Internacional

Kenia revive su pesadilla yihadista con una masacre de estudiantes

Veinte meses después del asalto al centro comercial Westgate de Nairobi, Kenia revivió en abril de este año su pesadilla terrorista con otro brutal ataque del grupo yihadista somalí Al Shabab. Esta vez en la modesta y remota Universidad de Garissa, donde asesinó a 147 personas con fusiles y granadas.

Por Nairobi/EFE

Estudiantes participan esta semana en una vigilia en Nairobi, Kenia, en donde pidieron el cese de la violencia. (Foto Prensa Libre: EFE).
Estudiantes participan esta semana en una vigilia en Nairobi, Kenia, en donde pidieron el cese de la violencia. (Foto Prensa Libre: EFE).

El atentado de Nairobi en septiembre de 2013 cargó contra el centro de ocio más frecuentado por la comunidad extranjera. La respuesta fue un gran dispositivo de seguridad desplegado por las principales agencias internacionales que ha mantenido la paz hasta ahora, pero solo en la capital.

Las zonas rurales, especialmente las que bordean la frontera con Somalia, donde no existen intereses comerciales que proteger y son muy pocos los votos por sumar, quedaron aún más expuestas.

Hubo dos grandes matanzas a finales de 2014 que sirvieron de advertencia: 28 personas ejecutadas de un disparo en la cabeza en un autobús y otras 36 asesinadas en una cantera, ambas en Mandera, a muy pocos kilómetros de Somalia, el país vecino.

El Gobierno keniano despreció la amenaza sobre unos ciudadanos que, simplemente, no cuentan, y también descartó, o no leyó, un informe de su propio servicio de inteligencia que alertaba de un ataque inminente contra la Universidad de Garissa. Y ese ataque se produjo el 2 de abril de 2015.

A las cinco y media de la mañana, hora en la que este país ya se encuentra en marcha, un comando de Al Shabab accedió al recinto universitario haciéndose pasar por fieles que iban a rezar a la mezquita que en el campus.

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  • Hubo dos grandes matanzas a finales del 2014 que sirvieron de advertencia: 28 personas ejecutadas de un disparo en la cabeza en un autobús y otras 36 asesinadas en una cantera, ambas en Mandera, a muy pocos kilómetros de Somalia, el país vecino.

Franqueados los débiles controles de seguridad, sacaron las armas de asalto que escondían entre sus ropas y comenzaron a disparar indiscriminadamente y a lanzar granadas.

Después vencieron a tiros a los policías que custodiaban la residencia universitaria y se atrincheraron en su interior con un gran número de estudiantes y profesores.

Durante unas 16 horas, los terroristas buscaron en cada rincón del edificio y asesinaron a todo el que no les pareció un buen musulmán, profesara su fe o no.

Aunque el factor más devastador en este ataque fue el espectacular retraso de la respuesta policial. El Cuerpo de Reconocimiento, la unidad especializada en situaciones de secuestro, tardó doce horas en llegar al campus.

Según reconoció el inspector general de la Policía, Joseph Boinnet, el comando se encontraba en situación de alerta desde las 06.00 de la mañana, media hora después de que comenzara el ataque.

Sin embargo, hasta las 12.30 sus agentes no embarcaron en el avión que les llevó hasta Garissa y, una vez allí, tardaron otras tres horas en llegar hasta el recinto universitario.

Al parecer, los responsables de esta unidad paramilitar emplearon ocho horas en conseguir un avión y luego se perdieron por la carretera intentando localizar la universidad.

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Mientras esto sucedía, políticos y mandos policiales, entre ellos el propio Boinnet, se encontraban en Garissa desde las diez de la mañana. Ellos se desplazaron en helicóptero, el método que suelen utilizar los cuerpos de élite.

Los soldados tardaron una hora y media en reducir a los terroristas, lo que lleva a pensar que el número de víctimas habría sido sensiblemente inferior con una respuesta policial adecuada.

Acabada la tragedia, la reacción oficial fue idéntica a la del Westgate: opacidad, censura a los medios de comunicación, ausencia de autocrítica y defensa de una estrategia antiterrorista para muchos inexistente.

Desde entonces, hay un sorprendente proyecto sobre la mesa del Ministerio del Interior, la construcción de un muro de hormigón a lo largo de los 700 kilómetros de frontera que separan Kenia y Somalia.

“No va a servir de nada. El enemigo no está al otro lado de la frontera, está dentro de Kenia” , aseguró a Efe un experto en seguridad regional que prefiere mantener el anonimato.

Al Shabab, que en 2012 se adhirió formalmente a Al Qaeda, lucha para instaurar un estado islámico en Somalia, donde Kenia participa en el contingente militar internacional desplegado para restaurar la paz.