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03/04/11 - 00:00 Nacionales

En sus oraciones piden hallar un hogar

Ser mayor de 7 años, padecer de alguna discapacidad o integrar un grupo de hermanos son condiciones que pueden dificultarle a un niño adoptable la esperanza de tener una familia. Muchos llegan a la mayoría de edad en una situación legal cuya palabra duele al solo escucharla: institucionalizados.

El Consejo Nacional de Adopciones (CNA) desarrolló un programa específico denominado “Creeré”, con el propósito de sensibilizar a la población y eliminar los prejuicios hacia estos pequeños, ya que la mayoría de adoptantes prefieren recibir a un recién nacido.

En Guatemala funcionan 142 hogares de protección temporal que atienden hasta ahora a cinco mil 603 niños y adolescentes. La mayoría de estos se encuentran bajo medidas cautelares o a la espera de que un juez defina su situación legal, pero entre los que ya podrían ser adoptados existen 284 casos de prolongada espera.

Rudy Zepeda, comunicador del CNA, asegura que de estos 284 niños, el 36 por ciento son mayores de 7 años, otro 37 por ciento son grupos de hermanos, y el resto, menores y con discapacidad.

“La sociedad ve los aspectos negativos de estos menores, pero poseen habilidades, destrezas, sueños y una gran capacidad afectiva”, resalta Zepeda.

Mundo aparte

En las afueras de San José Pinula se localiza el hogar Virgen de la Esperanza, que abarca cuatro sedes a cargo de la Secretaría de Bienestar Social de la Presidencia: un espacio rodeado de naturaleza en donde conviven 728 niños, separados por edad y sexo. Este lugar alberga a 10 menores declarados en adoptabilidad pero que nadie recibe.

Juan es uno de ellos. Su mirada silenciosa deja ver que ha vivido en hogar temporal desde que tenía 6 años. Hoy tiene 17 y cursa 2o. básico, a pesar de su discapacidad intelectual.

“No me gusta vivir aquí, quiero irme lejos”, expresa, cabizbajo.

Su sueño es tener amigos con quienes salir a divertirse; le gustaría ser profesional, “así, de licenciado”, expresa.

Yaeko Cifuentes, subdirectora técnica del Hogar, explica que Juan es inquieto y a veces tienen que llamarle la atención. “Quiere irse”, enfatiza.

René, de 14 años, tiene discapacidad intelectual severa. No habla, pero se queda muy cerca durante la visita. Se niega a irse con el monitor. “Realmente espera a que alguien se lo lleve. Desea tener una familia”, afirma Cifuentes.

En otro espacio al aire libre se ve a 33 infantes acostados en colchonetas. Sufren parálisis cerebral y daño neurológico. Algunos logran moverse más que otros. Los más diestros se arrastran para pedir un abrazo. Un gesto de cariño arranca en ellos una sonrisa agradecida y feliz.

Institucionalización

El proceso actual para que un niño sea declarado adoptable tarda con el juez, en promedio, un año y medio, y cerca de seis meses en el CNA, pero en los casos difíciles pasan los años y no aparece una familia interesada.

Ocho niños entrevistados en distintos hogares se mostraron parcos. Algunos se expresaron con dificultad, y por lo general contestaron con monosílabos. “Es el síndrome de institucionalización”, explica Zulma García, psicóloga del hogar solidario, que observa lento desarrollo de aptitudes. “Lo más notorio es el lenguaje. Por cada seis meses institucionalizados, hay dos meses de retraso emocional, intelectual y social”, indica.

Flory Herrera, directora del hogar Casa Bernabé, señala que la rebeldía suele ser otra característica de los jóvenes internos. También prevalecen los sentimientos de abandono, baja autoestima y depresión, según la personalidad de cada uno.

Carolina Arias, trabajadora social del CNA, asegura que la rutina daña el entusiasmo de estos niños. “Les afecta para desarrollarse como personas propositivas o creativas”, expone.

Arias agrega la necesidad de que esos hogares cuenten con terapistas o voluntarios visitantes. “Algunos niños ya no crean vínculos afectivos”, lamenta.

Sueñan con un hogar

Casa Bernabé atiende a 146 niños, de los cuales, 32 son adoptables, aunque con pocas posibilidades de que eso suceda.

Estela, de 12 años, y Priscila, de 5, son hermanas. Llegaron a ese hogar hace tres años y vivir ahí les ha cambiado la vida y las oportunidades. “Vine a los 9 años con mi hermana, porque mi mamá me trataba mal”, relata Estela, quien descubrió en el Hogar que podía tocar el clarinete, y en el 2010 se fue a EE. UU. a un festival de música.

Priscila dice que todavía no sabe tocar un instrumento, pero afirma: “Estoy feliz con mi hermana y no me quiero ir sin ella”.

Estela cursa 6o. primaria con gran entusiasmo. Su sueño es ser aviadora. “Y yo también”, interviene Priscila.

Este ha sido su hogar, pero Herrera aclara que, pese a que les dan afecto, estímulos y orientación, los niños siempre mantienen el anhelo de pertenecer a una familia real. “En las oraciones, es la petición que más sobresale”, comenta, aunque cuenta que muchos se han resignado a que ninguna familia los cobijará.

David McCormick, quien trabaja con los jóvenes del Hogar, manifiesta que conseguirles padres a cierta edad es difícil, pero no imposible. “Hace poco logramos colocar a un grupo de cinco hermanos; uno de ellos, de 16”, recuerda.

Un futuro mejor

El cambio del régimen de adopción, que buscaba frenar el lucrativo negocio montado por abogados, hizo que se incrementara la cantidad de niños en hogares temporales, debido a que son más largos y complejos los procesos. “Estamos al límite de nuestra capacidad”, indica el director del Hogar del Bienestar Social, Érick Rivas.

Ante esta realidad, esas entidades trabajan en capacitar a los jóvenes en distintos oficios. A algunos incluso les ofrecen la oportunidad de ir a una universidad privada.

El Hogar Rafael Ayau tiene a su cargo a varias jovencitas, incluso mayores de edad, y una de ellas estudia Derecho en la Universidad Francisco Marroquín. Otras dos señoritas de 19 años también asisten a una universidad, aunque le temen al mundo exterior. “Afuera no hay nada bueno, no se puede confiar”, comenta una de ellas.

Ambas desean seguir en el Hogar hasta que “Dios lo permita”.

Herrera refiere que tratan de ofrecer opciones para los jóvenes. “Trabajamos con un plan de vida con el grupo de 15 años o más, para motivarlos a pensar en sus destrezas para un futuro factible”, dice.

Han pensado en una casa de transición, para mayores de edad. “Nuestro compromiso no termina a los 18. Son como nuestra familia y los ayudaremos hasta donde sea factible”, asegura McCormick.

“El perfil del Hogar es muy claro: pueden estar aquí hasta los 18 años menos un día. No más que eso. Cuando están a punto de cumplir la edad, los adolescentes son llevados al juzgado”, explica Zulma García, e indica que un huérfano requiere de acompañamiento en la edad adulta.

Se buscan padres

Herrera asegura que muchas parejas sin hijos pueden evitar el gasto y riesgo de un proceso de fertilización y adoptar a un niño institucionalizado, pero deben perder prejuicios: “La familia tiene que estar muy convencida de que va a ser su hijo, y a partir de eso debe enfrentar todas las dificultades que se puedan venir”, exhorta.

Zepeda insiste en que esas personas también ganarán: “Un niño puede enseñar mucho a sus padres adoptivos”, subraya.

POR ANA LUCíA GONZáLEZ /

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