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Delicias para el paladar

Su amplia gama de formas y sabores convierte a los dulces de Amatitlán, expuestos al público sobre cestos e improvisados anaqueles, en bocadillos irresistibles ante los ojos y el paladar de los visitantes.

Por Hemeroteca PL

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Dulces típicos
Pobladores de Amatitlán aseguran que la tradición de los dulces típicos se originó en su municipio. (Foto: Hemeroteca PL)
Pobladores de Amatitlán aseguran que la tradición de los dulces típicos se originó en su municipio. (Foto: Hemeroteca PL)

Uno de los grandes secretos de estas golosinas, aparte de sus sugerentes formas, es la mezcla de azúcares con un sinnúmero de ingredientes naturales.

Estos dulces, según el libro Tierra de Amatles, monografía del municipio de Amatitlán, de Óscar Fajardo Gil, los trajeron a Guatemala los españoles en 1524, quienes, a su vez, los habían adquirido durante la ocupación morisca en la península Ibérica. Por esta razón, en toda la dulcería guatemalteca prevalece el sello de esas dos culturas.

Esta producción también tiene su toque nacional, ya que según el antropólogo e historiador Carlos René García Escobar, las recetas “fueron asimiladas por los nativos, quienes le agregaron otros componentes como frutos tropicales, con lo cual aumentó la variedad de sabores. Se desarrolló aún más con el desarrollo del cultivo de la caña de azúcar”.

Los sabores son tan típicos como los nombres con los que las personas los han identificado durante años. Por tradición los guatemaltecos, por ejemplo, saben que al pedir pepita, no se están refiriendo a una semilla, sino a un dulce preparado con pepitoria, rapadura y miel. Fuera de las fronteras de Guatemala, ¿qué pensaría una persona si de postre le ofrecen un matagusano? —dulce a base de cáscara de naranja—.



Los dulces típicos se pueden encontrar en cada una de las ferias que se celebran durante el año. (Foto: Hemeroteca PL)
Los dulces típicos se pueden encontrar en cada una de las ferias que se celebran durante el año. (Foto: Hemeroteca PL)


Camino al olvido

A pesar de que estos bocadillos han estado arraigados a la tradición nacional por cientos de años, cada vez es menor la cantidad de personas que se interesan en su producción. Por ejemplo, muchos de los dulces amatitlanecos ya no se preparan, porque no tienen demanda. “A los niños no les gusta el sabor dulce-amargo que tiene el matagusano, al igual que la toronja”, dice Lorena Muniz, dulcera de Amatitlán.

Lorena aprendió muchas de las recetas de su madre, María Berta Díaz, pero otras más se las enseñó su hermana Josefa. “La fabricación y venta de nuestros dulces es por herencia. Espero que una de mis hijas continúe con la tradición”, afirma Muniz.

Algo poco probable, pues la ocupación no es nada fácil, representa horas de trabajo, al mezclar ingredientes y batir el componente, hasta que el producto final quede con un toque único y especial que lo hace delicioso. Esta ocupación no le gusta a las nuevas generaciones, quienes optan por realizar otras tareas.

“Los hijos de las dulceras —ahora— son ingenieros, médicos o abogados, por lo que ya no siguen con la costumbre”, indica Aracely Samayoa de Pineda, quien publicó el libro Amatitán Tradiciones, que contiene investigaciones sobre el tema.

Este es el caso de Jovita Ardón de Díaz, a quien se le conoce en el municipio como una de las mejores en la elaboración de mazapán. De sus cinco hijos, solo una decidió seguir con la producción y venta, y es el único dulce que elabora.

La respuesta que García Escobar encuentra para la falta de interés de las nuevas generaciones por esta actividad es que buscan mejorar su estatus social y económico a través del estudio universitario o el trabajo en fábricas. “Esto los ha hecho desinteresarse de la tradición, pues los dulces ya no dan para el sustento”, explica el investigador.

“Para los jóvenes no es una opción atractiva”, dice Fajardo Gil, quien además de Tierra de Amatles, monografía del municipio de Amatitlán, también escribió Crónicas de nuestro pueblo, en el que también se refiere al municipio.

Considera que ha existido poca inversión para convertir este producto en un atractivo mercado, pues los dulces que se venden en los supermercados no son de Amatitlán. “Se sacrifica la calidad del buen dulce por la cantidad para obtener un mejor precio”, destaca.

Ha aumentado la competencia con otros fabricantes de dulces, como las de Mixco o Comalapa, sin embargo, eso ha provocado que las de Amatitlán mantengan la calidad de su producto, para poder competir, pues lo consideran algo genuinamente suyo.

Los grupos de dulceras cada vez se reducen más. Según De Pineda en la década de 1960 el Barrio San Antonio, en Amatitlán, era la cuna de esta artesanía: “En cada casa se hacían bolitas de dulce, bocadillos, mazapán, chancaca, matagusano o pepita”.