hemu, Kirova y su hijo están dispuestos a preservar su herencia compartiéndola con el mundo exterior.

Transmitir una herencia

Los tuvanos se toman muy en serio su papel como administradores de la región; durante cientos de años, han vivido de sus tierras.

Kirova considera que su deber es transmitir el mensaje de la importancia de que se cuide el entorno.

"El progreso necesita educación", explica, encogiéndose de hombros. "Uno no puede venir aquí y ser impasible a la belleza".

En casa de Kirova los talismanes de hueso de animal cuelgan del techo para evitar que los espíritus malvados invadan nuestro almuerzo, a base de leche de yegua fermentada y quesos secados al sol.

Mientras comemos, me cuenta cómo era la vida antes de que llegaran los extranjeros.rusa.jpg

Su rostro arrugado ríe con facilidad, pero admite su inquietud ante la invasión de los extraños, aunque reconoce que los dólares de los turistas han cambiado su vida enormemente.

Durante siglos, el mundo moderno permaneció indiferente hacia esta tierra mística.

Ahora, apenas a un breve paseo de la casa de Kirova, los hoteles comparten calle con tiendas de boticarios que ofrecen ranas secas para pociones mágicas.

Puedes pedir un café y comprar un ojo de tritón en la puerta de al lado.

Las yurtas (cabañas) de fieltro de mongoles nómadas nacen de la tierra como champiñones y los pastores a camello saludan al autobús turístico.

Los turistas, con sus gafas de sol, charlan con monjes en batas azafrán y caminan por los senderos que les llevan por altares de piedra decorados con banderas de oración.

Al anochecer, observan cómo los cazadores con águilas entrenan a sus aves en el lago Kanas, donde adivinos y videntes relatan historias sobre el monstruo gigante que vive en el agua.

Los monolitos gigantes recuerdan las ceremonias religiosas llevadas a cabo aquí por Gengis Kan. JAMES MICHAEL DORSEY
Los monolitos gigantes recuerdan las ceremonias religiosas llevadas a cabo aquí por Gengis Kan. JAMES MICHAEL DORSEY

Un tosco mural pintado muestra un cruce entre una ballena y un dragón, y todos en Hemu aseguran haber visto a la criatura, pese a que no existen fotos de ella.

Antes de irme, le pregunto a Kirova qué quiere que la gente se lleve a casa tras visitar este nuevo parque nacional.

Con una sonrisa traviesa, me contesta que espera que regresen con recuerdos del antiguo pueblo que una vez cabalgó junto al ejército más poderoso de la Tierra… y conquistó la mayor parte de ella.