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La cuaresma según las letras de escritores guatemaltecos

El sofocamiento llega al límite, los vientos huelen a flor de jacaranda y por ende, se llenan de ese color morete que sólo sanará hasta que termine de caer la última sobre el asfalto que traspasa su infierno a través de las suelas.

Por Hemeroteca PL

El camino (a la playa o al Calvario) es largo y transcurrirá no sin dejarnos la sofocante temperatura.

La temporada

José Milla (Salomé Jil)

Al terminar nuestro benigno invierno (tomando esta palabra en su sentido propio); y cuando va cesando el frío que se experimenta en los meses de diciembre y enero, muchas familias de la parte acomodada de la ciudad, por medida higiénica, por gusto, por ostentación, o por capricho, abandonan las comodidades de sus casas y emigran con dirección a las dos o tres pequeñas poblaciones donde el termómetro se eleva algunos grados sobre los que por este tiempo marca en Guatemala; y donde, en compensación hay lo que tanta falta hace a esta ciudad: un río en que poder bañarse.

Eso es lo que se llama hacer temporada; expresión genérica que por acá significa solamente los días que se pasan entre la incomodidad, el calor, el polvo y otras delicias de ese jaez, en los puntos célebres por sus aguas. ¿Qué era una temporada treinta o cuarenta años hace? Alguna cosa muy diferente de lo que hoy es, sin duda.

Animación, jovialidad, franqueza; tregua a la etiqueta; días de campo, bailes y tertulias: travesura y broma; una especie de carnaval, menos las máscaras; todo eso era una temporada. ¿En qué consiste que ahora, con mayores elementos en la sociedad, y con muchas más ventajas y comodidades que antes en las poblaciones donde se hacen temporadas, son éstas menos alegres y animadas que en otro tiempo? No sabré decirlo a punto fijo; y así dejo a cada uno que asigne a ese fenómeno social la causa que mejor le plazca.

En estos días no ve uno sino disposiciones de marcha. Se encarga la diligencia, se preparan trajes a propósito, se hacen maletas; y empleados, comerciantes, abogados, etc., todos se apresuran a abandonar la capital, la mayor parte sin necesidad y no pocos con la seguridad de que van únicamente a fastidiarse. Es un zafarrancho general, en que no tomamos parte sino unos pocos poemas que, más apegados que el común de las gentes a nuestros viejos hábitos, hemos hecho propósito de vivir y morir junto a nuestros penates.


Lunes Santo

Miguel Angel Asturias

La abuela afondó su voz leyendo la lección del Profeta Isaías en la página de un misa abierto sobre sus enaguas de lana merina. Su carne recuerda el tejido vegetal del árbol maldito; carne con sequedad de higuera, flaca, rígida y abrazada. Se tiene y sigue leyendo, toma aire para no agotarse en la emoción del día que arde, pleno de sol, sobre las puertas y en el polvo vivo de las calles sin sombra.

La llama del Lunes Santo calcina en el incensario múltiple de la vida, los aromas del Domingo de Ramos. De sus brasas agudas y extenuantes como los ojos de Marta queda la ceniza que tiene la congoja removida del sacrificio próximo. Día con vacío de fiesta y belleza de flor ajada, afligido como una ofrenda inútil, por tus piedras se oye el paso de Marta que fue y vino sin descanso, hasta preparar la cena que Simón daba en su casa: tu viento está penetrado del sosiego caliente de los cabellos de María que secaron la inquietud del pomo de bálsamo que derramó sobre Jesús; pasan por todo tu cielo azul, hundiéndose en el horizonte, las grullas que entre Cafarnaúm y Bethsaida fueron el aviso de la familia apostólica y tu sudor áspero, de esclavo canijo, tiene la pesada molestia de Judas que valoró en denarios una ofrenda de amor.

