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Prensa Libre

16/04/13 - 00:00 Comunitario

Santiago Otero: “Hacía felices a los demás”

El hermano marista Santiago Otero, biógrafo y amigo de Juan Gerardi Conedera, relató ayer en Diálogo Libre, programa que se transmite en www.prensalibre.com, cómo era el lado humano del obispo, quien fue asesinado la noche del 26 de abril de 1998, en la casa parroquial de la iglesia de San Sebastián.

El religioso no habló de su muerte, sino de su vida, del “Gerardi de carne y hueso, el que tuvo miedo, el que a veces se deprimía”. A continuación, un extracto de la conversación.

A 15 años de su muerte ¿Cómo se siente en relación con el proceso penal?

Siento cierta frustración, aunque lógicamente, respecto de otros casos, el crimen pudo avanzar un poco y esclarecerse en parte. Faltaría seguir adelante para esclarecer todos los hechos y sentenciar a más personas involucradas.

Son crímenes duros y nefastos para una sociedad, implican desgaste de ámbitos muy especiales, como la vida jurídica del sistema de investigación.

Pienso y espero que algún día podamos saber toda la verdad sobre la muerte de monseñor Gerardi.

¿Cómo describiría a Gerardi?

Era alto, sus facciones lo delatan como alguien de familia italiana, aunque nació en Guatemala. Fue un niño y joven que estudió en colegios católicos, con las hermanas de la caridad, y que después entró en el seminario.

Tenía grandes dotes, uno de ellos, su memoria extraordinaria. Sus amigos decían que le bastaba leer las lecciones para que se le quedaran. Era jovial, le gustaba el teatro, el baloncesto, el baile. Era una persona, para su tiempo, muy adelantada. Lógicamente, con el sacerdocio le toca vivir distintos cargos y ministerios, que aparentemente le hacían más serio.

Siempre guardaba una actitud y dimensión del humor muy acentuado. No se puede hablar de Gerardi sin hablar de su humor, de poder divertir y hacer felices a los demás.

¿Hacía bromas o chistes?

Él contaba chistes, hacía bromas, y si le ofrecía un whisky, con satisfacción le podía entrar, pero era muy prudente en todo. Digamos que era una persona muy normal en el ambiente común guatemalteco.

Usted trabajó una biografía titulada Gerardi, memoria viva. ¿Qué aspecto es el que más resalta?

Quería hablar de su vida, y no de su muerte. Hemos hablado de su muerte por más de 10 años, de todo lo que sucedió con la escena del crimen, pero eso es ocultar su dimensión humana, cristiana y espiritual, ámbitos de la vida que superó con creces.

La biografía quiere ir más allá, a la dimensión del ser humano; hablar del Gerardi de carne y hueso, del que tuvo miedo, del que a veces se deprimía.

¿Cómo era un día en la vida de Gerardi?

Él podía ser una persona que pasara de celebrar la santa misa, como ocurrió cuando fue párroco en Mataquescuintla, a participar en la cancha de baloncesto con los jóvenes, o inmediatamente preparar un caballo y salir a visitar a un enfermo a una comunidad.

Podía pasar por esos tres espacios en un mismo día; era su ambiente ordinario. Cuando fue nombrado obispo de Cobán no había nada, le tocó ir a barrer, a pintar, buscar una mesa, comprar platos. Era un hombre austero, tenía sus hobbies, era un hombre que le encantaba leer y la música, sobre todo la clásica.

Entonces, ¿lo identificamos como un ciudadano más?

Como alguien que vivió una vida ordinaria y en esa ordinariedad supo colocar los principios fundamentales que rigieron su vida; es decir, en lo ordinario tenía un norte muy claro.

Él tenía los principios muy claros, era muy correcto, serio, era un hombre racional, y en ese sentido podemos admirar en él el hecho de que no tomaba las cosas a la ligera, pues reflexionaba muchas veces sus decisiones.

¿Cómo lo conoció?

En 1977, nosotros —los maristas— como religiosos viajábamos a Nebaj, Quiché, y a las aldeas de ese municipio. Conocí a monseñor cuando tenía unos 20 o 22 años, pero profundicé en él cuando ya trabajaba en la Diócesis de Quiché, con monseñor Julio Cabrera.

Con ocasión de los 25 años de esa diócesis, me pidió que entrevistara a Gerardi. Es una entrevista inédita, algo se ha publicado, pero guardo todavía eso.

Nos tocó compartir el proceso de la Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi). Hablamos de la Diócesis del Quiché, hablamos de la situación de años pasados. Fue un hombre muy franco, directo y humilde. Después me tocó verlo en las reuniones de la Conferencia Episcopal.

Él siempre fue un hombre equilibrado, que sabía intuir por dónde debían ir las soluciones de las cosas.

Algunos señalamientos vinculan a monseñor Gerardi con alguna corriente de izquierda e incluso lo llaman “el obispo marxista”. ¿Qué piensa de eso?

Creo que en Guatemala las corrientes de izquierda han sido las personas de derecha más prudentes para ciertos sectores; entonces no hay que extrañarse de eso.

Decir que monseñor tenía una ideología de izquierda, no. Lo que tenía monseñor Gerardi era un profundo sentido de iglesia, de la tradición que viene desde los primeros siglos y que defiende la vida de los pobres. La Iglesia tenía ese principio muy claro y no había nacido ni Marx ni otros. Pero ese principio en un país de terratenientes puede ser de extrema izquierda. La dimensión de monseñor Gerardi era de defender la justicia y los derechos.

¿Cree que esa percepción se tenga a raíz de que se le encomendó el Remhi?

Es posible, pero podría relacionarse en algunas cosas más, cuando empiezan los primeros puntos de violencia en Quiché, cuando queman la Embajada de España y él protesta por medio de un comunicado. Entonces su figura se hace gigante, y otro sector lo quiere denigrar y afirma que está en un punto que no le corresponde con un eclesiástico.

¿Cómo vio a Gerardi antes de presentar el Remhi?

Lo contemplé como un hombre realizado, era algo que él quería hacer en su vida.

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Legado de Gerardi

A 15 años del brutal asesinato de Juan Gerardi Conedera todavía hay mucho que decir respecto de  su legado.

Hijo de   Manuel Gerardi y Laura Conedera, Juan José Gerardi Conedera fue el segundo de cuatro hermanos: Francisco, Carmen y Teresa, todos ya fallecidos. 

Nació  en   Guatemala el 27 de diciembre de 1922.  Creció  en la 3a.  calle y 17 avenida, zona 1.

Fue ordenado   en diciembre de 1946. En 1967 fue electo obispo de   Verapaz, y en 1974 fue trasladado a  Quiché.

Durante su episcopado recibió muchas amenazas, por lo que tuvo que regresar a la capital.

  En 1980 recibió  el llamado del Vaticano para ir a un  sínodo. A su regreso se le negó la entrada al país, por lo que fue a Costa Rica.

En 1984se le nombró  obispo auxiliar de la Diócesis de Guatemala y párroco  de San Sebastián.

 En 1988, junto a monseñor Rodolfo Quezada Toruño,  integró la Comisión Nacional de Reconciliación.


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