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17/04/11 - 00:00 Internacionales

Lugares donde vivió Jesús

La vida de Jesús es fácil de localizar geográficamente. Belén, Nazaret, Jerusalén y el río Jordán, entre otros, son lugares que parecen de otro tiempo y que recobran protagonismo cada Semana Santa y Navidad. Hace más de dos mil años, estos territorios fueron testigos de la obra y gracia de Cristo.

La antigua Palestina era poco más o menos idéntica a la actual, salvo sus límites, que se han modificado constantemente por las largas luchas emprendidas por este pueblo. Aquella tierra estaba compuesta por cuatro regiones: Galilea, Samaria, Perea y Judea, la más conocida y centro de toda Palestina, con Jerusalén como enclave cultural.

Cuatro nombres que marcan los pasos de Cristo. Este territorio está atravesado de norte a sur por el emblemático río Jordán, donde Jesucristo recibió el bautismo por Juan el Bautista, y que forma el valle del Jordán.

Hace dos mil años este pequeño territorio, dominado por el Imperio Romano, veía nacer a Jesús en Belén, a seis kilómetros de Jerusalén, punto de visita del mundo cristiano.

Según la tradición, los turistas que acuden a la Basílica de la Natividad visitan la cueva donde estuvo el pesebre y se alojaron la Virgen María y José, en donde depositan en un hueco de la estrella dorada sus peticiones y ruegos personales, o en nombre de parientes y amigos.

Esta basílica, que aún conserva restos del suelo que ordenó construir el emperador romano Justiniano hace unos mil 400 años, se salvó de tres invasiones militares, y es el santuario cristiano más antiguo de Tierra Santa.

La azarosa vida de Jesús empezaba cuando desde Roma se ordenó el empadronamiento de los habitantes, y su familia huyó de Nazaret.

En esa ciudad, a 170 kilómetros al norte de Belén, se erige la basílica de la Anunciación, justo en el mismo lugar donde el arcángel San Gabriel anunció a María, la esposa del humilde carpintero José, que sería Madre de Dios. La basílica está rodeada de tiendas de recuerdos y de peregrinos, que especialmente en estas fechas se sienten atraídos por tan simbólico paraje.

En Nazaret, Jesús vivió con sus padres y trabajó como carpintero, episodio del que apenas hay testimonio en los Evangelios.

Durante su evangelización, Jesús eligió un lugar alejado, con vistas al lago Tiberíades, para pronunciar el Sermón de la Montaña, palabras revolucionarias que los teólogos hoy reconocen como la “constitución” de la Iglesia.

En aquel lugar, el Monte de las Beatitudes, Jesús pronunció el célebre Sermón de la Montaña y afirmó: “Bienaventurados los pobres de espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos” y “bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. Además, en este monte de Galilea también eligió a sus 12 apóstoles (Lucas 6: 12-13).

Después de viajar hasta el río Jordán, donde fue bautizado por Juan el Bautista, Jesús vuelve a Nazaret en el año 28 y de allí a Cafarnaum, pasando por Magdala. Cafarnaum se convirtió en el centro de sus predicaciones, los principales viajes emprendidos por Jesús empiezan o terminan en esta ciudad del norte.

Solo el recuerdo

Magdala, el lugar originario de María Magdalena, no existe más que en el recuerdo, tan solo hay un pequeño centro urbano llamado Migdal, localizado a menos de 200 metros del lugar original. Aquel pueblo se redujo con el paso de los años a una pequeña cúpula pintada de blanco con un cartel que explica su relación evangélica.

En Cafarnaum quedan aún ruinas de la sinagoga de la casa de San Pedro y de antiguos edificios que, por su valor histórico, están cubiertos y protegidos. Pero este pueblo conserva algo de su mística histórica.

Cafarnaum, Corozaín y Betsaida forman el triángulo evangélico en el que Cristo predicó y obró milagros más que en ningún otro lugar. En Corozaín quedan vestigios del paso de Jesús, así lo señala una sinagoga de basalto negro, tres grandes edificios y una prominente plaza en el centro.

Betsaida, por el contrario, está realmente condenada a desaparecer. Ya no es más que un pequeño punto escénico en el mapa a orillas del lago Tiberíades, donde se atribuyen a Jesús varios milagros, como devolver la vista a un ciego o la segunda ocasión en que alimentó a la multitud.

Uno de los puntos claves del peregrinaje de Jesús es el monte Tabor. Con Pedro, Santiago y Juan, Jesús subió a este monte donde aconteció la Transfiguración, donde dejó traslucir su divinidad ante los tres apóstoles que le acompañaban.

Poco tiempo después de la Transfiguración, Jesús de Nazaret comenzó su último viaje, que le llevaría hacia su pasión, muerte y resurrección, en Jerusalén, la ciudad tres veces santa, uno de los lugares más antiguos habitados por el hombre, con ruinas que se remontan a cientos de miles de años.

POR HUGO SANCHINELLI /

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