El viento se derrama holgadamente, cubre el cielo con pompa de una gran nube blanca y cede el calor, pero siempre, junto a la abuela que lee al Profeta, oigo unos pasos hondos, como si fueran andando dentro del mar; huelo un perfume de amor que hace grandes mis pulmones y siento la emoción de un vuelo que sustraen a mis ojos dos alas raudas. La última luz del Lunes Santo se agobia en el silencio de los atrios y traspasa la vehemencia de nuestros corazones de un temor de noche sin camino. La abuela deja de leer y en la cámara queda la mesa tendida con un mantel blanco, como un navío cubierto con su propia vela, el pabilo humeante de un cirio recién apagado y el misal de vitelas miniadas.


Semana Santa Antigüeña

Fragmento de Guatemala: las líneas de su mano, Luis Cardoza y Aragón

En las procesiones, las mujeres toman parte, casi siempre, como acompañantes de la Virgen, que, en medio de San Juan y la Magdalena, sigue al Hijo, camino del Calvario. Se han vestido con sus mejores galas, limpias y almidonadas, el pelo brillante de vaselina perfumada, ceñida la trenza con cintas de colores. Descalzas la mayor parte, sus pies anchos, pequeños y gordezuelos bien lavados, el rebozo de colores vivos -negro o muy oscuro al acompañar a la Virgen tras el Cristo amortajado- les cubre la cabeza: así desfilan, cirio en mano, gimiendo en falsete cantos religiosos y plegarias. Los niños caminan junto a ellas, tropezándose sobre el viejo empedrado, restregándose los ojos para que no los venza el sueño (…)

En la puerta de la iglesia, vestido de cucurucho, tocado con rarísimo casco de cartón y usando unos zapatos desvencijados, me encuentro a Manuel Tuch, peón de nuestras tierras. Me cuenta que año con año viene de San Pedro las Huertas a Santa Ana, para hacer el trayecto de la procesión. Unas diez horas. En Santa Ana siempre lo esperan para que encarne a Poncio Pilatos, con su casco de cartón, llevando la pértiga que sostiene el marco de la sentencia. (…)

Manuel Tuch habla un español difícil. Está bastante viejo. No tiene mujer ni hijos. Es indígena poco brillante, pedazo de tierra animado, sencillísimo hombre solitario. El aguardiente lo descarrila a menudo, y casi siempre resulta golpeado por sus compañeros. Se pasa años en los rastrojos, en compañía de los bueyes y el perrito que le ayuda a cuidarlos. Podría decir que no habla ninguna lengua, porque la suya, aborigen de Santiago Sacatepéquez, debe estar tan menguada como su “castilla”. Al encontrármelo de procónsul romano, se me reveló todo el sabor rural de la procesión de Santa Ana (...)


Y detrás de la procesión...

Manuel José Arce, Diario de un escribiente

Pasa la procesión sobre las alfombras de aserrín o de flores, entre su nube de incienso apasionado, rodeada de una espesa bugambilia de cucuruchos, al compás de la temblorosa marcialidad musical de graves resonancias y estridentes trompetas.

Asisto a ella sobrecogido, contagiado un poco por la emoción popular. La imagen del Carpintero que tallaran manos iluminadas me duele entre las nubes de utilería y el resplandor de los silvines nutridos por acumuladores, el centellear barroco de las suntuosas vestiduras bordadas.

Él me mira como diciendo: —Es cosa de la gente. Yo no tengo la culpa. Sólo he salido a caminar con mi cruz. Bajo el palio de la solemnidad, la dignidad eclesiástica camina con señorío de chompipón celestial consciente de su importancia. Pasa la procesión. Van los músicos dirigidos por un señor que camina de reculada, como huyendo de los jabs y los uppercut que le tira a la mandíbula el del trombón y de la bocota amenanzante de la tuba que hace retemblar los vidrios de las ventanas y los alientos de la gente con sus profundas notas. Van los músicos con sus viseras, sus papeles pautados y su concentración que no los deja perder una nota y los protege de los baches de la calle.

