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19/11/12 - 00:00 Comunitario

Demolición: palabra que nadie quiere oír en San Marcos

“Las lindas callecitas de San Marcos/, la luna alumbra ya con palidez/, las lindas callecitas de San Marcos/, testigos de mi amor y mi dolor”, escribió en la década de 1960 Efraín Lamadrid Salazar en honor de San Marcos, pero hoy esas calles lucen derruidas y algunas con la palabra que nadie quiere ver ni escuchar: demolición.

Muchas de esas casas eran herencia de abuelos y padres. Si el terremoto no las botó, quizá lo haga el Gobierno, luego de que las declarara inhabitables, aunque ahora se ha dado una lucha por conservar el patrimonio arquitectónico.

Sampedranos y marquenses han estado divididos por rivalidades étnicas que datan desde la época de la Colonia y que hoy se traducen en diferencias triviales como el color de los postes —en San Pedro están pintados de morado, amarillo y rojo, y en San Marcos, de verde, amarillo y rojo— o divisiones territoriales imaginarias que han sido marcadas por tradición oral.

Sin embargo, esa competencia que empezó por diferencias entre indígenas y mestizos, y que ha pasado por demostrar mayor prosperidad económica y cultural, es hoy lo de menos en ambos poblados, donde el terremoto dejó tal vez el mayor de los retos para todo el departamento: levantarse de los escombros.

Esa esperanza no hace menos difícil ver las dulces perspectivas despedazadas, los arcos y columnas adosados con la sentencia de muerte escrita.

Dura bienvenida

El mensaje de bienvenida al ingresar en San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, paso obligado para pisar la cabecera, deja frío a cualquiera: “Demoler”, se lee en una pared vetusta. El letrero se repite en cada cuadra, varias veces.

Sobran las historias de quienes perdieron todo, la reconstrucción mental de lo que cada uno hacía al momento del terremoto o las vagas ideas sobre el nuevo futuro.

“Muchas casas se cayeron porque eran muy viejas, otras, incluso de bloc, se dañaron porque estaban mal hechas”, comenta Víctor Ramos, quien observa, sentado en la acera frente a su vivienda, cómo sus vecinos quitan las tejas y la madera de la casa de adobe en la que vivían. Un tercio del total de edificaciones eran de este material que vuelve a la tierra.

“No queda otra, hay que tirar todo el frente de la casa de mi suegro porque es peligroso estar así. Por suerte, la cocina sí era de bloc y ahí estamos viviendo todos”, relata otro sampedrano.

En San Pedro es inevitable toparse con el barrio El Mosquito 1, en la zona 3, donde la mayoría de construcciones de adobe se desplomaron. No hay cuadra sin cicatriz.

“Nos dijeron que había que demoler; no hay de otra. Ahora debemos seguir adelante”, expresa, resignado, Isaías González, quien perdió el inmueble donde funcionaba su academia de mecanografía “Lourdes”. Sobre ayuda o algún tipo de asistencia nadie le ha dicho nada, relata, mientras espera que los demoledores pasen recogiendo los restos de lo que fue su negocio.

Lo mismo afirma Raúl Orozco, cuya propiedad, también demolida, se ubicaba frente a la academia de González. “Ojalá, que la Municipalidad ayude con no cobrar y otorgar de inmediato las licencias de construcción”, comenta.

Carpas y escombros

El cambio de colores en los postes de alumbrado público es la única señal de que se ha llegado a San Marcos, donde el mayor símbolo de su historia, el Palacio Maya, reposa imponente e inhabilitado hasta que se evalúen los daños que le causó el sismo.

A un costado, las casas en ruinas parecen intentar recordar el paisaje bucólico y antañón que formaban.

Frente a una de ellas, en la zona 3 de San Marcos, se observa una tienda de campaña que ha sido instalada y a la cual dos niñas y su madre, Dámaris, pasan presurosas bultos de ropa desde lo que era la casa que alquilaban y que ahora será demolida.

Rutina derrumbada

La Calle Real, la más antigua y legendaria de la cabecera, nunca más será la misma. Por lo menos 10 casas, la mayoría construidas a finales del siglo XIX, tienen el letrero odioso: demoler.

En medio de los escombros y el bullicio generado por la presencia de decenas de vehículos que transportan a funcionarios, soldados o rescatistas, los pobladores intentan volver a la normalidad, pero las réplicas también se hacen sentir.

A algunas personas no les han informado nada, pero de un momento a otro temen escuchar el veredicto que terminará por derrumbar sus sueños.

Leticia Andrade, del cantón Santa Isabel, espera junto a sus hijos que los albañiles que contrató terminen de quitar las láminas y madera de lo que quedó de la casa de su madre.

La vivienda quizá sea demolida, pero no saben cuándo. Mientras tanto llena el formulario que empleados estatales entregan a cada vecino. “Es para que el Gobierno tenga toda la información de la gente cuya casa será demolida”, explica una joven.

Después de casi cuatro horas de recorrido por las calles de San Marcos, las imágenes y las historias se repiten.

Lo más difícil está por venir, y lo saben, pero la consigna es la misma: levantarse y seguir adelante, afirman los marquenses.

No en vano, en uno de los restaurantes más conocidos de la localidad, el Cotzic, fue colocada una manta con un texto tomado de Isaías 61:4: “Las ruinas antiguas serán reconstruidas, los asolamientos de antaño serán levantados, las ciudades en ruinas serán reparadas, junto con los escombros de tiempos pasados”.

POR ANTONIO BARRIOS /

ESTUDIOS

Decisión unilateral

El aspecto cultural e histórico no se ha  tomado en cuenta ni siquiera para  evaluar y sopesar qué inmuebles deben ser conservados en favor del paisaje vernáculo de San Marcos.
En la más reciente conferencia de prensa del Gobierno había representantes de varias entidades relacionadas con la ayuda y reconstrucción, pero los grandes ausentes eran el Ministerio de Cultura y el Instituto de Antropología e Historia, encargados de evaluar   la pérdida del patrimonio cultural e histórico de la región.


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