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07/07/13 - 00:00 Justicia

Victor Soto: Ellos o nosotros

Víctor Hugo Soto Diéguez, de 57 años, ingresó en la Policía cuando tenía 25. A los 27 se hizo detective, y lo fue hasta que en el 2007 fue dado de baja.

El comisario Soto, como lo conocen aún en la Policía Nacional Civil (PNC), dirigió el Comando Antisecuestros en los últimos años de la década de 1990 y los primeros del 2000, cuando surgieron bandas que cortaban dedos y orejas para atemorizar a las familias de los plagiados.

Era el jefe de detectives de la Policía cuando, según organizaciones de derechos humanos, en el país la “limpieza social” era una práctica usual. Desde el 2010 está en prisión, acusado de haber participado en la muerte de tres reos que escaparon en el 2005 de la cárcel de máxima seguridad el Infiernito, y es el único policía acusado por la muerte de siete reos en la toma de la granja penal Pavón, en el 2006.

Soto Diéguez es un hombre de pocas palabras. Pide que la entrevista sea rápida. Evade preguntas que no le gustan y al hablar de su familia su voz se quiebra. Está en la cama de un hospital privado, adonde fue trasladado desde mayo último, luego de un derrame cerebral.

Reos en buses urbanos

Cuando Soto empezó en la Policía, en 1983, era uno de los agentes que tocaban puertas y preguntaban si todo estaba bien. En todas las casas y todos los días. “Había más acercamiento con la gente”, dice.

Después le tocó trasladar a reos de y hacia la cárcel. “Los llevábamos en buses urbanos a tribunales, y de regreso a la zona 18. Había que pagar el pasaje”, explica. En 1987, la Policía desmanteló por completo su servicio de investigación y llamó a nuevos policías. “A los mejores, y allí entré yo”, refiere. Cuando habla de mejores, matiza Soto, dice que eran quienes llegaban temprano, no tenían quejas y eran reconocidos por sus superiores. Se hizo detective.

Especialidad: secuestros

En la década de 1990 empezaron los secuestros por dinero. Pequeñas bandas encontraron armamento y apoyo de sectores oscuros. “Al principio eran pocos, pero como quedaban impunes, fue creciendo. Nosotros, acostumbrados a improvisar, agarramos un pushito —de investigadores— de acá y otro de allá, y formamos un grupo”, que fue avasallado por las bandas que cada vez tenían más poder ofensivo. El Buró Federal de Investigación de EE. UU. (FBI) entrenó a un grupo especial. “Nos especializaron en liberación de rehenes, negociación”, afirma.

“Las bandas se volvieron sanguinarias, cortaban dedos, orejas. No tenían reglas, eran fuertes. Había días que la lista de secuestrados llegaba a 50 al mismo tiempo. Tiempos duros”, dice Soto.

Fue entonces cuando al país llegó, de El Salvador, el venezolano Víctor Rivera —asesinado el 7 de abril del 2008— para dar asesoría en temas de secuestro. Atraparon a los cabecillas de las banda los Pasaco, AR 15 y Agosto Negro. “La peor banda fue Agosto Negro; tenía muchos tentáculos, en todos lados: Ministerio Público, juzgados, policías. Es la que sigue operando”, expone el excomisario.

¿Ejecutados?

En octubre del 2005 escaparon 19 reos de la cárcel de máxima seguridad el Infiernito, en Escuintla. Se creó un plan específico para su recaptura: “Plan Gavilán”. Se hicieron afiches y hasta naipes con los rostros de los fugados. El grupo de búsqueda jugaba póquer con ellos para recordar su objetivo. Varios fugados murieron al intentar escapar.

Sin embargo, el Ministerio Público tiene otra versión: fueron ejecutados cuando ya habían sido detenidos, y a Víctor Soto lo acusan en tres casos. Soto insiste en que quienes murieron se resistieron a ser capturados. Acusa a la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig) de “inventar” el caso.

“Solo con testigos falsos quieren venir a probar algo que no pasó. Ponen como a 90 reos a declarar contra mí, reos que nosotros capturamos, procesamos y logramos pruebas para que los sentenciaran a 50 años. No son testigos idóneos”, explica Soto.

Se le pregunta si cree que hubo errores o abusos en las capturas, si pudo haberse capturado con vida a los fugados.

“Es crimen organizado, eran delincuentes, ellos no se iban a dejar capturar tan fácilmente. Como que yo le dijera: ‘¡Policía!’ y ellos iban a levantar las manitas y decirme: ‘Agárrame, señor policía’. Ja, si ellos podían, me mataban a mí y a todos mis compañeros”, dice Soto.

“Tenían más que ganar que perder, eran delincuentes sanguinarios. Inclusive varios de los que murieron se habían fugado varias veces, ya no los detenía ninguna cárcel, dos, tres, hasta cuatro fugas tenían en su historial criminal. Si se resistían era ganancia, y si lograban irse, mejor”.

Se entregó

“Yo me entregué voluntariamente. No me gusta andar huyendo, jamás me hubieran podido agarrar si yo no hubiera querido, pero yo me entregué voluntariamente porque quería enfrentar, porque pensé que ellos iban a jugar con reglas claras”, manifiesta.

“Yo no me levanté ese día pensado que iba a matar a alguien, yo me levanté como un día común y corriente, y dije: ‘Bueno’, pidiéndole a Dios siempre protección y que a uno le vaya bien verdad, pero jamás con la idea de matar a alguien, pero los hechos se dieron porque pasó. Eran delincuentes peligrosos, se opusieron, y no había vuelta de hoja. Eran ellos o nosotros”.

¿Y en caso contrario?

“Pues aceptarlo, no hay para dónde; someternos al imperio de la ley”.

LUIS áNGEL SAS /

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