Pasa la nube de solemnidad que pesa.

Pero, inmediatamente atrasito de donde viene San Juan con la copa ladeada, viene la alegría popular inclaudicable: los largos árboles en plena y multicolor cosecha de vejigas; el sudoroso tintinear de las carretillas de los helados; los cucuruchitos de caramelos con banderitas de mil países imaginarios, los carretones con sus panzudas ollotas de horchata, fresco de chan, fresco de súchiles o agua de canela, los palos de ron-rones emplumados.

A la cola del prosopopéyico desfile, viene la bullanga popular que, mitad para vender y sacar de la venta el pan que salva del hambre, mitad para participar en la procesión y dar colazo de rigor, va surtiendo de refrigerios a los fatigados y devotos cucuruchos, de juguetes a los chirices chillones y antojadizos.

Y por entre todo el río humano, uno que otro raterito de dedos ágiles que eleva su fe y su esperanza hasta las imágenes de Dimas y de Gestas (Se vale: hay que estar bien con Dios y con el Diablo, por si acaso) y que les pide su intercesión en donde sea, a fin de que, al momento de peinarse el cuero, la movida salga derecha, sin intervención de la tira y sin el consiguiente colazo hasta el Gran Pavo...

Cada quien su devoción, cada cual su necesidad y sus pecados...

Ah, mi dulce Guatemala de siempre... Media cachureca, media pagana. Que le rezas al Señor de San Felipe y le prendes veladoras a San Simón, al Rey Pascual... que después de la consulta con el médico famoso, no dejas de dar tu pasadita donde el Brujo de Cotió o de la Boca del Monte... que haces el viaje a Esquipulas y rezas, al volver, la oración del puro... ¿Cuánta angustia no tienes, pueblo mío, detrás de tu desesperada devoción?

Sea como sea, la procesión pasa. Las calles quedan impregnadas de un contradictorio aroma de dolor y de alegría.


Los hijos del incienso y la pólvora

Francisco Pérez de Antón

Arrodillados ante el riquísimo retablo del altar mayor, decorado con arabescos y festones y presidido por Santo Domingo de Guzmán, humillados bajo una lámpara de plata que pesaba unas doscientas libras, flanqueados por doce grandes pinturas con las imágenes de los apóstoles, iluminados por ciriales cuya delicada orfebrería testimoniaba el pasmoso arte de los maestros plateros de Santiago, los mendicantes de las capas negras y las blanquísimas túnicas ofrecían una imagen esplendorosa. El templo era un ascua irisada que invocaba las trascendencia y las luces de candelas se reflejaban en toda suerte de objetos litúrgicos elaborados con metales preciosos que devolvían a los frailes espejos cegadores.

Pero entre las suntuosas obras de arte que albergaba el convento, había dos que llamaban la atención sobre las otras. Una en el maravilloso sepulcro del Santo Entierro, tallado por un mulato de Oaxaca, ex combatiente de las milicias de Santiago en la guerra de Petén. La otra, una Virgen del Rosario fundida en la plaza macisa, de tamaño natural e iluminada por una docena de lámparas, también de plata.

Terminado el rezo, los frailes salieron en fila al claustro bajo, en el centro del cual una fuente de doce bocas, recubierta con azulejos de Génova, daba frescor a la noche. Desde allí, los capinegros se dirigieron a sus celdas, salvo un grupito de cuatro que se quedó conversando en voz baja.

Uno de ellos, de breve estatura y perfil campaniforme, sacó una llave del bolsillo y abrió la puerta de la sala capitular, situada frente a la fontana de azulejos. Con él entraron los otros tres, pero, antes de que pudieran cerrar por dentro, un quinto fraile se introdujo con rapidez en la sala. El de la llave, que era el racionero del convento, polaco de origen y aficionado a la astronomía, abrió los brazos con un gesto que parecía pedir a Dios Padre serenidad e indulgencia.