Revista D

Los conjurados

Del 1 al 7 de noviembre de 1877, 17 hombres, algunos de ellos inocentes, fueron fusilados.  Su suerte fue decidida por el  presidente.

Por Claudia Palma

Panorámica de la Plaza de Armas, a finales del siglo XIX.
Panorámica de la Plaza de Armas, a finales del siglo XIX.

“Tan pronto como el paso por las entradas de la plaza quedó libre, una multitud de curiosos de todas las clases y condiciones, entre ellos muchas señoritas elegantemente vestidas, se precipitaron en un tumulto y con avidez para contemplar los sangrientos despojos de aquellos desgraciados”. Era la tarde del 7 de noviembre de 1877. Doce hombres acababan de ser ejecutados tras pedirles que se pusieran de pie sobre las sillas instaladas en la Plaza de Armas —hoy Plaza de la Constitución, en el Centro Histórico de la Ciudad de Guatemala—. Se sumaban a los cinco fusilados del día anterior, acusados de conspirar contra el presidente Justo Rufino Barrios. La historia los recuerda como: Los conjurados.

Este episodio en el que un gobernante se erigió como supremo juez, es narrado por Francisco Lainfiesta en el libro Mis memorias. El hecho también inspiró algunos pasajes de la novela histórica, El sueño de los justos, escrita por Francisco Pérez de Antón. A diferencia de este autor, Lainfiesta —periodista y ministro del régimen de Barrios— fue testigo ocular y protagonista.

Una extraña visita

El 31 de octubre de 1877 una anciana tocaba insistente la puerta de la casa del presidente Barrios, situada en ese entonces donde hoy se encuentra la Empresa Eléctrica. Aunque fue rechazada en varias ocasiones, se empecinó hasta que él finalmente accedió a recibirla. Le aseguró al caudillo que era madre de un soldado de artillería y que al día siguiente, en la noche del 1 de noviembre, un grupo se alzaría para matarlo a él y a su familia.

Barrios no dejó de darle crédito a las palabras de su inesperada visitante, así que mandó a traer un grupo de soldados de la Guardia de Honor y que al día siguiente 50 hombres permanecieran en el despacho presidencial. Este se encontraba frente a la puerta de la casa en donde vivía. En caso de un atentado los cuarteleros podrían abrir fuego desde la ventana de su oficina.

Barrios sospechó que el golpe podría proceder de la guardia de la comandancia, a cargo de Francisco De León Rodas y Antonio Kopeski, un coronel de origen polaco que había servido durante el gobierno del mariscal Vicente Cerna.

Lainfiesta descubrió horrorizado cómo los sospechosos fueron interrogados y molidos a palos hasta casi matarlos. “De lo que pasaba entre los procesados y el pavoroso tribunal que en casa de Rufino remedaba al de la Santa Inquisición, nadie sabía nada a derechas, exceptuados los que tomaban y escribían declaraciones”, escribió.

El plan consistía en reunirse en el edificio de la comandancia de armas. Luego saldrían de ahí con revólveres y puñales. A eso de la media noche del 1 de noviembre llamarían a la puerta de la casa del presidente en donde siempre velaban dos guardias. Cuando estos les abrieran se abalanzarían sobre ellos, ingresarían y llamarían al dormitorio del presidente anunciándole que había una novedad. Saldría y lo matarían. A su familia y la servidumbre los amordazarían. Para garantizar una lenta reacción de la guardia de la comandancia, los embriagarían con vino narcotizado. De León Rodas sería el sucesor y quien aseguraría la continuidad del régimen conservador.

“Firmaron el acta con sangre que luego depositaron con una docena de puñales en el tapanco de uno de los almacenes de la comandancia de armas”, detalló Lainfiesta.

Fusilados

Conforme pasaron los días, desde que la misteriosa anciana le informó al presidente, la población se enteraba de nuevos detalles. El tercero de los cuatro que apenas duraron los interrogatorios se le encontró, oculto, un cántaro de vino envenenado. En el tapanco, donde se escondían los implicados, fue encontrada el acta firmada con sangre, los puñales y las mordazas. “Sixto Pérez (el jefe del servicio secreto) era el que paulatinamente venía sacando a luz tales novedades con la mira de demostrar la existencia del complot” .

El 5 de noviembre, José María Guzmán, Macario Santa María, Tomás González, Francisco Carrera Limón y Jesús Batres fueron trasladados al salón de recepciones del palacio. Ahí se les hizo saber que en pocos momentos serían “pasados por las armas”.

A las seis de la tarde, en la Plaza de Armas, los fusilaron. “No hubo defensa para aquellos sindicados; fueron juzgados y sentenciados a muerte solo por el general Barrios. Fui llamado para ordenarme la impresión inmediata de una lista de los cinco individuos que acababan de expirar”, según Lainfiesta.

A la cabeza de la lista figuraba Guzmán, quien era un carpintero que tenía su taller en la 5ª calle oriente. La razón de su condena esgrimía: “por vago”. Lainfiesta quiso enmendar el error y argumentó que era un trabajador conocido por todos, entonces recibió la orden de agregar: “y por asesino”.

El 6 de noviembre por la mañana León Rodas, Kopeski, el presbítero Gabriel Aguilar, Lorenzo Leal, el poeta Rafael Segura, Abraham Carmona, Carlos Alegría, Enrique Guzmán, Rafael Gramajo, José Lara Pavón, Desiderio Montenegro y Cipriano Montenegro, también condenados a morir, redactaron un escrito en el que implícitamente reconocían su culpabilidad al implorar perdón a Barrios.

Al día siguiente, 7 de noviembre, cerca de las cuatro de la tarde, fueron llevados también a la Plaza de Armas. “El general Barrios vigilaba desde el balcón de su casa, esquina sur oriente de la plaza. Don Arturo Ubico, ministro de Guerra, lo hacía en la propia plaza. El general Agustín Cuevas cuidaba de los presos y el coronel Alfonso Irungaray mandaba los pelotones de la ejecución”.

Pocos minutos después de las cuatro, los 12 cadáveres yacían amontonados cerca de la fuente Carlos III.