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16/12/12 - 05:09 Mayas 2012

Las palabras del tiempo

En Mesoamérica existe infinidad de vestigios en los que la antigua civilización maya perpetuó su escritura, de carácter político, y que fue descifrada con la ayuda clave del investigador ruso Yuri Knórozov.

POR BRENDA MARTíNEZ

Estas inscripciones, que se originaron en el siglo I a. C. y se desarrollaron en las tierras bajas mayas, tenían un carácter político y propagandístico, asociadas con gobiernos monárquicos y dinastías, en los que el soberano abría y cerraba calendarios y registraba victorias bélicas. También se conocen textos que narran el culto a los dioses y los augurios de los períodos del calendario.

Los mayas escribían solo en ch’olano, ya extinto, y que se asemeja al ch’olti’ y ch’orti’, afirma el investigador y epigrafista Camilo Luin, del Centro de Estudios Mayas Yuri Knórozov. El primero desapareció en el siglo XVI y el segundo aún se habla. Al ch’olano, hablado solo por la élite, se le conoce también como ch’olti’ clásico o maya jeroglífico y solo un 5 por ciento de la población lo leía.

El arquitecto y epigrafista Federico Fahsen refiere que el arzobispo de Yucatán, fray Diego de Landa (1524-1579), fue el primero en interesarse en la epigrafía maya, en el siglo XVI.

El religioso, arrepentido de haber quemado cientos de libros mayas, se dedicó a investigar el sistema lingüístico y, a pesar de haber encontrado múltiples dificultades para adaptar la fonética maya a las vocales y consonantes, registró su interpretación en un alfabeto.

Magno hallazgo

Después de infructuosos intentos durante el siglo XIX, la figura esencial del proceso de descifrar fue el investigador ruso Yuri Knórozov, quien fue soldado durante la Segunda Guerra Mundial, época en la que cayeron en sus manos copias de los códices de Dresde, de París y de Madrid.

Como etnógrafo y lingüista, conocía el maya yucateco y se propuso entender lo que decían estos documentos, con auxilio del Alfabeto de Landa, explica Tomás Barrientos, director del Departamento de Arqueología de la Universidad del Valle de Guatemala. “Para descifrar una escritura hay que tener un texto bilingüe. El Alfabeto de Landa fue como la Piedra de Rosetta, que sirvió para comprender los jeroglíficos egipcios”, afirma.

Knórozov dedujo que la escritura maya consistía en un sistema mixto de sílabas y logogramas o glifos, que representan conceptos —logosilábica—, lo que la hace compleja. “Es lo que sucede con los idiomas actuales, usamos la palabra dos o la cifra 2 para representar un mismo término”, refiere Barrientos.

Knórozov nunca había visitado una ciudad maya, hasta 1990. La “Cortina de Hierro” lo aisló de reconocidos epigrafistas, lo que le permitió estudiar la escritura desde una perspectiva distinta, agrega Barrientos. Publicó los resultados de sus estudios en la década de 1970. “Nadie le dio crédito de haber descubierto la fonética maya, lo que le tomó 20 años de investigación”, lamenta.

Se calcula que se puede leer entre el 80 y 85 por ciento de textos hallados, concuerdan Barrientos y Luin. Existen unos mil signos en sistemas combinados, agrega Luin.

Nuevos retos

“El descubrimiento de un nuevo vestigio nos permite encontrar otros glifos. Por ejemplo, tras el hallazgo de una escalinata en el sitio La Corona, Petén, se han registrado unos 250 logogramas nuevos”, dice Barrientos. “Se necesita ampliar la base de datos y enfocarse en la gramática y en la sintaxis”, añade Luin.

El reto es descifrar el significado de conceptos que no se conocen y que existían en aquel entonces e interpretarlos con la realidad actual, según Fahsen. Lo más difícil es entender los nombres propios, que, algunas veces se escribieron con sílabas y otras con glifos, expone Barrientos.

La epigrafía maya es considerada una obra de arte, ya que el escribano se encargaba de hacer una obra única. Tenía un sistema flexible y dinámico de alto valor estético, por lo que hay palabras que significan lo mismo, pero están escritas de manera distinta.

En el siglo X, cuando los sistemas monárquicos colapsaron, desapareció la escritura. Las últimas inscripciones, halladas en Petén y Chiapas, México, datan del año 900 a 1000 d. C.




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