Hemeroteca

El padre del Sombrerón

Guatemala es rica en leyendas. Muchas de ellas servían a las abuelas para entretener o asustar a sus nietos en tiempos de antaño. Algunos de los personajes de estos relatos fueron reales según investigaciones históricas.

Por Hemeroteca PL

Representación de El Sombrerón. (Foto: José Carlos Flores)
Representación de El Sombrerón. (Foto: José Carlos Flores)

Según el notable historiógrafo antigüeño Víctor Miguel Díaz, el personaje del Sombrerón, surgió de una historia desprendida de la condena que el tribunal de la Inquisición impuso a Juan Bayona, acusado de cometer un crimen y, posteriormente, de satánico.

A finales del siglo XVIII, el Sombrerón convertido en leyenda dejó la ciudad del silencio y se instaló en esta capital. Contaban los abuelos que en callejón del Carrocero se enamoró de Celina, la hija de una tortillera que habitaba un "palomar". 

Del nacimiento de la leyenda han pasado más de dos siglos, pero puede suceder que una de esas noches aún podamos escuchar que ese viejo callejón el eco de las canciones de El Sombrerón le cantaba a Celina con su guitarra de plata, o quizá el llanto que lo invadió cuando su amada murió.

El espíritu de Juan

Me llamaba Juan, Juan Bayona. Nací en 1742 en la ciudad de los Capitanes Generales, de los arzobispos y de los héroes; hombres y mujeres soñadores y alucinados por su amor a la fe. Aún era pequeño cuando murieron mis padres. Aunque un mi tío me recogió y me dio pan y abrigo, siempre fui un niño triste y crecí con muchas penalidades.

En 1772, contaba con 30 años de edad. Mi figura no era muy agradable; tenía una nariz larga y torcida hacia un lado, una boca grande y una hilera de dientes largos. Era de baja estatura y tenía un carácter insoportable.

Una noche, en las calles de Antigua, reinaba un silencio de tumba. Algunos serenos, medrosos y friolentos, se arrefujaban en sus grandes capones, tratando de ver en las tinieblas pero no vieron que asesinaban a un cristiano en la calle de Los Plateros.

Al día siguiente del suceso, las autoridades sospecharon de mí; por eso me encerraron en un calabozo de la cárcel pública. El alcalde era don Francisco Sánchez y allí me quedé.

Pasé varios días pensando en la injusticia de estar preso. Como no era culpable, me daba rabia: no sabía a quien acudir para que me ayudara. Una tarde, para matai el tiempo, escribi en un papel algunas frases que llegaron a las manos del alcalde y del arzobispo.

Ellos se asustaron, dijeron que eran invocaciones satánicas. En mi escrito únicamente pedía ayuda al diablo y a su madre la diabla, a cambio, ofrecía irme con ellos cuando muriera.

Según consta en una acta suscrita el 4 de agosto de 1772, el alcalde de Antigua, Ventura de Naxera pidió al Comisario de la Inquisición y Prevendado de la santa iglesia catedral Antonio Cortés, estudiar el papel y emitir sentencia para su autor.

El tribunal del Santo Oficio, me condenó a que fuera todos los domingos, a escuchar misa en la catedral. Debía llevar los brazos en cruz, la espalda desnuda y la cabeza cubierta con un gran sombrero que parecía alas de murciélago.

Al principio me resistí pero como la voz de la iglesia era la última palabra, cumplí. Causé risa: la gente se burló de mí y desde entonces, todos me gritaban ¡allí va El Sombrerón!.



Ilustración del castigo de Juan Bayona impuesto porel Santo Oficio en 1772. (Foto: Hemeroteca PL)
Ilustración del castigo de Juan Bayona impuesto porel Santo Oficio en 1772. (Foto: Hemeroteca PL)


El primer domingo fue tan sólo el inicio del largo martirio que Juan Bayona tenía que vivir pero no por mucho tiempo: su extraña estampa, ya familiar entre la gente de su época, no pudo soportar mucho tiempo el ridículo castigo.

Un domingo, desde muy temprano, las campanas de la catedral comenzaron a llamar a misa. La mayoría de feligreses presurosos atendieron su llamado. Sólo uno no lo hizo, porque junto con su horrible sombrero, yacía frío y exánime en una calle de la ciudad.

Al fin, la muerte se había compadecido del infortunio de Juan Bayona dándole su beso fatal. Al propagarse la noticia, Mucha gente se conmovió con un hálito de temor o tristeza. Rezaron por él y le pidieron perdón a Dios y al arzobispo y se confesaron.

Juan murió físicamente pero el fantasma de su recuerdo persiguió a los vecinos de Antigua. Cuentan que después nadie se atrevía a caminar de noche por las calles donde se paseaba aquel hombre del sombrero como de alas de murciélago.

Una leyenda había nacido.

Entre misas y humo de incienso

Nadie puede dudar que la religiosidad de los tiempos de Juan, obligó a enterrarlo con misas, novenarios, repiques de campanas e inciensos.

Su cuerpo quedó enterrado en el cementerio de San Lázaro, pero su recuerdo, nacido del remordimiento que la gente sintió por haberse burlado de él, se vino a la Nueva Guatemala cuando los terremotos de 1773 destruyeron el escenario donde nació el personaje y la historia.

Aquellas viejecitas que a lo mejor se burlaron de Juan y por eso después sintieron miedo a que su fantasma se les apareciera, abandonaron Antigua y se vinieron a habitar esta nueva ciudad.

Ya instaladas, el embrujo de las noches de luna las hacía abrir poco a poco el baúl de su memoria para embelesan sus nietos, con historias de espantos y aparecidos. Años después esos niños harían lo mismo con los pequeños que nacieron en esta nueva ciudad.

De esa cuenta, y a lo mejor en una nueva versión, posteriormente la inicial historia de El Sombrerón evolucionó y creó las que nosotros conocemos ahora, ligadas con el Duende y el Tzizimite.





"Las Lágrimas del Sombrerón" que menciona Celso Lara en su obra, es un ejemplo. Relata los amores de El Sombrerón con Celina, una joven de pelo largo y ojos grandes hija de una tortillera que vivía en el callejón del Carrocero (10a. y 11 ave. sur).

Cuenta que un día cerca de la casa apareció un hombrecito vistiendo un gran sombrero, zapatos de charol y espuelas de plata, quien halaba varias mulas con unos costales de carbón.

Dicen que el hombrecito diariamente llegaba, sacaba su guitarra de plata y entonaba canciones dedicadas a la muchacha. Eso poco a poco le fue gustando a ella al grado que su madre la encerró en una iglesia, pensando que allí no llegaría El Sombrerón.

Pero Celina se enfermó y murió. El día del velorio, dicen que El Sombrerón llegó como de costumbre y amarró sus mulas pero al darse cuenta de la noticia, comenzó a llorar amargamente y después se retiró.